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El éxtasis dadá

Fernando González Viñas & José Lázaro. El Ángel Dadá. Venturas y desventuras de Emmy Ball-Hennings, creadora del Cabaret Voltaire. Editorial El Paseo. 2017. 231 páginas.


Cuando el lector cierra la última página de El Ángel Dadá es como si se hubiera puesto un chute de morfina. Durante doscientas treinta páginas una tal Emmy recorre dando trompicones los núcleos capitales de la cultura de vanguardia europea de principios del siglo XX y sus compañeros de infortunio y malandanza resultan ser unos tipos llamados Tristan Tzara, Marinetti, Kandinsky, Herman Hesse, todos así, y hasta un Vladimir Ilich Ulianov, Lenin para sus enemigos, que andaba ya dictando a quien quisiera escucharle la llegada de una nueva era.

La Emmy prostituta y poeta, cabaretera y actriz, se ve arrastrada de un lugar a otro conducida por los azares de una vida inconformista y caprichosa, frívola e inestable, sin pizca de premeditación. Que en este vagabundeo arbitrario por la centroeuropa del expresionismo, el surrealismo y el dadaísmo se convirtiera en la musa de tantos artistas de renombre no obedece más que a las causas infundadas e injustificables que conforman los manifiestaos de estos movimientos de vanguardia tan sesudamente analizados hoy en los tratados académicos y que tan azarosos parecen en sus verdaderos orígenes, ajenos a cualquier intento de sistematización artística o racionalización crítica. En el Cabaret Voltaire de Zurich, aquella covacha de anarquistas, entraron una noche de 1916 un grupo de rusos con sus balalaicas y mientras Emmy cantaba la "Danza de los muertos" las balalaicas apuntaban, dice, como el cañón Berta que ya escupía plomo y muerte desde Alemania hasta Inglaterra. Luego, vestido con un traje confeccionado por Marcel Janco, como un obispo dadá, Hugo Ball recitó en trance artístico, al estilo de la liturgia cristiana, uno de sus delirantes poemas fonéticos: "Jolifanto bambla ô falli/ bambla grossiga m'pfa...". Ninguna noche hubo allí una cámara de fotos para inmortalizar tales momentos cruciales de la cultura esencial de aquella Europa que caminaba a paso firme hacia el desastre.

La tal Emmy que protagoniza este libro es Emmy Ball-Hennings, pero no busquen su nombre en los tratados de arte ni en los manuales de literatura. Como todas las mujeres artistas de aquel tiempo, no existen oficialmente, habiendo vivido al lado de hombres como ellas, habiendo publicado sus libros en las mismas imprentas y actuado en los mismos burdeles o teatros. Recuperar el nombre y la figura de esta escritora de vanguardia es lo que ha llevado al villaduqueño Fernando González Viñas (texto) y José Lázaro (dibujos) a crear esta novela gráfica en un blanco y negro evocador del expresionismo cinematográfico alemán. La obra es una biografía visual trepidante, la de una mujer vapuleada por el arte que amó y los hombres que la amaron. Es un libro para acercarse de puntillas a un movimiento artístico que hoy desconcierta y que nos hace revivir entre humos opiáceos los delirios creativos de un momento irrepetible. Aclarar que para enfrentarse a los versos futuristas de Mayakovski se requiere previamente una mínima preparación mental parece una obviedad. También El Ángel Dadá exige una predisposición y entrega de alcance. Cravan se bajó la bragueta para mostrar a la burguesía el auténtico arte desnudo y Duchamp expuso en Nueva York un urinario. El contexto cultural de este libro produce vértigo y para abordarlo cabalmente se necesita algún tipo de ayuda alucinógena, o más de uno.
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Un autor en busca de personaje

Pérez Zarco. Les espagnols. Una historia de resistencia. Andalusiya Editorial. 2017. 287 página.


Un día cualquiera en el instituto un compañero se dirigió al profesor Pérez Zarco para mostrarle un poema de José Ángel Valente en el que se cita un nombre de persona y un pueblo: "Este Florián lo mismo es pariente mío... y ese Torrecampe tiene que ser nuestro Torrecampo". A partir de ahí, Pérez Zarco se puso a indagar sobre la vida de ese ignoto Florián Andújar del poema y el resultado de esa investigación ha quedado reflejado en un libro singular, por su contenido y por su concepción.

