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El medio rural, las Olimpiadas y lo que ha de venir


Jóvenes durante la celebración de las Olimpiadas Rurales en Añora, el pasado fin de semana [Foto: Rafa Sánchez]

Me llama la atención que la Delegada provincial de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible, la pozoalbense Araceli Cabello, no considere preocupante la despoblación del medio rural, siendo como es actualmente su principal problema, y piense que "se puede atajar con las medidas que se están tomando y las que se van a tomar", sin llegar a especificar cuáles sean ni unas ni otras.

Francisco Javier Domínguez escribe en Hoy al día un emocionado artículo sobre lo que suponen las Olimpiadas Rurales de Los Pedroches para recuperar el "orgullo rural" y la fuerza reivindicativa de esta convocatoria anual frente a la España vacía que languidece ante la indiferencia e inoperancia de los que mandan. "Las Olimpiadas Rurales tienen tanta verdad, tanta autenticidad, que acabarán por imponerse como referente del Orgullo Rural en España", augura Domínguez al celebrar la amplia cobertura del acontecimiento en los medios de comunicación.

Sin embargo, tras el éxtasis de la entrega de premios del domingo a mediodía y el furor báquico entre los jugadores que se alargó hasta el atardecer, cayó luego la noche sobre Añora y llegó el lunes y el sueño delicioso que habían sido las Olimpiadas se desvaneció. El pueblo volvió a quedar desierto, con calles fantasmales por las que apenas te cruzas con alguien que va o viene de sus quehaceres. Las olimpiadas nos hacen olvidar durante unos días la realidad cotidiana y son, por su propia naturaleza, una negación simbólica de la verdad que nos envuelve. Cuando se van, el dinosaurio aún sigue ahí.

Pienso, como dije durante la pasada entrega del Premio Solienses, que Los Pedroches aún no forman parte de lo que ha dado en llamarse "España vacía", según aceptada expresión de Sergio del Molino, pero llegarán a serlo de continuar así. Ningún territorio puede aguantar que su población disminuya 500 habitantes al año, que en algunos de nuestros pueblos no nazca ningún niño en doce meses, que en todos ellos muera más gente que nace. Quizás nos parezca imposible que algo así pueda ocurrir en nuestros pueblos, que llevan aquí toda la vida. Pero basta visitar algunas zonas de Teruel, de Soria o de Guadalajara para comprender que lo que ahora nos amenaza a nosotros ya les ha pasado antes a otros.

Hace apenas una semana he estado haciendo turismo por la provincia de Burgos. Además de visitar la exposición "Las edades del hombre" en Lerma (dedicada a los ángeles, una delicia), he recorrido muchos pueblos de la zona, todos ellos rebosantes de patrimonio histórico y monumental, con un pasado enraizado en la más profunda historia de Castilla, cuyos meros nombres imponen al evocarlos: Covarrubias, Santo Domingo de Silos, Peñaranda de Duero... Y todos ellos, sin embargo, vacíos. Me llamó especialmente la atención el caso de Santa María del Campo, donde la reina Juana en su delirio se detuvo durante casi un mes en su fúnebre cortejo de traslado del cadáver de Felipe hasta Granada. Allí subsiste a duras penas una iglesia colegiata, construida entre los siglos XIII y XVIII, que es una de las más ricas y de mayores dimensiones de la provincia, con su imponente torre renacentista de Diego de Siloé y Juan de Salas que Chueca Goitia consideró "la torre más bella y monumental de todo el Renacimiento español". La villa apenas cuenta hoy con 500 habitantes. En Mahamud, a pocos kilómetros, fue investido en su día el cardenal Cisneros: hoy no llegan a cien sus vecinos.


Torre renacentista de la colegiata de Santa María del Campo (Burgos).

Estoy terminando de leer estos días el libro Los últimos. Voces de la Laponia española, de Paco Cerdá, un estremecedor viaje por los pueblos vacíos de la llamada Serranía Celtibérica. Sobrecoge imaginar para nosotros ese futuro, aún lejano, pero verosímil. Además de algunas imágenes concretas, me ha impresionado especialmente, quizás por deformación profesional, el descorazonador capítulo dedicado al cierre de las escuelas unitarias (último refugio para la educación rural) en los pueblos del maestrazgo turolense. Ejemplifican como nada el final. Sin escuela, se acabó todo. He copiado estas palabras del último maestro de la escuela de Moros:
"Cerrar una escuela es tristísimo. Apilar las sillas, amontonar las mesas, agrupar el material sobrante, dejarlo todo en un sitio que se irá llenando de polvo. Donde antes olía a lapicero, tiza y niño, ahora es un lugar frío que huele a polvo y oscuridad. Se te cae el alma ante tal sensación de abandono. Pero es, sobre todo, la mirada de los padres, de la gente del pueblo. Una mirada resignada, que mira hacia abajo ladeando la cabeza y encogiéndose de hombros. Como quien dice a seguir. Pero no: ellos saben que se acabó. Y eso es muy duro. Es muy duro que muera un pueblo que ha vivido cientos de años con niños en sus calles. Porque la muerte es literal".
Francisco Javier contempla en iniciativas como la de las Olimpiadas Rurales un modo de vencer esta amenaza que nos acecha. Se conjugan en ella el entusiasmo, el ardor juvenil, la pericia organizativa ante un reto tan elevado, la fuerza competitiva y el rescate de la más profunda tradición adornada con las formas sobrevenidas del universo digital. Es un camino para no caer en el olvido, para levantar la mano y decir: estamos aquí. Aún estamos aquí. Pero llega el domingo por la noche y la oscuridad lo envuelve todo de nuevo y el silencio, roto durante tres días, se impone otra vez como única compañía. Frente al arrebato olímpico, llega la frialdad inmisericorde de los que mandan: "¿La despoblación de las zonas rurales es preocupante? Creo que no. Se puede atajar con las medidas que se están tomando y las que se van a tomar. Tenemos que dar salidas en el mundo agrario y ganadero".

Y así quedamos, destrozados, esperando lo que haya de venir.

2 comentarios :

Anónimo | miércoles, julio 10, 2019 10:38:00 a. m.

Si Araceli Cabello lo dice será verdad. La señora Cabello es una política muy preparada procedente de una dinastía con amplia dedicación al servicio público. Política de casta.

jarote en la diáspora | domingo, julio 14, 2019 7:47:00 p. m.

Atinado artículo que refleja una realidad inmisericorde, e inevitable en mi opinión.
Como decía un cortijero con posibles: "Aquí en veinte años no quedan más que los tengan campo, y un peazo bien grande".
A lo que yo añado, si el cambio climático lo permite: Dos primaveras seguidas como la pasada y aquí no quedan más que los lagartos.
Los políticos, por su parte, van a lo suyo. No creo que les importe nada los problemas de una comarca en trance de desaparición. Ellos, a trincar en moneda fuerte, y a asegurar su futuro y el de sus hijos.

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