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Puertas cerradas


Antigua portada de la parroquia de San Andrés de Alcaracejos [Foto: Solienses].

No sé si será consecuencia también de la España vacía (como el cierre de colegios) o de la crisis de vocaciones que sufre la Iglesia, pero lo cierto es que cada vez resulta más frecuente que un mismo párroco atienda las iglesias de varios pueblos o varias parroquias dentro de una misma localidad. Así lo hemos leído, por ejemplo, hace unos días en algunos medios, al tomar posesión el sacerdote pozoalbense Javier Solaz Moreno como nuevo encargado de las parroquias de San Mateo de Villanueva del Duque, San Pedro de Villaralto y Santa Catalina de Fuente la Lancha. Un solo cura para tres localidades. Y sobra, dirán algunos, atendiendo al número de feligreses que suelen acudir de ordinario a las celebraciones litúrgicas, si quitas el día de la patrona y la fiesta de la hermandad.


Pero lo que me interesa ahora es otra cosa. Esta escasez de sacerdotes en los pueblos tiene una consecuencia indirecta que afecta de algún modo también al exiguo turismo que vagabundea por nuestros pueblos. La carencia de sacerdotes obliga a que estos repartan su tarea durante pocas horas en cada pueblo, permaneciendo el resto de la semana cerrados a cal y canto los edificios religiosos. No es que resulte imposible encontrar abierta una ermita típica de esas que se anuncian en folletos turísticos a todo color, que cuánto dinero habrán costado, sino que acertar con el horario de las propias parroquias constituye todo un venturoso azar.



La antigua portada se reubicó en el interior de la nueva iglesia [Foto: Solienses].

Viene todo esto a cuento porque este verano quise visitar la parroquia de San Andrés de Alcaracejos con el propósito de fotografiar la portada gótica procedente de la construcción primitiva que se mantiene en el interior de la iglesia. Se trata del único testimonio que se conserva del templo construido a finales del siglo XV o comienzos del XVI y que resultó arruinado durante la guerra civil. Cuando se construyó de nuevo el edificio en 1965 alguien tuvo el buen acuerdo de mantener este documento arquitectónico tan precioso, un conjunto gótico a base de arco conopial con baquetones y arquivolta moldurada, encuadrado por arrabá con una línea interior de bolas.


Confiado en la costumbre ancestral de los pueblos, acudí a la iglesia un día cualquiera en horario vespertino de misa, pero me encontré la puerta cerrada a cal y canto y la misericordia de un triste cartel con los horarios, según el cual la parroquia solo abre cuatro días a la semana y solo en el horario de los servicios religiosos (martes, viernes y sábado a las ocho de la tarde y domingo a las once de la mañana). En fin, acomodé mi visita a estos horarios y conseguí mis fotos, pero no dejé de preguntarme el efecto que todo esto causa en el hipotético turismo rural de tipo cultural, las pocas facilidades que se encuentra cualquier visitante interesado y la pobre imagen que se llevará el viajero que pase por nuestros pueblos y solo encuentre como respuesta a sus apetencias un triste rosario de puertas cerradas.

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Datos oficiales y verdad




Algún día, cuando todo termine, los historiadores podrán hacer recuento de las víctimas del coronavirus. Hablo ahora de Los Pedroches, pero también en otros ámbitos. Mientras, como suele, todo es confusión. 


Casi cada día el Ayuntamiento de Belalcázar emite una nota informativa reproduciendo los datos acumulados desde el principio de la pandemia que publica la Consejería de Salud y Familias y poniendo de manifiesto, a la vez, las incongruencias, errores u omisiones de la información oficial ("las cifras siguen sin cuadrar, aunque tengamos que creernos los datos que nos dan", firmaba ayer el alcalde). En Belalcázar, según los datos de la consejería, se han confirmado 111 casos y han muerto 7 personas desde el comienzo de la epidemia de covid-19. Sería el pueblo más afectado de la comarca hasta este momento (y el que soporta la tasa de contagio más alta en toda la provincia), seguido de Hinojosa del Duque, con 84 casos confirmados y 3 defunciones. En Torrecampo, con menos casos detectados (25), se contabilizan sin embargo más fallecimientos (5). En el conjunto de Los Pedroches las cifras oficiales arrojan a día de hoy un total de 15 muertes por coronavirus desde el pasado marzo.


Ayer se informó de 22 casos en la residencia municipal de mayores de Santa Eufemia, que hoy mismo han aumentado ya hasta 30, la mayoría, al parecer, asintomáticos. 


