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Candelaria en Dos Torres, el pasado sábado.

Mientras sonaba la "Danza ritual del fuego" de Falla, se encendió el sábado pasado en Dos Torres una gran hoguera formada por gigantescos troncos de encina. Encinas enteras, entregadas a las llamas, mientras cientos o miles de personas abarrotaban una Plaza de la Villa que se quedó pequeña para acoger a tanta gente. Éxito total, si el éxito se cifra en el número de asistentes. A eso lo llaman allí celebrar la Candelaria, aunque es otra cosa bien distinta, pero para qué insistir más ni ahondar enemistades. La noche del sábado en Dos Torres, bajo un impresionante cielo estrellado, entre las pocas cosas que desprendieran realmente autenticidad me admiró sobremanera la serenidad y altivez de las cigüeñas en su nido sobre la torre de la parroquia de la Asunción.

Dice hoy Julio Llamazares en un nostálgico artículo en El País que "ya nada es como era, ni el clima, ni las costumbres de las cigüeñas, ni las supersticiones". Las cigüeñas, es cierto, ya hace años que dejaron de emigrar y San Blas ha dejado de ser indicativo de la frontera del regreso. Pero su estampa melancólica y ajena allá en la cima del campanario, observando quizás con extrañeza el espectáculo que se desarrollaba a sus pies pero en absoluto molestas por aquella invasión (especialmente acústica) de su espacio, como quien se sabe dueña y soberana del lugar, parecía recordarnos que, a pesar de modernidades extravagantes como el mapping 3D, aún quedan asideros a los que aferrarnos en medio de tanta turbamulta, que las cigüeñas, allá tan lejanas en su alta torre, nos ofrecían la seguridad de lo que no cambia, no obstante su cambio de costumbres, la firmeza de unos referentes sólidos sobre los que asentar las promesas de un siempre incierto porvenir.

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