Les espagnols. Una historia de resistencia nos recuerda, en su planteamiento, a ciertas novelas de Javier Cercas (Soldados de Salamina, Anatomía de un instante, El impostor) en las que buena parte del relato consiste en detallar cómo se ha realizado el proceso de escribirlo, rompiendo la barrera entre la fabulación y la historia, incorporando la realidad propia y la ajena, alternando la crónica periodística, el memorialismo y el ensayo. Así, Pérez Zarco describe su peripecia investigadora en busca de su personaje a través de archivos y sobre todo, lo más delicioso, a partir de testimonios orales emitidos por personas que lo conocieron o pudieron conocerlo. De este modo se va perfilando vagamente la figura borrosa de un desconocido a partir de hallazgos ocasionales, no pocas veces con alta implicación del azar: anotaciones en un libro de quintas, viejas fotografías de Cartagena o documentos de la Escuela Popular de Artillería de Lorca, conseguidos casi por casualidad, que van componiendo un perfil difuminado cargado siempre de interrogantes imposibles de resolver.

En la historia de Florian se entremezclan otros nombres de paisanos de Los Pedroches: Demetrio Bigotes, de Villanueva de Córdoba, los hermanos Enrique, Ángel y Leonardo Fernández de El Guijo, y, sobre todo, José Caballero, de Añora, todos ellos combatientes en la Resistence y participantes en las gestas heroicas del plató de Glières. Todos comparten una peripecia común: su exilio a Francia tras la Guerra Civil Española y su unión a la resistencia francesa contra los nazis. Desde el anonimato del desubicado, ajenos a lo que el tiempo diría de ellos, tomaron parte sin pretenderlo en la liberación de una tierra que no era la suya, que probablemente nunca habían pensado visitar, que seguramente hacía pocos años ni siquiera sabían que existía. El destino caprichoso los puso allí y ellos jugaron su carta. Podrían no haber estado, pero estuvieron. Podrían haber estado allí y mirar para otro lado, como otros, por su propia supervivencia, porque así se conduce a veces la naturaleza humana, pero no lo hicieron.

Pérez Zarco, junto a su amigo Luis Pozo, cuando ya el interés por el personaje sobrepasa lo meramente literario y se percibe en el biógrafo una inclinación más personal, viajan a Francia en busca de nuevos datos de Florián, del que no acaba de encontrarse documentación suficiente para definir cabalmente su trayectoria. Allí entran en contacto con los pocos supervivientes y sus familias y con la memoria de los que conocieron a quienes, habiendo sido reales, no eran ya sino espectros a punto de difuminarse para siempre. Ello da pie al relato, quizás excesivo, en términos demasiado históricos, de los episodios bélicos en Glières y el descubrimiento decepcionado de la cruda realidad de Florián. Una búsqueda tan azarosa hubiera merecido el colofón de un mayor resplandor épico, pero así es la verdad, siempre a ras de suelo y tozuda, con frecuencia vulgar. Si Les espagnols resulta en parte una obra fallida no es por culpa del autor, sino de su personaje, que solo alcanzó en los versos de Valente la gloria que el destino frívolo no quiso reservarle en los nevados campos de la Alta Saboya.
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Carboneros en el valle de Alcudia

Acudí a la presentación de este libro porque su autora es la madre de una compañera de trabajo, pero, qué duda cabe, también seducido por su título y su previsible contenido, no exento de implicaciones familiares: Los carboneros en el valle de Alcudia. El valle de Alcudia guarda grandes semejanzas paisajísticas, culturales y económicas con Los Pedroches y su cualidad de colindante ha propiciado a lo largo de los siglos unos intercambios ganaderos y algunas comunidades de pastos que lo convierten en un territorio emocionalmente próximo a nosotros, aunque a veces pareciera que Puerto Mochuelo se eleve como una frontera infranqueable que en las últimas décadas nos ha separado más allá de lo que una historia común permite entender. Por mi parte, hace treinta años que cruzo en ambas direcciones sus campos yermos (y, sin embargo, tan llenos de vida) en ese continuo peregrinaje sisífico al que los dioses un día me condenaron, ellos sabrán por qué.

