La perla
Santiago Muñoz, presidente de la Fundación Ricardo Delgado Vizcaíno, apaga fuegos con gasolina: "Hay una gran alarma porque Covap se rompa", dice. "Hay que tener mucho cuidado", como si no se hubiera tenido. "Es una perla que no podemos perder", como si pudiera perderse. "Desde 2004 hay algo frágil que no ha funcionado bien pero no se ha hecho visible hasta que no se ha producido una acumulación de las cantidades que han sido desviadas", y estas palabras no hacen más que aumentar la desazón al comprobar que la dirección de Covap ha tardado siete años en descubrir lo que todo el mundo sabía desde el primer momento en la barra del bar.Resulta que la gestión del ámbito cultural de la Cooperativa, la Fundación Ricardo Delgado Vizcaíno, no es tampoco ajena al gran mal que denunciamos. El próximo 10 de diciembre en el Teatro El Silo de Pozoblanco tendrá lugar el Concierto de Navidad de la Fundación a cargo de la Orquesta de Córdoba, con el que termina una programación anual propia que comenzó con las Jornadas de Otoño. Actividades de grandioso relumbrón que se perciben como ajenas a la realidad de Los Pedroches, como pensadas para otros lugares y no para aquí. Su presidente es una persona de altísima valía intelectual y que goza de un curriculum académico de primerísima categoría. Su actuación al frente de la Fundación, sin embargo, dista mucho de alcanzar tan elevadas cotas. Las brillantes –y tan escasas- actividades organizadas hasta la fecha quizás satisfagan las exigencias de las universidades madrileñas pero no responden en absoluto a las necesidades culturales de una tierra como Los Pedroches. La respuesta es que la mayoría de la gente de nuestros pueblos ni tan siquiera tiene conciencia de la existencia de tal Fundación ni se siente identificada con ella, como debería, porque no aprecia realmente que su labor vaya dirigida en la misma dirección que sus propios intereses. En cuestión permanece incluso la figura de su presidente, que un día empeñó su credibilidad apoyando sin condiciones el proceso de reconversión societaria de Covap, cuyas líneas maestras trazó gratis et amore, y para reforzar su independencia en el proyecto dimitió de su cargo como presidente de la Fundación, aunque luego –según se dice muy gráficamente en nuestros pueblos- se recoacó, como quien sabe muy bien que nadie le va a demandar semejante falta de coherencia.
La Fundación Ricardo Delgado Vizcaíno tampoco es percibida como nuestra, sino como una dama exquisita que no viene sino a trazar fronteras. Hay en ella también mucho de fría arquitectura y poco de experiencia vivencial. Es otra perla, sí, pero desaprovechada y, tal como hoy brilla, quizás no importaría mucho que se perdiera.





















































