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La fiesta religiosa del Corpus Christi fue instituida en 1264 por el papa Urbano IV con la finalidad de rendir a la Eucaristía un tributo solemne de adoración pública. Pronto, sin embargo, la celebración derivó en una representación fastuosa del poder de la Iglesia, que alcanzaba su máxima expresión en las suntuosas procesiones en las que figuraban, con la mayor pompa y artificio, las autoridades civiles y militares, el clero, los gremios, las parroquias, presididos todos ellos por la custodia y acompañados también por los enemigos de Dios y de la Iglesia (demonios , herejes) simbolizados por figuras grotescas, como la tarasca, dragones, gigantes, cabezudos, moros, etc. El resultado era, evidentemente, una representación plástica muy doctrinal de la ordenación jerárquica de la sociedad y de una pretendida, y en muchos casos lograda, simbiosis entre el poder eclesiástico y el poder civil. En realidad, lo que la Iglesia pretendía con esta celebración era escenificar simbólicamente el sometimiento de toda la sociedad a la Iglesia misma.

Hoy, que las cosas parecen haber cambiado, sorprende ver a las autoridades civiles de un pueblo caminando detrás del palio que cubre la custodia en el transcurso de dicha procesión (y no hablo ya de cuando un concejal sostiene ese mismo palio). En un tiempo en el que todos ya sabemos que los gobernantes no reciben el poder por la gracia de Dios, sino que su autoridad les es concedida por el pueblo soberano, estas escenas resultan anacrónicas y evocadoras de tiempos que creíamos superados. Y nótese que no critico la facultad de la Iglesia para organizar estas ceremonias públicas ni la libertad de cada individuo para asistir a ellas a título personal. Lo que no se entiende es que cargos públicos representantes de una sociedad aconfesional se presten institucionalmente a esta representación de sometimiento al poder religioso. El azar ha querido que la fiesta litúrgica se celebre el mismo día de la fiesta democrática que significan siempre unas elecciones, con lo que la paradoja es mayor. Aunque, por lo general, defiendo el mantenimiento de los ritos tradicionales, por cuanto significan de enlace con el pasado y mantenimiento de nuestra personalidad cultural, considero que precisamente este acompañamiento sumiso de la autoridad civil a la religiosa debe romperse, por cuanto ello simbolizaría la definitiva separación entre unos poderes y otros, separación que, por cierto, creíamos ya haber alcanzado. Pero gestos como éste y otros mayores nos avisan cada día de que aún queda mucho camino por andar en la consecución de ese otro dios que llamamos Libertad.

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