Salvadora Moreno Castañeda (Cabezarrubias del Puerto, 1949) ha reunido en este libro el testimonio de varias generaciones de lugareños para conformar un mosaico de vivencias que tiene, como misión fundamental, rescatar del olvido unas formas de vida y de trabajo felizmente superadas. Es, básicamente, un libro para la memoria, para rescatar lo que ocurrió y darlo a conocer a quienes no lo vivieron. Pero también, y estimo que ahí residirá el grueso de sus lectores, para entregarlo como homenaje a los protagonistas de todas esas historias, que verán de este modo reconocido, aun desde el anonimato, tantos años de esforzada labor en unos campos miserables a los que había que extraer un mínimo de provecho que alimentara la supervivencia.

El libro contiene muchas referencias a Los Pedroches. De contenido parcialmente autobiográfico, se cuenta en él la estancia de la familia de la autora en Azuel y el cortijo de Los Palancares durante los años cincuenta del siglo pasado. Ahí se habla de familias que habitaban la aldea de la época, la vida en la escuela de doña Braulia, los juegos infantiles y la tienda de la Melenda, donde la niña compraba chocolate de Hipólito Cabrera. Salvadora revive cómo eran las bodas en esta localidad tan apartada, las fiestas y hasta la oración para sanar la culebrilla. El cortijo de los Palancares, a nueve kilómetros de Azuel en dirección a Conquista, le sirve a la autora para rememorar la existencia del ferrocarril de vía estrecha, la fauna humana que lo habitaba (los cortijeros con las cestas de mimbre, el soldado con la maleta de madera, la vendedora ambulante de agua fresca en botijo a real el trago...). Y, en medio de todo, la trágica historia de Pedro Rísquez y el destino de Ana Muñoz, su novia, que ahogó la tristeza en el convento de la Orden de Obreras del Sagrado Corazón de Jesús en Villanueva de Córdoba.

Los carboneros del valle de Alcudia no habla solo de carboneros, aunque ellos sean la guía que dirige la obra. Se describe su laborioso trabajo, sí, las penurias de la profesión, los aperos, las fases del ritual que requería un conocimiento exacto del procedimiento para evitar accidentes fatales. Pero el libro es, sobre todo, un fresco del mundo rural de la época, con personajes reales, con sus nombres y apellidos y su genealogía. Hay cientos de anécdotas, pequeñas historias insignificantes que, sin embargo, cobran la relevancia de contribuir a conformar el relato del día a día y reconstruir con brío el rompecabezas de la vida en aquellos años. Salvadora ha recabado multitud de testimonios, quizás baladíes de forma aislada, pero que todos juntos constituyen una potente estructura capaz de hacernos revivir lo que parecía imposible que se pudiera recuperar. Porque las enseñanzas que recupera la autora no están ya en los libros, ni en los legajos documentales de los archivos públicos o privados, sino en la memoria de las gentes que vivieron aquellos tiempos y aquellas formas de existencia tan esforzadas, testimonios y vivencias que desaparecerán, si es que no lo han hecho ya, en cuanto desaparezcan las pocas personas supervivientes que los protagonizaron. Y entonces solo nos quedará el trabajo recopilatorio de libros como el de Salvadora, documentos preciosos de un tiempo que, siendo tan reciente, pertenece ya a otro mundo.

Los Pedroches, digo, están muy presentes en este libro, y no solo porque de aquí eran algunos de los carboneros a los que se alude (de Hinojosa del Duque y de Belalcázar), sino porque también se cuentan historias admirables de otros paisanos, como el semanero Dionisio Manso, que cada semana llegaba desde Pozoblanco con una bicicleta cargada de pucheros de porcelana y apuntaba en una libretilla las ventas, que no cobraría hasta la próxima visita; o el niño deforme de Pedroche, cuyo cadáver transportaron sus padres en las aguaderas del burro y el susto del cartero cuando lo vio depositado sobre la mesa del comedor. Hay chascarrillos intemporales, como la justificación del apodo "Burra Blanca" (porque solo llevaba de ajuar una burra blanca cuando se casó), o el parto triple de La Paca (que en tres partos tuvo siete hijos), cuyo marido, Otilio Tirado, solo abandonó el trabajo de trilla en la era cuando le trajeron noticia del tercer nacimiento en poco rato ("porque si no La Paca no deja hoy de parir muchachos"), o la peripecia del "tío de las barbas", que en el paso a San Benito por el Peñón del Peripollo cobraba su peaje al caminante en forma de sardinas de cuba.