El pasado lunes la consejería informó de un primer caso de coronavirus en Fuente La Lancha, pero el alcalde de la localidad lo desmintió inmediatamente. El caso, no obstante, continúa apareciendo en el registro oficial. 


Más extraño aún resulta lo sucedido en Añora. El lunes 31 de agosto la Consejería de Salud y Familias informaba, según recoge la prensa, del primer caso de covid-19 en esta localidad desde el comienzo de la pandemia. Por redes sociales se supo que se trataba de uno de los dos casos positivos registrados en El Viso, casos que, una vez repetidas las pruebas, resultaron ser falsos positivos. El dato, sin embargo, se mantiene en el registro oficial de la consejería. Y no solo eso: el pasado martes la prensa publicaba que en la información de la Junta "aparece como curada la única persona que se había contagiado hasta el momento en Añora y hay otro curado más en El Viso", quizás el otro falso positivo. Quién sabe.


Según la información que actualiza diariamente la Consejería de Salud y Familias, tan solo Dos Torres y El Guijo no habrían tenido ningún caso de covid-19 desde el comienzo de la enfermedad hasta hoy.


Quienes en el futuro estudien estos datos tendrán muy difícil saber la verdad. Así que no queramos saberla hoy.

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Imágenes para una memoria emocional


El párroco de Pedroche sostiene la imagen de la Virgen de Piedrasantas dentro de un vehículo para su traslado [Foto: Antonio Jesús Dueñas].

Una imagen no siempre vale más que mil palabras, pero hay estampas que hablan por sí solas. En este año de la pandemia, desierto de rituales colectivos de fenomenología religiosa e integración social, se están viviendo momentos de alto significado simbólico reservados a grupos reducidos de elegidos. Suprimidas casi todas las fiestas patronales y todas las romerías primaverales, sin embargo el traslado ritual de las imágenes sagradas se ha mantenido, aunque realizado la mayoría de las veces con un cierto halo de misterio y secretismo, a fin de evitar aglomeraciones, que ha terminado por conceder a estos actos una entidad significativa que algún día habrá de estudiarse desde la antrolopología cultural. 

De la mayoría de estos momentos no tenemos testimonio gráfico, lo que impedirá que se mantengan en la memoria viva y solo sean materia futura de vaga tradición oral ("te acuerdas el año que..."), pero fotografías como esta de Antonio Jesús Dueñas están llamadas a perdurar durante generaciones y convertirse en documentos preciosos de memoria emocional y gran valor histórico. Se trata del traslado de la imagen de la Virgen de Piedrasantas, patrona de Pedroche, desde la parroquia del Salvador hasta su ermita realizada en la madrugada de ayer. Como ha ocurrido en otros pueblos, se ha prescindido en esta ocasión de salidas procesionales y se ha optado por la austeridad de las manos del párroco y el prosaísmo de un vehículo como medio de transporte, sin el acompañamiento festivo de los piostros que le es consustancial. Pero la mirada indiscreta de Antonio Jesús, que guardó pacientemente vela durante toda la noche esperando el incierto momento, ha captado para la eternidad una escena que transmite sensaciones contradictorias y afectos difíciles de explicar con palabras. Es lo que concede el valor especial a una creación entre muchas: su capacidad de evocación y su potencial de proyectar al porvenir estados de ánimo individuales y colectivos que no podrían expresarse mejor de otro modo.
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10 cortos

Con el título 10 cortos, el Ayuntamiento de Torrecampo ha editado recientemente un libro que recoge los diez relatos finalistas de la XIX edición (2019) del certamen de narrativa que organiza anualmente junto a la Asociación Benéfico Sociocultural y Deportiva PRASA, la hermandad Nuestra Señora de las Veredas y la Diputación de Córdoba. El ganador en aquella ocasión fue el relato titulado "El tesoro de Salisbury", de Andrea Martínez Rey.

La narración de Andrea sorprende por su pulcritud y elegancia, en tiempos literarios de tanto descuido. El relato está ambientado en una línea de tren de los alrededores de Londres y quizás por eso el estilo me ha recordado al de los grandes narradores ingleses. La intriga está muy bien planteada y magníficamente resuelta, dejando en el lector ese amargo regusto de incertidumbre que caracteriza a la buena literatura de misterio. Es un justo ganador del premio.

