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Nuestras tradiciones y nosotros mismos


La trilla, ayer tarde en Pedroche.

Gran éxito un año más de la convocatoria Nuestras Tradiciones en Pedroche. Magnífica mañana de abril, numerosa concurrencia y ejemplo de colaboración popular para levantar un teatro autorrepresentativo de cómo éramos hace pocas décadas. Una sucesión de escenas sacadas del pasado, muchas de ellas ejecutadas por quienes las vivieron realmente y que ahora, sin remedio, las recuerdan con nostalgia. Su inevitable descontextualización las convierte en piezas vivientes del museo de artes y oficios populares de Los Pedroches, encerradas en su vitrina: son más que fotografías, pero menos que realidad. Y quizás ni siquiera sean más que fotografías, en cuanto que documentos, porque basta compararlas con algunas imágenes antiguas que se mostraban en el Centro de Interpretación de las Siete Villas. Las escenas fingidas del universo de Nuestras Tradiciones evocan modos y formas, pero las fotografías de la época arrastran consigo una miserable autenticidad que hoy no han podido captar los centenares de fotógrafos que poblaban el Cercado del Cristo. Admiramos la plasticidad de algunas poses, la habilidad de los oficiantes y la eficacia de unos trabajos duros y necesarios, mientras tomamos cerveza bajo una encina en vaso de plástico, y asistimos a la función desde fuera, aunque creamos estar dentro. La belleza esconde sus trampas y el miedo que tengo es que no seamos capaces de verlas.


Recuerdos de la infancia: el carro de paja, ayer en Pedroche.


Vídeo: Canto de trilla.



Nuestras tradiciones en Pedroche

2008
"Binar es darle la segunda reja al barbecho, alzar es alzar el lirial", dice Fernando Rubio, agricultor de Pedroche de 78 años. Todavía hoy quedan personas capaces de pronunciar estas frases con la rotundidad de una vida que las avale. Su lenguaje es críptico, sólo para iniciados, como si anduvieran describiendo la receta mágica de un alquimista. A personas como Fernando yo las he visto hablar y no hablan para los demás, sino fundamentalmente para sí mismos. En un rito necesario de reafirmación, las palabras constatan una existencia que ya nunca podrá volver, una nostalgia amarga y tan dulce. Y no por la edad, esa traicionera, sino por los tiempos, tan tempestuosos. [Leer completo]

2009
Después de beber los dos primeros sorbos eché violéntamente de menos una Mirinda fría tras cargar un carro de paja en los largos veranos perdidos por encargos del tío Tolo. Luego supe que no era posible: pedía realidades y aquí se trataba sólo de apariencias. Afortunadamente. [Leer completo]

2010
Hemos aceptado que al cabo de pocos años se perderá la memoria de haber vivido en una choza, la paciencia de cardar lana o el recuerdo del jubiloso trote sobre el trillo. Lo que no habíamos imaginado aún es que también los animales que protagonizaban muchas tareas fundamentales de la vida diaria en nuestros pueblos han perdido igualmente este conocimiento: que ya no es la misma su maestría en sacar derecha la besana, que apenas soportan el yugo de un carro cargado de mies, que son incapaces de dar vueltas en orden alrededor de la era. [Leer completo]

2012
La idea de crear un Centro de Interpretación sobre nuestra historia común me parece oportuna y necesaria, como modo de difundir el conocimiento sobre el pasado comarcal no sólo entre los hipotéticos turistas que acaso acudan a visitarlo sino también, y quizás especialmente, entre los mismos habitantes de las Siete Villas, que raramente disponen de mecanismos para acceder al descubrimiento de su propia historia. [Leer completo]

2 comentarios :

Anónimo | lunes, abril 22, 2013 9:34:00 a. m.

Mirar para atrás ¿para qué? ¿acaso tenemos algo que descubrir o que nos haga diferentes a otras comunidades? La nostalgia a un pasado reciente embelesa nuestros anhelos y debemos huir de ella. Lo que estamos recordando son tiempos de penurias y de miserias. Tiempos marcados por la opresión y un caciquismo ancestral. Dicen que el pueblo que no recuerda su pasado está condenado a repetirlo. Esta frase que de tanto repetirla nos puede parecer cierta es totalmente una falacia. Nunca los pueblos han decidido su porvenir y su historia sino que han sido las clases dominantes que han imperado en cada época. Los pueblos nos son ni buenos ni malos, ni dóciles ni rebeldes. Los pueblos se adoctrinan al rol que le escriben sus dirigente. Esta reflexión la hago porque yo me he subido a un carro como el que vemos por obligación y me ha tocado meter la paja enfardada con sábanas en el pajar y pisarla a cambio de ser bueno y todavía me acuerdo del polvillo que se quedaba adherido a la piel y creedme, no era nada gratificante. No, no me gustan estas tradiciones. Tal vez será porque a mi me ha tocado ser obrero y no amo.

Anónimo | miércoles, abril 24, 2013 10:16:00 a. m.

No hay nada peor que añorar lo que nunca sucedió

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