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El folklore de la Cruz (ahora en serio)

Obviamente, la entrada anterior no era sino una interpretación irónica de lo que ocurrió el sábado en la velá de la Cruz de Añora, donde el único folklore que pudo escucharse en las cruces fueron las sevillanas rocieras de Voces de la Sierra y las rondas algo demodé de la Tuna. Hace tiempo que el canto de los mayos y el baile de las jotas han desaparecido de la celebración crucera, como todo el ceremonial de integración generacional y de renovación del acervo tradicional que conllevaba, pero al menos algunos años asistimos a un pálido reflejo de aquello en las voces de los grupos comarcales que se esfuerzan por recuperar un folklore autóctono ya casi definitivamente hundido en los abismos del olvido y cuya presencia se echa especialmente de menos en estas ocasiones. Este año, en cambio, pudo darse el caso de que los numerosos forasteros que nos visitaban se marcharan con la impresión de que el paso ritual por el río Quema o las ofrendas de clavelitos constituyen ejes esenciales de la ceremonia singular de las cruces de Añora. La presencia extemporánea de estos grupos musicales no es sino un elemento más que contribuye a convertir una tradición popular ya de por sí bastante desnaturalizada en un parque temático de la ruralidad festiva con todos sus tópicos.

Pero, en fin, es el signo de los tiempos y a la mayoría de las fiestas populares de nuestros pueblos, a las que tanto amamos, no les queda probablemente ya más futuro que transformarse en reclamos turísticos para seguir sobreviviendo. "Han venido no-sé-cuántos autobuses de Córdoba", se decía en la velá, marcando como prueba del éxito las aglomeraciones que impedían ver el arte de las cruces con un mínimo detenimiento. También contará en el balance final lo que hayan vendido los puestos del mercadillo en que se convirtió la plaza de la Iglesia y hasta las raciones de lechón que se sirvieran en los bares, pero, a la hora de narrar el éxito de la fiesta pocos apuntarán las veces que se cantó el mayo o se bailó la jota, siendo esto lo esencial. Bah, minucias de aguafiestas.

Reservemos, pues, a los cantos populares de la cruz en Añora el breve espacio que se asigna a los muertos. El estribillo más conocido de todos, el que más se repetía antaño por las calles del pueblo, cuando la cruz era todavía una fiesta tradicional viva, era esta salutación al mes de mayo:

Mayo, mayo, mayo,
bienvenido seas
para trigos y cebadas
caminitos y veredas.

que podemos escuchar en las voces de un grupo de mujeres noriegas en este vídeo que realicé con fotos hace unos años:



o en este otro, con versión más elaborada de Aliara:



Ya en muchas ocasiones aquí en Solienses hemos aludido a la imposibilidad de otorgar patria de nacimiento a ninguna muestra del folklore tradicional, porque precisamente su característica esencial, que es la transmisión oral, lo hace viajero y acomodaticio a todo lugar y situación. En Añora sentimos como propio este estribillo y constituye una de nuestras señas de identidad cultural más definidas, pero en una búsqueda de semejanzas he llegado a encontrar esta versión que se canta como rogativa en Monterrubio de la Serena (Badajoz), y juzguen:


Muy relacionados también con las coplas de mayo de Añora están los "mayos" que se cantan en La Mancha, unos decicados a la Virgen y otros de orientación amorosa, como este que se canta en Puertollano (escuchen especialmente el estribillo):



La bienvenida al mes de mayo, el mes del amor festivo y de la vegetación en todo su esplendor, es un lugar común en la lírica castellana y también en el folklore de toda España, por lo que no es raro encontrar coplillas muy semejantes en la forma en regiones incluso alejadas geográficamente, pero lo que ya resulta más sospechososo es que las semejanzas se encuentren también en la melodía. En este caso sería evidencia de un origen común, cuyo estudio necesitaría una investigación más detallada.

2 comentarios :

José María Sánchez. | sábado, mayo 11, 2013 3:02:00 p. m.

....Ahora en serio y antes también, pese a la ironía. Siempre es ilustrativa una breve y acertada exposición acerca de las distintas formas de cantar al mes de Mayo y a la Santa Cruz. Pero creo que sí podemos concluir que Los Pedroches tienen pocos ingredientes andaluces; nada que ver nuestros Mayos con los de Lebrija, pero también poco que ver con los Murcianos y los manchegos del norte o algunos en la provincia de Cáceres. Incluso dentro de nuestra tierrra, nada que ver los cantos a la Cruz noriegos con los jarotes; es más, la tradición de Añora parece que ha desechado un canto que, aunque de una procedencia más religiosa, también se cantó con la misma fuerza que el que Antonio expone, el llamado " Oh, Cruz Santa", también cantado por Aliara. En fin, a pesar de parecernos tanto a otras regiones, no dejamos de tener nuestra propia identidad, que es la que hay que preservar y fomentar. Siempre habrá caminitos y veredas que nos lleven a donde queremos, pero hace falta voluntad política y voluntad ciudadana para crear modos de hacerlo. Yo creo que en Añora existen ambas voluntades, lo que ocurre es que, digo yo, no se sabe por donde empezar. Y mucho podríamos hablar en torno a cómo transmitir e ilusionar a las personas con las tradiciones, en muchas otras ciudades y pueblos se está haciendo, ¿por qué aquí no?

Anónimo | domingo, mayo 12, 2013 12:29:00 p. m.

Aquí no, por el sectarísmo y la ignorancia de una ideología conservadora dominante. Desde el liberalismo burgués a la izquierda reivindicativa (derecha e izquierda) se ha abierto un proceso de recuperación del legado símbolico de la cultura de los pueblos en muchos sitios de nuestro pais, no aquí. Es cierto que en general el mercado puede ser una amenaza para la supervivencia de formas de expresión cultural locales pero tambíén es cierto que determinadas formas de iniciativa privada pueden convertirse en garantes de la supervivencia del patrimonio material e inmaterial. En el caso de Añora, a lo que Antonio hace referencia, me recuerda a los chamarileros que en los sesenta y los setenta recorrían nuestros pueblos arramplando con piezas de bronce y vajillas de cerámica de varios siglos de antigüedad a cambio de un barreño de plástico que orgullosamente enseñabamos al vecindario como símbolo de modernidad. Lo más grave del asunto es que los trileros no vienen de fuera.

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