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Hilario Ángel Calero y Los Pedroches

El próximo jueves 8 de junio, a las 8,30 en El Mirador del Teatro El Silo, se presentará el libro Obra poética de Hilario Ángel Calero (Pozoblanco, 1922-1982), una amplia (490 páginas) selección de poemas del escritor pozoalbense prologada por Rafael Yun Cabrera. Se completa con este libro el repaso que el Ayuntamiento de Pozoblanco ha realizado por la obra de Hilario Ángel, una vez publicados los libros Hilariadas (2002) y Artículos (2007) sobre su producción humorística y periodística, respectivamente.

En varias ocasiones he escrito sobre Hilario Ángel Calero y en 2007, invitado por la Asociación Piedra y Cal de Pozoblanco, pronuncié una charla sobre su figura con motivo del 25 aniversario de su muerte. Precisamente allí esbocé la idea de que Hilario Ángel es probablemente el primer poeta que ofrece en su obra una interpretación lírica de la comarca de Los Pedroches. El tema de la atracción por la propia tierra, por la tierra donde uno ha nacido, por la patria (entendida esta como el solar de los padres, donde están los orígenes de cada uno, las raíces y las razones de su existencia, de su forma de ser y de sentir) está presente en la literatura desde el inicio de la lírica. Si nos vamos al origen de toda ella, a la arcaica griega, ahí tenemos a Arquíloco de Paros con sus elegías a la isla de Tasos o los fragmentarios versos de Safo sobre su isla de Lesbos. El tema nunca ha desaparecido de la poesía, independientemente de modas, escuelas o generaciones, y en los ultimos tiempos ha llegado a constituir incluso una tendencia, con poetas como Julio Llamazares, Juan Carlos Mestre o Antonio Colinas, en los que el mundo rural de la infancia de los autores se eleva a la máxima categoría poética.

Pienso que uno de los aspectos más originales y afortunados de la poesía de Hilario Ángel lo constituyen precisamente las composiciones que tratan de recrear los sones populares de la comarca y los argumentos propios de la cultura del olivar, en la que él estaba inmerso. Versos entre olivares son constantes en su poesía, de arrieros amantes y jóvenes aceituneras, con aires de copla y jotas, soleares y seguidillas.

Llegan a mi cortijo cinco veredas.
Los arrieros con sus borricos
vienen por ellas!
¡Si yo supiera
por cual vereda viene
mi aceitunera!

Es poesía puramente popular, de una gran musicalidad, que bebe en unas fuentes cultas que todos conocemos y que ofrece a la vez todo el encanto poético de la musa tradicional de los pueblos:

Las estrellas del almendro
-plata que aprendió a volar-
buscan en el aire risas
de olivar.

Hilario Ángel siente una especial atracción por las composiciones breves, de tres o cuatro versos, en forma de coplas y soleares, donde, al modo de los proverbios y cantares machadianos, recrea su filosofía más personal, envuelta en el ropaje poético, pero del que resulta fácil desentrañar la enseñanza:

Del amor sincero
espera dolor;
lo que viene con palmas y risas
eso no es amor.

Hilario Ángel es probablemente, como digo, el primer poeta que ofrece una interpretación lírica de la comarca de Los Pedroches. Es cierto que otros autores se habían referido anteriormente a esta tierra en sus composiciones, entre ellos el también pozoalbense Antonio Porras Márquez, que en su Libro sin título (1912) incluye algunos poemas ambientados en nuestros campos, como este que titula “Mañana de la sierra” y dice

Surge el crestón, verde oscuro,
de la montaña, en la niebla:
como una esmeralda ingente
que de un ópalo surgiera.
La niebla se prende en gotas,
a las plumas del jilguero,
que se espulga, los diamantes,
sobre el espino-majuelo.
Caprichos de joyería
pone, en las plantas, la niebla...,
El caminante va hundido
en un oriente de perla.
Es, desde el crestón, el valle,
un lago de ajenjo fino;
es el valle, desde el alto,
un ópalo desleído.

