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"Te quiero mucho"

El cadáver de Olga Savenchuk reposa en el tanatorio de la carretera de Almodóvar, pero nadie lo vela, nadie lo ha reclamado aún. Es la soledad inmensa de la muerte, no buscada, como sí la buscó Manuel en Zarzahuriel, ese universo deslumbrante de Los asquerosos de Santiago Lorenzo. Buscar la soledad total como forma de vida es un lujo que la sociedad consumista no puede permitir. Sometidos  como estamos permanentemente a tantos estímulos, romper de golpe con todos ellos implicaría un colapso general del sistema, la autodestrucción. La imagen de soledad de Olga en el tanatorio resulta poéticamente turbadora, más allá de su tristeza infinita, pero ella no lo quiso así. O, al menos, no lo sabemos. Son dos caminos diferentes para llegar a la soledad. Y ambos dan miedo.

Los campos helados de Los Pedroches al amanecer replican otro tipo de abandono, en su melancolía. Hay una neblina que impide ver bien, acaso como protección de un futuro que aguarda y no se atreve a mostrarse todavía. Las encinas se van secando, calladamente, sin que se oiga su lamento. Bajo el alfarje mudéjar de la iglesia apenas unas cuantas voces ennegrecidas rezan ya en discretos murmullos, sabedoras de la revelación profética. El arroyo corre escondido bajo las piedras secas de pizarra, que señalan su horizonte. Esta mañana he salido a pasear por la dehesa, cuando esperaba visita. He dejado una nota encima de la mesa.

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