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Frente al abismo





"Esta noche he contado a las viudas. Hay tantas". Cuando no podía dormir, mi madre se entretenía contando mentalmente a las personas del pueblo, agrupadas por categorías. "Empiezo por la calle la Virgen abajo, luego la calle Amargura y así voy dando la vuelta por todo el pueblo, casa por casa". Decía: "Esta noche he contado a los mozos viejos". Y apostillaba, como dando a entender: "A ti también te he contado". Nunca comprobé la exactitud de sus recuentos demográficos, pero, conociéndola, me atrevería a asegurar que sus conclusiones poseían fiabilidad estadística.

Iba casa por casa con su mente y su memoria, sabiendo con precisión quién habitaba en cada hogar, y sus nombres y ocupaciones y circunstancias personales. Mi madre vivía todavía una forma de entender el concepto de pueblo que ha desaparecido con su generación. La comunidad local era toda ella una familia a escala que reproducía las miserias y grandezas interpersonales de quienes están condenados a una existencia compartida. Los ritos y las costumbres, de obligado cumplimiento, anudaban una red de seguridades que daban firmeza y solidez a su existencia, por lo general carente de grandes ambiciones. Si era el hijo tercero, tenía que llamarse Gerardo, porque así se llamaba su padrino. Catalina tuvo que esperarse a que su hermana se casara, porque era más pequeña y había un turno que guardar. Y esas normas, que a nadie se le ocurriría incumplir, proporcionaban a la colectividad una certeza frente a la incertidumbre del porvenir que permitía desafiar otras preocupaciones que acechaban.

Mi madre gozaba de una memoria prodigiosa, cimentada en los miles de rosarios que rezó en su vida. Todavía era capaz de cantar sin titubeos el romance del corregidor y la molinera o las coplas de los carnavales republicanos. Podía llamar por su nombre a todas las niñas que acudían con ella a la escuela de doña Lola o recorrer en dulce letanía todos los ríos de España con sus afluentes por un lado y por otro, con una exactitud que hoy no encontraríamos en muchos profesores de Geografía. Hace algunos años, antes de que fuera tarde, la forcé a recomponer toda la genealogía familiar de varias generaciones, con abundancia de hermanos, padres, tíos, primos, nietos y biznietos que se ramifican por laberintos distantes con los que uno ignoraba tener parentesco.


Grupo de alumnas de la escuela de doña Lola (1926). Mi madre es la segunda por la izquierda en la fila inferior.

"Las mujeres de esta edad poseen una fortaleza que ya se ha perdido", dijo la doctora. Una fortaleza forjada en una vida de penurias y calamidades, traspasada por el cuchillo inclemente de una guerra y su posguerra, encadenada a unas formas de existencia duras y frías como un peñasco sobre el que sentarse una mañana de invierno para comerse el ajo de los piconeros o punzantes como las piedras de una era bajo los pies descalzos que llenan costales de trigo en un anochecer veraniego. Vidas que se perdieron para siempre y que cuesta imaginar. La doctora no sabe que cuando mi madre notó los dolores de su primer parto, tuvo que recorrer andando los veinte kilómetros que separaban Añora del cortijo de la Jara donde mis padres estaban ajustados como caseros, para dar a luz en el pueblo, sin que ningún médico interviniera en el proceso.

Como a todas las personas mayores, le gustaba hablar de su vida, y así queda recogido en un pequeño documental que realizó en 2010 una de sus nietas como trabajo de fin de carrera, en el que se reflexiona sobre la incomunicación en la era de las comunicaciones. Cuando quizás ya no tuvo quien la escuchara, encontró una particular satisfacción en la escritura: escribió en varios cuadernos escolares su vida y la de sus hijos, canciones, coplas, poesías y oraciones que recordaba, un diario de sus últimos meses en la residencia... cuadernos preciosos reservados para su lectura emocionada cuando el desgarrador alacrán que ahora anida en las entrañas vaya poco a poco cediendo. Esa necesidad de comunicarse la llevó, también el último día en que pudo hacerlo, a pedir un lápiz y un papel para escribir lo que quería decir, cuando su voz ya se negaba a salir del cuerpo, cuando apenas le quedaba un mínimo aliento que no podía gastarse en otra cosa que no fuera respirar.

Mi madre falleció el jueves pasado, tras siete días de ingreso hospitalario. Dentro de tres semanas iba a cumplir 94 años. A su edad, pareciera que la muerte no pueda sorprender ya a nadie, siendo el destino natural de toda persona. Sin embargo, cuando llega el momento, uno se descubre a sí mismo que no estaba suficientemente preparado para afrontar semejante abismo. Que nadie está verdaderamente preparado para la muerte de su madre, aunque tenga 94 años. Porque toda la historia de la filosofía, que nos ha ayudado a racionalizar intelectualmente el sentido de la muerte y su inexorable llegada, no es capaz de calmar tan siquiera un ligero soplo del inmenso dolor que produce la desaparición de un ser querido. Porque uno puede comprender su propia muerte, pero no la de los demás y porque en el fondo del corazón resulta imposible alimentar ninguna esperanza que consuele frente a esta ausencia, este vacío y la nada.

1 comentarios :

Antonio | miércoles, febrero 18, 2015 4:15:00 p. m.

Muchas gracias a todos los que han expresado sus condolencias a través de comentarios a este artículo. Tratándose de un asunto meramente personal, no voy a publicarlos, aunque los agradezco muy sinceramente.

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