También otros poetas foráneos, como Juan Bernier, cantan al paisaje serrano de Los Pedroches, como una prolongación de la sierra de Córdoba, que es lo que los capitalinos conocen del norte de la provincia, y por no hablar ya del Marqués de Santillana, quizás el primero que se refirió en versos al paisaje pedrocheño, si es que era a este paisaje al que se refería. Pero en todos estos casos se trata de alusiones circunstanciales o anecdóticas, mientras que en Hilario Ángel encontramos ya por primera vez a Los Pedroches como materia poética constante y a la comarca como tema central de composiciones fundamentales de su obra.

Se trata además de una visión que, siendo literaria, no oculta la realidad ni la sublima a través de una ensoñación mítica, sino que el poeta pretende un retrato literario de los rigores de una tierra seca y dura, difícil y con frecuencia áspera, pero que, sin embargo, es capaz de ejercer una poderosa atracción sobre sus habitantes.

Conforme a su carácter, Hilario Ángel no gusta de una ponderación exagerada de los valores de nuestros pueblos, sino que observa la realidad con desapasionada objetividad. Recuerden aquél estribillo, tan familiar:

Pozoblanco,
Piedra y cal,
Sin otro particular.

El Valle de los Pedroches, nombre de nuestra comarca para la poesía, con su verde horizonte olivarero es beso y abrazo de Andalucía hacia sus regiones vecinas:

Valle de Los Pedroches,
Maravilla
Que tiene Andalucía
Para besar la frente de Castilla.

Valle de Los Pedroches
Mano pura
Que tiene Andalucía
Para darle el abrazo a Extremadura.

Curiosamente, hay en la poesía de Hilario Ángel como una dualidad vital al referirse a cada uno de los dos ámbitos paisajísticos en que se dividen Los Pedroches. La cultura del olivar es vida: por ahí bullen los gitanos y las aceituneras, henchidas de compromisos no correspondidos, de incertidumbres amatorias, de promesas y de pasiones tan fieramente humanas, todo ello tejido de adelfas, luna y canciones. En cambio, el encinar pareciera ser el escenario de la muerte, de la dureza de una tierra tan seca, en una dramática comparación que encuentra justa expresión en estos versos del poema titulado “Valle de Los Pedroches”.

¡Cómo lloran el ser grises
Los encinares eternos
Envidiando la belleza
Del verdor olivarero!

El poeta reconoce los valores de esta tierra, pero también su pobreza de recursos, una tierra castigada, con arrugas profundas, y que, sin embargo, es capaz de ejercer una inexplicable e inevitable atracción hacia los que aquí vivimos y crecemos. Hay un largo poema titulado precisamente “Mi Valle”, una especie de elegía inversa, colocada bajo el frontispicio de una cita de Neruda, en cuya primera parte se describe la “mala tierra” de la comarca, y en la segunda se interroga el poeta sobre el secreto oculto que fuerza a sus habitantes a, no obstante todas las penalidades que conlleva, permanecer en estos suelos de abrojos y pan rancio:

Y, como los lagartos,
Y como las encinas,
Y como la retama
Que se incrusta en la tierra
Absorbiendo la savia
Donde encuentra su vida,
Buscamos en tu piedra
El agua que se pierde
Por arrugas profundas.

Yo no sé qué tienen Los Pedroches para que nos atrapen de este modo. Quizás, precisamente, en esa imposibilidad de explicación resida la mayor de las razones. En lo inaprensible de su ser y de su espíritu. Así debió entenderlo también Hilario Ángel, cuando, en un hermoso poema de Mis sueños, uno de mis preferidos, concluye un recorrido por el paisaje comarcal con estos versos:

Al volver a Pozoblanco
Siento una dulce quimera.
¡Quién pudiera
Cantar este cielo azul,
Esta verde primavera,
La Sierra, el Valle y la Cruz!.

1 comentarios :

Alfonso Ángel Calero | viernes, junio 02, 2017 12:45:00 p. m.

Muchísimas gracias, Antonio. No sabemos como agradecerte la implicación tan maravillosa que has tenido siempre con nuestro padre. Pocas veces hemos tenido la oportunidad de leer un trabajo tan bien fraguado, lleno de cariño, como el que tuvimos la suerte de escucharte en el mencionado 25 aniversario de su fallecimiento. Queremos que sepas que cuentas con el aprecio de toda la familia del autor. Por supuesto aprovecho para invitarte al acto, tanto a tí como a tus muchos seguidores. Recibe un fuerte abrazo.
AACalero.

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