He de reconocer que no me gustan especialmente este tipo de recopilaciones heterogéneas de relatos sin más conexión entre sí que el haberse presentado a un mismo concurso. Así, mi primera intención fue leer solamente el corto ganador para escribir una breve reseña sobre el libro, hasta el punto y aparte anterior, pero confieso que, dado el buen sabor de boca que me dejó la narración de Andrea, me animé a seguir leyendo. Lo cierto es que los diez relatos componen un libro muy ameno y, en conjunto, de apreciable calidad, muy recomendable aun en sus altibajos. Me ha gustado la atmósfera decadente de "El rostro esmaltado" de José Luis Hernández Garvi, con una conmovedora historia ambientada en el París de la Gran Guerra, aunque la narración tenga un final fallido. Se aprecia el esfuerzo de Laly del Blanco Tejerina (natural de la provincia de León) por acercar su dura historia "Siete lunas casi nuevas" al pueblo de Torrecampo, con topónimos locales y alusiones a la patrona. Un cierto ambiente existencialista recorre el relato de Rubén López Fernández titulado "En el fondo de algún vaso", en torno al desarraigo y la precariedad de un español emigrado a Londres. Y, en fin, hay que señalar el juego metaliterario de los relatos "La naturaleza imita al crimen", de Esteban Lozano, que tiene a Raymond Chandler y Philip Marlowe como protagonistas, y "El invento de la profundidad" de Juan Antonio Cano Miret, inspirado malamente en un cuento de Borges: el aspecto más reseñable de ambos relatos es una curiosa y casual coincidencia en el desenlace de sus dos historias, coincidencia que hubiera pasado desapercibida de no venir ambos a reunirse en un mismo volumen, circunstancia, por cierto, también muy borgiana.
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En vez de llorar


Pancartas reivindicativas a la salida de Noheda (Cuenca) [Fotos: Solienses].

A comienzos de este verano sin turismo realicé una pequeña escapada, entre el ocio y lo profesional, para visitar los mosaicos de la villa romana encontrada hace unos años en la pedanía de Noheda, a unos veinte kilómetros de Cuenca. Es un claro ejemplo de cómo el patrimonio histórico puede resultar también un incentivo económico para territorios rurales en claro proceso de despoblación. Noheda cuenta con 14 habitantes y Villar de Santo Domingo, el municipio al que pertenece administrativamente, 220. La aparición de esta villa romana, visitable desde julio de 2019, ha supuesto un revulsivo turístico para la zona. Los espectaculares mosaicos descubiertos hasta el momento (tan solo se ha excavado todavía una parte del yacimiento) se publicitan como "el mayor mosaico figurativo del Imperio Romano de Occidente". Y allí que acudimos todos a contemplar el cortejo báquico, el juicio de Paris y los amores de Pélope e Hipodamía. Algún dinerillo nos dejaremos por el camino.

Tras la visita, cuando ya regresábamos a Cuenca, no pude dejar de fijarme en unas modestas pancartas reivindicativas que reclamaban la atención del visitante del yacimiento arqueológico. Los habitantes de Noheda se oponen a la instalación en sus proximidades de una macrogranja de cerdos en explotación intensiva. Consideran, con razón, que ello representaría un lastre para su medio ambiente y contraponen el desarrollo económico que supone la apertura de la villa romana, que contemplan con aprecio y estiman poco invasivo para el entorno, con el grave deterioro medioambiental que traerán consigo los cerdos. Los pueblos no quieren ser los depositarios de todas aquellas actividades económicas que implican el deterioro de su paisaje y la contaminación de su aire y sus aguas, al mismo tiempo que se ven privados de servicios básicos esenciales. Pero está claro que los 14 habitantes de Noheda, ocho hombres y seis mujeres, van a tener poca fuerza en su reclamación, aunque la razón pudiera asistirles.

La despoblación de los pueblos tiene estas consecuencias. En vez de llorar, los catorce habitantes de Noheda podrían hacer otra cosa. Pero qué, si solo son catorce.


Fragmento del mosaico de la villa romana de Noheda.
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Cuando la llamaste Claudia

Es la novela ideal para leer en estas últimas noches de verano y hartarse de llorar a gusto. Es un disparo al corazón. Melodrama en estado puro. Luego tiene su lección vital: mejor no idear demasiados planes para el futuro, porque la vida sola se encarga de planteártelos sin tu permiso y entonces no te queda más que aguantar.

