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Cerro del Cuerno/12

Es frecuente que las fiestas oculten bajo su aparente ligero ropaje una serie de valores y significados sociales que el participante no siempre conoce ni es capaz de analizar o comprender. Independientemente de los aspectos lúdicos (los más visibles) y religiosos (los más frecuentes) que contienen las fiestas y celebraciones populares de nuestros pueblos, todas ellas cumplen, muchas veces inconscientemente, una serie de funciones esenciales para el desarrollo de la vida comunitaria. Así, el carnaval ha contenido siempre una importante función liberadora. Comportamientos censurados o incluso castigados durante el resto del año se permiten durante unos días a lo largo de los cuales salen a relucir sentimientos y modos de actuación socialmente reprimidos en otro momento. Sin embargo, ciertas decisiones y actitudes institucionales sobre la fiesta, contrariamente a lo que pretenden, pueden contribuir a una degradación significativa de sus elementos más singulares e individualizadores. Así, resulta evidente que la organización y subvención económica del carnaval por parte de los ayuntamientos ha significado en los últimos años la anulación real de una fiesta que había sobrevivido a largos años de censuras políticas, para convertirse en la actualidad en un triste espectáculo donde la crítica hiriente consustancial a estas fechas ha desaparecido casi totalmente. La esperpéntica imagen de concejales de ayuntamientos presentando los carteles “oficiales” del carnaval ya es de por sí bastante expresiva de cómo las instituciones, al ponerse al frente de la fiesta, han desvirtuado en buena medida su significado, necesariamente subversivo.

La intervención excesiva de los organismos públicos en las celebraciones populares contribuye a dar a las autoridades un protagonismo que corresponde al pueblo en general, auténtico y único garante de la continuidad de la fiesta, y, so pretexto de protegerlas, constituye en realidad una estratagema para apoderarse de ellas y utilizarlas a su antojo. Es otra forma de dominio institucional, un sutil freno más a la libertad de expresión pública, que desde antiguo ha encontrado precisamente en las fiestas un modo eficaz de romper órdenes y subvertir sistemas. Esta función liberadora del carnaval peligra si la autoridad se empeña en controlar su celebración. Aunque el ruido sea mayor, la esencia se habrá perdido. Habrá más negocio, más gente, más espectáculo en los escenarios, pero entonces estaremos ya tan sólo ante creaciones ficticias que poco tienen que ver con la tradición y con el espíritu libertino de nuestros pueblos.

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