Los carboneros del valle de Alcudia, que ha sido reeditado por Ediciones Puertollano, se enriquece con la colección de fotografías de la época realizadas por el fotógrafo valenciano Ramón Ferrando Plá, que llegó como carbonero y se llevó a su tierra un testimonio gráfico impagable.


Carboneros en el valle de Alcudia. Foto de Ramón Ferrando Plá.
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Lecturas 2017 / 3
Sombras en la ciudad

Félix Ángel Moreno Ruiz. Acuérdate de Paula porque vas a morir. Editorial Amarante. 2017. 279 páginas.

Habiendo alcanzado Los Pedroches sus más altas tasas demográficas hacia 1950 (cuando la suma de la población comarcal superaba los 100.000 habitantes), durante los treinta años siguientes se vivió un retroceso abismal hasta el punto de contarse solamente 57.553 habitantes entre los diecisiete pueblos ya en 1981, según datos proporcionados por Valle Buenestado. En solo tres décadas la comarca perdió un 42% de la población, quedándose reducida en los años 80 a niveles de mediados del siglo XIX. La emigración, debida a la incapacidad que ofrecían los recursos propios para absorber sus efectivos demográficos, fue la causante de este descenso tan dramático, que tuvo su momento álgido en la década de los 60. Córdoba capital fue uno de los destinos de este éxodo interior, que duraría hasta 1975.

Unos emigrantes de Pedroche a Córdoba son precisamente los protagonistas de la última novela de Félix Ángel Moreno Ruiz, Acuérdate de Paula porque vas a morir. Se trata, como es habitual en el autor, de una novela de crímenes, a la que en esta ocasión podríamos aplicar con mayor propiedad el calificativo de negra sobre el de policiaca, puesto que, según afirma el manual, la resolución del crimen no es en ella un objetivo primordial (ya que el lector descubre pronto al asesino y no hay apenas una investigación sobre los hechos), sino el esclarecimiento no explícito de su motivación moral, de las causas que llevan al criminal a cometer sus actos.

La novela se divide en cuatro partes bien marcadas, aunque son las dos primeras -más extensas- las que forman el cuerpo de la historia. En la primera, ambientada en la Córdoba de hoy, se cometen una serie de crímenes aparentemente inconexos mientras se van apuntando pistas sobre su autoría y motivación. La segunda parte, anterior en el tiempo, nos remite a una historia costumbrista situada en los años ochenta, protagonizada por una modesta familia de emigrantes de Pedroche que representa un hogar tipo de la época: un matrimonio y sus dos hijas, con quienes convive también la abuela; trabajos precarios; una adolescente rebelde, en continuo enfrentamiento con los padres, que comienza a vivir su primer enamoramiento... y, de pronto, una tragedia que rompe para siempre el equilibrio económico y emocional de la familia y que dará lugar a una nueva emigración, esta vez a Barcelona. Cuando llegamos a la tercera parte y a la última, meros apéndices, el lector ya ha atado cabos y simplemente aguarda la confirmación.

Por lo demás, Acuérdate de Paula mantiene el ritmo narrativo característico del autor, ese imán que te engancha al libro y te invita siempre a continuar unas páginas más. Cuando llegas al final te invade una sensación grave de amargura y tristeza a partes iguales, una desazón íntima por cómo funciona el mundo, por cómo suceden las cosas, por lo insignificante que es cada vida y por las sombras que ocultan los edificios de las ciudades, en sus barrios y en sus avenidas, donde transcurre la vida como si nadie fuera a morir mañana.
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Lecturas 2017 / 2
Índice de melancolía

Este libro lleva algunos meses sobre mi mesa. Lo he leído varias veces, de forma seguida e intermitente, buscando infructuosamente por dónde abordar un comentario, una reseña, una mínima reflexión sobre su contenido y su propuesta literaria.

Es un libro que nace desde el misterio y cargado de enigmas. Siendo la primera obra de su autor, no ha gozado más que de una modesta presentación pública en un bar de copas de la capital cordobesa, tan distante de las grandes ceremonias de vanidades en las que suelen envolverse ahora estos asuntos. No hay la más mínima reseña en ningún medio, digital o impreso, y ha escapado de las ruedas recíprocas de críticas elogiosas que los autores de hoy, y particularmente los poetas, suelen dedicarse unos a otros, en ese do ut des en el que parecen basar su propia supervivencia como especie. Juan Gómez Moreno (Añora, 1964) es un autor ajeno a modas, círculos y cenáculos, siendo su obra, sin embargo, una delicia de clasicismo extraña, precisamente por eso, a la poesía que se lleva en estos tiempos, en los que algunos piensan estar revolucionando la lírica contemporánea con 140 caracteres.