Pilar Muñoz Álamo (Pozoblanco, 1967) ya nos advirtió de su sólida presencia en el panorama literario hace unos años con Aquello que fuimos (2018, candidata al Premio Solienses 2019), novela donde mezclaba voces y acciones entrecruzadas con una fuerza narrativa impactante. En Cuando la llamaste Claudia (Amazon) se atreve con un narrador en segunda persona y adopta el punto de vista del protagonista masculino, y no del femenino, como quizás se esperaría. Lo demás es un torbellino violento de emociones y sentimientos que oscila entre los abismos de los dramas de pareja de E. Albee o T. Williams y los relatos de testimonios reales de la revista Pronto. La realidad del matrimonio cuando pasan los años, los deseos frustrados de realización personal, el ansia de libertad, la huida de la rutina, el afán de comenzar una nueva vida frenado por las cadenas de decisiones propias o ajenas. La acción se sucede a un ritmo intenso que te impide dejar de leer, mientras uno se pregunta dónde están los editores comerciales y por qué han dejado sola a Pilar. Cuando todo parece nuevamente encarrilado en el relato, te espera aún la desgarradora bofetada final y ese es el mérito de la autora: impedir que el lector adivine el porvenir. Porque la novela, como la vida real, debe guardar sorpresas imprevistas, no siempre deseadas, pero que obligan a reaccionar, a enfrentarse a lo nunca imaginado y a sentirse vivo.
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Nada que hacer


Unos operarios retiran el cartel de la fachada del colegio Moreno de Pedrajas de Villanueva de Córdoba [Foto: Redes sociales].

Era una muerte anunciada, pero su plasmación simbólica en esta fotografía constituye una dolorosa puñalada. Hace varios días, unos operarios recogieron el mobiliario del Colegio Público de Educación Infantil y Primaria Moreno de Pedrajas de Villanueva de Córdoba y descolgaron de la fachada el cartel con su nombre. Ninguna autoridad local o provincial acudió allí para inmortalizar el momento con su presencia.

Ya habíamos llorado el cierre decretado de este centro escolar y le sabíamos llegada su hora. Ya habíamos asumido que el descenso demográfico que vive la comarca de Los Pedroches tiene estas consecuencias (cierre de colegios, de centros de salud, de entidades bancarias, de cuarteles...). Pero contemplar el desmantelamiento de un colegio justo estos días, cuando el inicio de un curso escolar lleno de incertidumbres y de miedos obligaría a decisiones contrarias, nos desconcierta y nos desesperanza aún más. Porque si ni aún en estas circunstancias tan graves, cuando precisamente lo que se necesitan son espacios que descongestionen otros centros y permitan una mínima distancia sanitaria, si ni siquiera ahora ha podido mantenerse abierto el Moreno de Pedrajas, aunque solo fuera un año más, o mientras dure la pandemia, entonces es que todo está definitivamente perdido, que ya no hay salvación posible ni futuro para el mundo rural. La desaparición de los pueblos está decretada y firmada, sin posible terremoto que la reconduzca, y nada se puede hacer por evitarlo, porque la reorganización administrativa o la rentabilidad económica han pesado más que la propia vida de los niños y de sus maestros y contra esta insensibilidad tan atroz no hay nada que se pueda hacer, salvo llorar.
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Sr. Olmo viene pa Pozoblanco


Sr. Olmo [Foto: Facebook del artista].

Si las últimas noticias en torno a la extensión del coronavirus no se entrometen, el próximo sábado 29 de agosto tendrá lugar en la Plaza de Toros de Pozoblanco una nueva actuación musical dentro del ciclo "Al fresco", una de las pocas ocasiones de acercamiento a la cultura que nos ofrece este verano tan triste. Se trata en esta ocasión del músico pozoalbense que firma su proyecto artístico más personal bajo el nombre de  Sr. Olmo. Antonio Olmo es también el vocalista y cabeza visible del grupo Son de nadie, una referencia de la música de mestizaje andaluza. Su proyecto musical se desarrolla entre Pozoblanco y Granada, circunstancia que ha quedado plasmada en la última canción grabada por el artista, un pasodoble étnico que se titula precisamente "De Graná pa Pozoblanco" (del disco Renasiento, 2020)  y que cuenta con la colaboración de Antílopez (grupo que actuó también en "Al fresco" la semana pasada).

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Torrecampo nombrará "Hijo Predilecto" a Juan Romero, pero dentro de "dos o tres meses"


Juan Romero, el pasado sábado en el acto de homenaje tributado en Ay (Francia) [Foto: Gobierno de España].

