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Memoria tras la batalla


La vieja estación, tan nueva

Cuando a media tarde del sábado 29 vi por primera vez directamente la reproducción del arado romano realizada por los artesanos de Los Pedroches para simbolizar el Premio Solienses, supe que el acto de entrega del día siguiente sería todo un éxito. El miércoles Patricio me había enviado una fotografía por correo electrónico y estuvimos hablando por teléfono sobre ella, pero, aunque el conjunto parecía armónico y la pieza mostraba originalidad, resultaba difícil hacerse a través de la imagen digital una idea exacta de las dimensiones de la obra. Pues se corría el riesgo de que un objeto demasido pequeño aparentara haber sido adquirido en una tienda de todo a cien y demasiado grande, dada su naturaleza, pareciera grosero en exceso. Pero cuando finalmente lo vi, ya estuve seguro del acierto. Las proporciones exactas, el tamaño ideal, la belleza de sus piezas, elaboradas a mano, la nobleza de sus materiales (bellísima madera de encina, hierro forjado a fuego, granito pulido a golpe), la originalidad de la idea, todo ello era un descubrimiento cuyo secreto había que preservar hasta el momento exacto de la entrega. Cuando el domingo coloqué sobre la mesa el envoltorio, sólo media docena de personas conocían lo que contenía y apenas la mitad de ellas lo habían visto terminado.

El sábado por la tarde estuve también visitando el lugar donde se iba a realizar la entrega, la estación de El Soldado, por si había que ultimar algún detalle. En vano, pues ya Julio había preparado todo con gran eficacia. La tarde era espléndida e hicimos votos para contar con un día semejante el domingo, porque una lluvia inoportuna hubiera restado vistosidad al encuentro. El espacio donde se iba a realizar el acto, un antiguo almacén de carga, no era muy amplio: se habían colocado cuarenta sillas, suficientes para las previsiones iniciales.

La mañana del domingo amaneció nublada, presagiando lo peor. Fue sólo un engaño del cambio de hora, pues pronto las nubes comenzaron a ceder hasta despejar completamente el cielo azul de Los Pedroches. Sobre las doce llegamos a la estación, y no fuimos los primeros. El goteo de coches y amigos era reconfortante. Unos habían confirmado su asistencia, otros no. Reconozco que me sorprendió la llegada de Serafín Pedraza, puesto que, aunque sé que venía por la parte de Alejandro, su presencia era doblemente significativa: por lo que decía y por lo que callaba. La venida de Juana Castro, por otro lado, marca un compromiso para futuros premiados en futuras ceremonias.

Como muy acertadamente han señalado algunos comentaristas, la actitud de los políticos fue muy correcta, sin búsquedas absurdas de protagonismo. Días antes yo mismo había sugerido al concejal de cultura de Villanueva del Duque la posibilidad de que él o la alcaldesa intervinieran en el acto, puesto que, aunque prefiero mantener el espíritu independiente del Premio y cierto desapego con las instituciones, tampoco quería pecar de descortesía. Desde el Ayuntamiento, sin embargo, comprendiendo la naturaleza del acto, prefirieron mantenerse en un segundo lugar y tan sólo la alcaldesa, en un gesto de consideración hacia los asistentes, pronunció un saludo al comienzo del acto, sin ocupar siquiera la mesa presidencial. Sorprende gratamente por lo inusual.

Luego vinieron las palabras, los gestos y los regalos. El viejo almacén aparecía repleto, con mucha gente de pie, entre ella personas muy habituadas a ocupar en este tipo de actos sitios preferentes. Se escucharon con atención los discursos, se participó en la sincera emoción del autor, se admiró el lugar y se compartió charla y refresco al dulce sol del mediodía. Con la vigilancia al fondo de la montaña artificial, conocimos caras que hasta ahora eran sólo nombres. Las encinas, ajenas a tanta vanidad, seguían a lo suyo, ellas que tanto han visto y vivido. Cuando todo acabó, en mi cabeza bullía un torbellino de palabras y una espiral de sentimientos. Aunque ni siquiera bebí una cerveza completa, los sentidos giraban y esa noche soñé con tormentas.

Ayer recibí un correo de Alejandro. Me habla de felicidad, de errores pasados y de esperanzas futuras. En fin, puramente lo que es el ser humano, abismos de los que ir aprendiendo. "Quiero felicitarte por haber sabido cohesionar y fundir en un acto a tantas voces y almas de nuestra comarca: políticos, escritores, ecologistas, periodistas, artesanos, y gentes de buen corazón". De todos ellos, justamente, es el mérito, por haber entendido que la lucha les incumbe y que, poco a poco, hay que ir venciendo estas pequeñas batallas. El domingo aquel ganamos una de las principales.


Patricio, Daría, Pedro y María.


El público escucha las explicaciones sobre el arado


José Luis, Serafín y Antonio Manuel


Onieva, Castilla y Carpio


Charlando animadamente antes de comenzar el acto

2 comentarios :

Anónimo | jueves, abril 03, 2008 10:24:00 p. m.

Y después de la batalla, la paz. Como expresa Alejandro López Andrada en estos versos de su poemario "La tierra en sombra":
... ¿Cómo explicar la paz que hay en lo alto,
entre esas nubes rojas
que, en el frío,
bajo los astros muertos, manan sangre?
Aquí me deshabito y, sin vivir,
vivo en la voz de quienes mucho antes
de yo venir al mundo
estaban ya
ocupando mi sitio y mis palabras.
Habla el silencio,
crezco en su murmullo,
y en su sonido encuentro mi morada.
La noche herida cruza
el encinar
y, encima de mis ojos, se desangra.

Me consta que hubo quienes quisieron estar, pero no pudieron gozar personalmente de aquellos momentos de paz y gloria.

Anónimo | viernes, abril 04, 2008 8:26:00 a. m.

Querida Rafaela: Soy uno de los que quiso estar y no pudo. Se lo comuniqué con anterioridad a Antonio.Lo seguí todo lo más cerca y completo que pude y me uno a todas las satisfacciones que os embriagó a cuantos estuvistéis presentes.
Felicidades a Alejandro y para Antonio, gracias por tu empeño en pro de la cultura de Los Pedroches.

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