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Hace ya años, serían finales de los 80, le reproché amablemente a Alejandro López Andrada que en sus escritos no se ocupara suficientemente de los problemas de Los Pedroches, ofreciendo por el contrario casi siempre una imagen en exceso dulcificada de la comarca, a lo que me respondió que, efectivamente, yo tenía razón, pero que él no hacía "literatura social", dando a entender que su enfrentamiento a la realidad de su tierra era meramente lírico y que el tan a veces denostado calificativo de "social" podía enturbiar su visión de lo que entiende por poesía. Me he acordado de ello al leer esta crónica sobre su libro El viento derruido, que se publicó en El País en diciembre del año pasado, pero que yo no he leído hasta ahora. En ella Alejandro afirma que, a pesar de ser su intención "fijar en clave literaria la vida en la comarca cordobesa de Los Pedroches tras las atrocidades de la Guerra Civil", la política "no es el objetivo central de la historia". Y agrega: "He tratado de meterme en la piel de mi propio yo con 11 años, ver las cosas con ojos de pureza. Aquel niño entendía que había desigualdades, que unos vivían mejor que otros, pero no se detenía a analizar los porqués. Yo quería escribir sobre la vida de posguerra, no sobre la muerte". Pero quizás se olvida que el libro no lo escribe ya un niño con 11 años, sino una persona madura que, como tal, ha debido analizar los porqués. Así debe ser si, como dice, se ha puesto del lado de los perdedores, "pero sin rencor hacia los señoritos", lo que implica ya juicios de valor, análisis, intenciones. Y, sin embargo, otra vez quiere renunciar -y mira que el planteamiento del libro lo hace difícil- a esa visión "social" de la historia, como si fuera posible hablar de la posguerra sin rodearse de muerte, como si esos otros autores que toma como referentes (Sánchez Ferlosio, Llamazares, Rulfo) no fueran, amén de otras etiquetas, escritores sociales fuertemente comprometidos. Alejandro, en cambio, elude el compromiso, prefiriendo centrarse en la descripción de la gastronomía y los noviazgos y cuidando "el tono y la atmósfera". Pero uno no quiere saber del cielo abierto y del río cuando en la noche de la sierra sonaban disparos y un grito malherido, sino leer en esas entrevistas la rabia contenida durante sesenta años, el ajuste de cuentas del perdedor, la justicia poética de la palabra, ya que no la otra. El "distanciamiento" que quiere crear Alejandro convierte su relato en algo distinto a lo que pretende ser. Tras los horrores y las infamias de una guerra, la única expresión artística posible, ya lo demostró Paul Celan, es aquella que tiene por tema el sufrimiento y el dolor en su más descarnada realidad.



Recordatorios:

Faltan siete días. La Mancomunidad apoya nuestra próxima visita a Pedroche.

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