El triunfo de internet y las redes sociales en la cultura y el pensamiento actuales ha impuesto, entre otras claudicaciones, la lectura rápida y superficial, la mínima concentración y tan solo el tiempo de dedicación necesario para darle inmediatamente al me gusta o al retuiteo antes de que otro se adelante. La lectura pausada, reflexiva, ha desaparecido de nuestro imaginario intelectual, incluso ya entre las personas en las que cabría esperarse una mayor profundidad. De entre todos los géneros literarios tradicionales, la poesía es el que peor casa con las nuevas tecnologías: los versos requieren, por su propia naturaleza, una demora que resulta incompatible con el ritmo involuntario que impone la abrasiva pantalla y el adictivo ratón, que nunca debe parar, sino estar en un permanente cliqueo. Lo que no evita que la poesía haya caído también presa de esta feria de vanidades, si es que no lo estuvo siempre, con autores que estiman  la recompensa a su trabajo en la efímera gloria del índice like. Pero este libro es otra cosa.

Desde lo incierto (Ediciones en huida) es, pues, un poemario inusual al que nos acercamos sin claves externas de interpretación, que abordamos con la mera intuición del lector curioso que busca el placer de la palabra desconocida, el mensaje liberador de la poesía y su enigma. Vemos un libro cargado de nostalgias, decepciones, derrotas, incertidumbres, existencialismo, descreimiento, melancolía, tristeza, olvido, miedo, términos que así enumerados seguidos al azar conforman una galería descriptiva de la obra y, al mismo tiempo, no dicen nada de ella, ni avisan del peligro que contiene. "No es fácil esquivar los anocheceres de este interminable invierno". El libro incluye un catálogo de supervivencias en este mundo hostil: cómo vencer los temores ("Camino del miedo"), cómo componer el poema ("Red con palabras"), cómo descubrir que siempre estuvimos solos ("Olvido"), qué hacer frente a la irrupción inesperada de los recuerdos ("Memoria"). Es un libro que no habla de otros, sino de sí mismo, de la voz poética, del poeta. Un libro que, si me apuras, no ha sido escrito para otros, sino principalmente para el propio poeta, que se descubre y se reconoce un hombre a la deriva y manifiesta al universo su desconcierto ante lo que ve y ante lo que sabe: que las buenas noticias del norte vienen a la vez cargadas de esperanza y de mentiras ("Casa abandonada"). Es un libro, en fin, de diciembres, donde todo acaba y no queda la certeza de que acaso comience también algo después, seguramente no. "El silencio habla y todos lo entienden". Pero más allá del silencio...

Uno se pierde en los versos de Desde lo incierto con el placer de estar buceando en mundos que, siendo de otro, son también propios, y en el placer de caminar sobre las palabras que duelen, porque evocan lo que uno no quiere recordar, ni saber, y aun así siente la dulce espuma de encontrarse en un lugar confortable, reconocible en su desnudez, acogedor en su vacilante escenario de incertidumbres pasadas y futuras. Al final del tiempo y de los versos ("Bajo las cenizas") asoma un convencimiento, el poeta que se inmola y deja bajo los rescoldos la clave única de un metal cualquiera, y vendrán generaciones incapaces de entender, acaso porque anduvimos errados tanto tiempo que ya no sepamos interpretar las palabras que no sean vanidad y ruido y no silencio y dolor.
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Lecturas 2017 / 1
Genealogía del dolor


Ana Castro, el pasado diciembre tras recoger el III Premio de Poesía Juana Castro en Villanueva de Córdoba.

