Candil del siglo XIX.
Lo tenía medio abandonado en un cajón de la cámara donde guardo cosas inservibles de las que me resisto a desprenderme del todo. Era un antiguo candil de aceite fabricado con hierro forjado y chapa, un utensilio para alumbrar dotado de un recipiente para el combustible, donde se colocaba la mecha, y una varilla rematada en gancho para colgarlo. Era uno de esos que hemos visto siempre en las casas de nuestros padres y abuelos, elegante y austero, con el suficiente encanto como para no tirarlo a la basura pero demasiado deteriorado o envejecido como para tenerlo a la vista. Hace unos días lo vi de nuevo y decidí que había llegado su momento.
Tenía más de un milímetro de óxido por toda su superficie, manchaba con solo tocarlo, parecía realmente irrecuperable. Estuve mirando por internet remedios caseros y finalmente, como tantas veces ocurre, la solución más sencilla (y barata) resultó la más eficaz. Lo sumergí en vinagre común durante toda una noche y luego lo froté con un estropajo. Parece increíble, pero todo el óxido acumulado durante décadas de abandono desapareció por completo. Para evitar que volviera a salir, lo unté enseguida con aceite de oliva y he aquí el resultado. Espectacular.
Se trata de un raro ejemplar de candil, probablemente del siglo XIX. Lo habitual era que el candil estuviera formado solo por dos vasos o cazoletas acabados en un pico alargado, por el cual se hacía salir la torcía de algodón o lienzo que encendida ardía y daba luz. Este ejemplar de candil, sin embargo, tiene tres vasos superpuestos. En el lado opuesto al pico, los dos más pequeños tienen una chapita con una hendidura que engarza en la estructura principal del recipiente mayor, permitiendo colocar uno u otro o los dos a la vez. Los cuencos extraíbles son sucesivamente cada uno más pequeño que el anterior y he pensado que pudiera tratarse de un modo de regular el gasto de aceite (en función de la necesidad, se encendería uno u otro).
El término
candil proviene del árabe
qandîl, palabra que deriva del latín
candela. Su precedente estaría en las antiguas lucernas romanas, generalmente de cerámica, y en las
lámparas musulmanas de fundición. En Los Pedroches se han usado hasta mediados del siglo XX, puesto que, aunque desde principios de siglo consta la instalación de redes eléctricas en los pueblos, su implantación en los hogares no se generalizó hasta los años 50 y 60. En cada casa había más de un candil, que se trasladaba a las estancias donde estuviera la familia en cada momento. Otras formas de iluminación de la época eran las lámparas de carburo o el petroman de queroseno.
El candil es un elemento siempre presente en el paisaje doméstico de las antiguas viviendas de Los Pedroches y así aparece recogido por los autores principales de nuestra literatura comarcal, ya sea como índice de nostalgia, en este pasaje de La dehesa iluminada de Alejandro López Andrada:
Mi humilde casa se encontrará solitaria y oscura, desalentada y hostil, como un animal herido por la rosada cerbatana del poniente. Quizá la lechuza, esta noche, campeando a sus anchas, entre por la estrecha y ennegrecida chimenea y, tras beberse el aceite del candil, se pose en los polvorientos chineros y allí espere la llegada de la aurora.
ya sea en la definición de un ambiente costumbrista que se rechaza, como en estos versos de Fisterra de Juana Castro:
Miraba, con sus enormes ojos la tristeza
del candil y la paja. Se moría.
No había sitio para ella en la verde
estampación granada de los campos.
La luz que desprende el candil resulta siempre escasa, lo justo para iluminar apenas sus alrededores, y quizás sea por ello que a su paso surgen miedos espectrales, como metaforiza Pedro Tébar en La isla del gavilán:
Estas casas parecen respirar por la tierra que cubre sus paredes, por esas ventanas pequeñas para que el muro aguante: solo la suficiente luz, avara, como la de un candil.
Al paso del candil las sombras de las llares y la caldera se alargan por la estancia y hacen correr a los chiquillos, "fantasmas", gritan.