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Del tiempo y la ausencia que vuelven



El Premio Solienses es posible sobre todo gracias a un cúmulo de generosidad colectiva. Hay muchas formas de colaboración, como la de la Hermandad de Santo Domingo de Hinojosa del Duque, que asumió altruistamente la gravosa tarea de organizar toda la intendencia en el acto de entrega. Como la de Daría Romero, que encarna gustosa el papel de mecenas al modo antiguo en que se protegía a los artistas y poetas. Hay muchas formas de colaboración, siendo sustanciales en algunas de ellas la mera presencia: todas las personas que acudieron el pasado domingo a Santo Domingo hicieron posible aquella mañana que se materializara el objetivo de apuntalar una idea de cultura comarcal, pero qué duda cabe que la asistencia de individualidades como Juana Castro o Juan Díaz, por citar solo dos extremos, aportan un valor simbólico que las hace destacables. Hay formas de colaboración, en fin, que son relevantes desde la distancia: la de los medios de comunicación, que amplifican y dan fe de existencia, en un mundo global de protagonismos efímeros. Solo citaré también dos, entre muchos: el Telediario de la televisión local de Pozoblanco, Canal 54 (a partir del minuto 37:40) y el diario Córdoba, fiel siempre en su seguimiento. Hay muchas otras formas de colaboración, ya nombradas en otras entradas sobre el Premio Solienses, o agradecidas personalmente, o por correo, o quizás olvidadas en la vorágine de unos días inmensamente intensos de los que uno sale exhausto, sin fuerzas, preocupado por todo lo que ha hecho mal aunque los demás se empeñen en resaltar solo lo que se ha hecho bien.


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Son días de muchas emociones previas que culminan en un éxtasis nunca suficientemente climácico para el eternamente insatisfecho. Tras el domingo han venido días de profunda entrega en lo laboral, que me han alejado del seguimiento necesario de este acontecimiento tan esencial para el blog Solienses, acuciado también por una cierta pesadumbre de tantas horas de dedicación. Pero anoche, tras una jornada escolar sin descanso en estos días prevacacionales, sucumbir a la tentación trajo consigo una inesperada recompensa. De todas las emociones que uno ha sentido en tantos años ya de Premio Solienses, que han sido muchas, esta fue de las mayores. Una emoción que actuó como revulsivo, que disipó todas mis dudas, las que habían ido surgiendo en días alternos de delirio y decepción. Allí, en un comentario humilde en una entrada de Facebook, estaban las palabras de Juan Luis, que daban sentido a todo el esfuerzo de tantas semanas y meses, formuladas como versos frente al olvido:

Al arado romano, símbolo de tan noble premio:
Te hicimos con el mismo cariño que el primer día, aun así te faltan muchas piezas. El "trae pa'cá". El "déjame a mí".
Las manos del que de niño te hizo a tamaño natural.
Las manos del que al igual que a ti, me hizo a mí.
Las manos del que todo me enseñó.
Nunca serás igual, nunca serás el mismo.
Espero copiarte lo más exacto posible como él me enseñó.

La mayoría de quienes lo lean no entenderán el por qué, ni falta que hace, aunque apreciarán intuitivamente la sinceridad y autenticidad de unas líneas que justifican una empresa, una confesión sencilla que conmueve, una confidencia nocturna de esas que perturban por la catarata de tristezas que despiertan, de esas que, hablando de otros, hablan de nosotros mismos, de esas, en fin, que despiertan pequeñas cosas que, creyéndolas idas, de pronto sonríen y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve.

1 comentarios :

Pedro Tébar | domingo, marzo 20, 2016 10:35:00 a. m.

No sé por qué se me había pasado esta entrada sin leerla. Y me ha sorprendido muy gratamente su contenido porque yo sí sé de qué se trata. Sé de dónde viene tu emoción, Antonio, porque es mi emoción. Sé quién es Juan Luis y sé quién es su maestro. Y digo "es" porque sigue siéndolo, aunque ya no esté físicamente en ese taller que, para mí, que lo conocía desde pequeño, es como una gruta que se alarga y alarga, inacabable, donde son posible todos los milagros. Cuando Juan Luis trabaja la madera para componer el arado de Solienses lo hace guiado por la mano de Juanito "el Carpi", su padre, que le transmitió el olor a la resina, al barniz, el ruido de la máquina rajando el tablón. Pero, sobre todo, el amor a un trabajo bien hecho. Y por encima de eso, el amor a su pueblo, a su tierra. Juan Padre seguirá empujando y alzando el símbolo de Solienses y con él la garantía de que esta empresa cultural, que ya es de muchos, seguirá creciendo.

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