Ana Castro ha escrito en El cuadro del dolor su primer libro de poemas y también el segundo. El primero incluye el poema introductorio (que, no obstante, avanza ya el segundo) y toda la segunda parte, titulada genéricamente "Raíces", y con él paga su deuda con la poesía española escrita por mujeres que desde la generación de los 50 se esfuerza por elaborar una tradición cultural en la que la sensibilidad femenina esté convenientemente representada. Esa necesidad de construir una herencia literaria en la que la mujer escritora pueda reconocerse, como reclamaba Elaine Showalter ya en los años 70 para la literatura anglosajona, llevó entonces a una revolución literaria todavía no suficientemente reflejada en los manuales, por cuanto temas nunca (o escasísimamente) abordados en varios miles de años de escritura se traían ahora a primer plano con una frescura y decisión abrumadoras. Y no hablo solo de la denuncia en torno a la construcción patriarcal de la feminidad o a la poética del deseo desde una perspectiva femenina, sino al proceso íntimo de recuperación de una herencia matrilineal en la que las mujeres poetas encuentran un hueco de reafirmación de sus propias raíces y de construcción de una nueva identidad a través de su relación mítica con las mujeres de su genealogía, que alcanza de este modo una dimensión simbólica.

En su "búsqueda ontológica", dirá S. K. Ugalde, las poetas de la segunda mitad del siglo XX profundizan la relación con su madre o con la abuela, en busca de "un último refugio frente a una angustia existencial extrema", y así lo comprobamos en poemas de Angelina Gatell, Clara Janés o María Victoria Atencia, ya en aquellos primeros años del despertar. El vínculo hija-madre-abuela como marca para señalar simbólicamente la continuidad entre pasado y presente encuentra su acertada expresión en los versos de Rosa Díaz o Elsa López, en una cimentación temática que llega hasta nuestros días. A esta tradición pertenece ese "primer libro" de Ana Castro, que se resumiría en este verso: "Miro a mi madre de lejos para verme a mí" o también en estos: "Hablar de mamá es hablar de mí/ y puede que hablar de mi hija algún día". "Raíces" representa, por tanto, un libro inaugural que rinde homenaje a sus predecesoras, un libro de dependencias (explícitamente, de Juana Castro), más que de influencias. Un libro que nos parece haber leído ya antes muchas veces, con el que la autora quiere engarzar con la tradición de una lírica escrita por mujeres, que ya no puede ser innovadora, sino clásica, y que comenzará a cobrar mayor sentido cuando algún día las jóvenes pupilas se atrevan a matar a sus madres literarias -que realizaron el trabajo duro-, dejen de aprender a coser y caminen libres de ataduras con su voz propia.

"El dolor", "La niña y la casa" y "El después" son ya el segundo libro de Ana Castro, su voz propia. En pocas palabras, se trata de la traducción artística de una honda experiencia vivencial, al modo de otros notables ejemplos en la poesía cordobesa más reciente: Canal, de Javier Fernández, en torno a la muerte de su hermano, o Vértices, de Francisco Onieva, sobre la propia paternidad. Es poesía desnuda, sin túnica, estilísticamente aséptica a veces, en torno al dolor que sufre la propia voz poética, que es la de la propia poeta que escribe. No alude a un dolor abstracto o metafísico, sino a un dolor carnal, corporal, somático, tangible. Se trata de una proclamación desgarradora del dolor, de su existencia física, de su padecimiento real ("Los murciélagos del interior de mi vientre hacen demasiado ruido", "Hay un bosque de agujas de pino en mi vientre") y de la necesidad de gritar al mundo la impotencia frente al sufrimiento que provoca ("Por eso hay que nombrarlo, decir MI DOLOR,/ reivindicar su existencia") y la cosificación alienante que su tratamiento produce ("Me arreglan", " mi cuerpo semidesnudo abandonado a las pruebas,/ las decisiones de otros"). El "cuadro del dolor", feliz disemia, resulta una injerencia en la cotidianeidad ("Este dolor vive como un injerto en mi vientre") de cuyo padecimiento el cuerpo siempre sale mutilado, ("observo los huecos donde antes/ hubo piezas que me definían"), no solo en lo anatómico, sino sobre todo en lo mental: "Temblaba./ Pedía perdón por tener tanto dolor". Es un dolor de condena mitológica del que la poeta quiere hacer partícipe al lector con las armas meras de la palabra.

Y en el paroxismo febril de la agonía, se vislumbra la angustia por la incierta maternidad, un deseo sublimado de trascendencia, de perdurabilidad que acaso se sienta truncado y rompa así esa línea de continuidad matriarcal ("nuestra tierra de mujeres") que justifica la herencia hija-madre-abuela, el desasosiego ante lo que vendrá y la inquietante sospecha de quien, buscando en la belleza una vía de escape al sufrimiento, ha descubierto en el dolor su habitación propia, su única certeza.