El Ayuntamiento de Torrecampo nombrará "Hijo Predilecto" de la villa a Juan Romero Romero, el último superviviente español del campo de concentración nazi de Mauthausen, que hace unos días fue homenajeado en Francia por el Gobierno de España. Así lo declaró ayer en Radio Córdoba la alcaldesa de la localidad, Paqui Alamillo. Para ello, sin embargo, el Ayuntamiento deberá aprobar previamente un protocolo de honores y distinciones, al carecer el consistorio aún de este instrumento burocrático. Los trámites administrativos de este reglamento se pueden demorar, según la alcaldesa, "dos o tres meses". La intención sería realizar un acto al que pudieran acudir familiares de Juan Romero, ya que por su edad (101 años) parece difícil que el homenajeado pudiera desplazarse desde la localidad francesa de Ay, donde reside. El Ayuntamiento ya le ha escrito una carta para comunicárselo y será la primera persona de Torrecampo que reciba esta mención honorífica. Si es que llega a recibirla, pues tres meses a esa edad no es un plazo pequeño.

Llama la atención que el Ayuntamiento de Torrecampo ande enredado todavía en estas trabas burocráticas, cuando hace ya años que se recuperó la figura histórica de este luchador por las libertades en España y Francia (recordemos que en 2016 se le concedió la Legión de Honor, la máxima distinción que concede el gobierno francés por méritos extraordinarios realizados dentro del ámbito civil o militar en ese país). Ya en mayo se supo que el Gobierno de España iba a entregar a Juan Romero la "declaración de reparación personal", como finalmente ocurrió hace unos días. A pesar de tratarse de una noticia que ha tenido eco en todos los medios de comunicación nacionales y muchos internacionales, el Ayuntamiento de Torrecampo no consideró oportuno tan siquiera emitir una nota de prensa congratulándose o adhiriéndose al homenaje realizado en tan altas instancias a un hijo tan destacado.

No sé por qué este tipo de homenajes siempre encuentran algún motivo, alguna excusa, para su no realización en nuestros pueblos. Convendría quizás recordar todo el episodio en torno al reconocimiento que quiso hacerse en 2017 a la figura de Florián Andújar también en Torrecampo, reconocimiento que se vio frustrado por la presión violenta a las autoridades por parte de ciertos sectores de la localidad. Aquello quedó en nada y en nada continúa, a pesar de que el cambio político en la localidad pudiera habernos hecho albergar la esperanza de que tal reparación iba a ser finalmente posible. Pero ahí sigue el monolito desmantelado, sin que quienes en su momento criticaron aquella actuación tan bochornosa, y en cuyas manos está ahora repararla, hayan decidido en más de un año retomar el asunto. No cabe duda de que se trata de un compromiso incómodo en la rutina de los pueblos pequeños, pero que resulta simbólicamente esencial para mantener la memoria democrática, la lucha eterna por la libertad, porque, como dijo la vicepresidenta Carmen Calvo el pasado sábado en Ay, "la memoria democrática es el único elemento que le permite a una sociedad sana reconocer exactamente su rumbo" y "trabajar por la democracia es un esfuerzo que nos convoca cada día, que no termina nunca, que siempre tiene amenazas". No resulta cómodo, pero no queda más remedio.
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Noche de fuego

Noche de fuego de Juan Pizarro (Villanueva de Córdoba, 1948) es un librito autoeditado del todo heterodoxo: apenas cincuenta páginas que acogen dos relatos, una autobiografía (en realidad, otro relato) y varias fotos y dibujos, amén de una presentación debida al cantautor y poeta Pedro Javier Cabrera. No se sabe de todo ello qué desconcierta más, si tal saco heterogéneo de conductas arbitrarias o la mera existencia de esta publicación, cuya intención o propósito no alcanza a entenderse del todo.

Ambos relatos son una demostración de dominio lexicográfico, como corresponde a un autor que ya hace décadas manifestó inquietud por tal materia con su obra académica Vocabulario de Los Pedroches (1988). En "Noche de fuego" la peripecia erótica parece una mera anécdota para ganar la apuesta sobre el número de formas en que puede nombrarse el órgano masculino: polla, falo, pene, arcabuzón, cirio (pascual), rey del lecho, verga, cipote, alcaparrón, trabuco, circuércano, tranca, cimbel, pizajo, badajo... repartidas en apenas veinte páginas. "Gongorilla", por su parte, es una excusa para mostrar el virtuosismo en la composición de un soneto endecasílabo a base exclusivamente de una enumeración de palabras autóctonas de la comarca, al modo de este primer verso: "Molondrosco, apechusques, ventijera", y así sus dos cuartetos y sus dos tercetos que acaban "sondidas, garrapiña, remojina".

La autobiografía con que finaliza esta publicación encierra promesas por descubrir: la participación del autor como extra en La cera virgen de Foqué (1972), la experiencia como profesor en el barrio de El Príncipe ceutí y su colección de narcodibujos realizados por los alumnos, la "cabuya" que siempre le acompañaba en su equipaje... A veces la propia vida constituye el mejor relato.