La insufrible realidad de la puta existencia
Cuando hacía mis estudios de Letras, algunos profesores de literatura nos decían que debíamos enfrentarnos a la obra artística sin conocer demasiados detalles de la vida del autor, o mejor ninguno, para que la peripecia biográfica contingente no condicionara la visión pura de la creación artística, según ellos, incontaminada de realidad. A alguien le debió parecer posible analizar los poemas de Cernuda sin saber que era homosexual o los de Alberti ignorando que era comunista. Fue una moda pasajera de crítica literaria, intentando inútilmente separar la vida del autor y su obra, como si ambas no fueran una sola; o mejor, como si la segunda no fueran las dos. Conocer la vida del autor resulta esencial para entender cabalmente la obra de la mayoría de ellos. En otros casos, como en el de Ana, resulta imprescindible asomarse a la biografía para atisbar siquiera mínimamente los abismos de su escritura.
Dionisio López ha escrito en El Cuaderno una reseña crucial de Necesito hablar con Wanda, que nos exime a los demás. Habla Dionisio de "un artefacto poético de alto voltaje emocional y simbólico que desborda los márgenes de la elegía íntima para inscribirse en una poética del desgarro contemporáneo". Habla de intertextualidad, de resignificación, de escritura fragmentaria, de tensión constante entre la confesión y la ficción, de "un poemario de gran intensidad, incómodo y valiente, que se inscribe en una tradición de escritura del dolor y de la orfandad maternal". Y con todo ello aporta indicios fundamentales para entender cabalmente los versos de Ana Castro, para interpretar su universo mitológico (de la Bruja Escarlata a la bruja de la Cólquide) y analizar su discurso traumático y dolorido con claves de hermenéutica posmoderna.
Ana, sí, es aquella chica que escribía del dolor frío y cerval, abordado todavía como compromiso político mediante una estrategia de visibilización más cerca del activismo que de la literatura, decían algunos. Pero la tuerca continuó apretándose y ahora ha sido necesario escapar al mundo irreal del multiverso para hablarle de tú a tú al espejo deforme con credibilidad. "Rompí a llorar y me retorcí/ y me retorcí entre las sábanas/ y me negué a levantarme". Y ahí está la cicatriz incapaz de contener tanto dolor e inunda las sábanas de líquido amarillo, qué cosa será eso, pensamos, una explosión, un no-nacimiento, un adiós cuando te privaron de la condición de ser madre, dice la poeta. Y el cáncer. Pero aún no había suficiente angustia en su propia vida, el destino le tenía preparada más, porque tiene que haber más, más dolor y el desgarro total de una existencia que solo pueda escribirse en el sacrificio lírico de las estrofas sáficas.
La poesía de Ana tiene mucho dolor y poca lírica, dicen. Y qué puede haber, sin embargo, más poético que el dolor diseccionado desde el más puro conocimiento. En sus versos no encontramos la nostalgia edulcorada de unas vivencias imaginadas, sino la cruda realidad de una experiencia que obliga a prescindir de retóricas y armonía, de versos medidos y ritmos melancólicos propios de elegías arcádicas fabricadas a base de whisky y prozac. Los versos de Ana no se construyen con las tendencias poéticas del último antólogo en busca de fama, sino con la brutal, la insufrible verdad de la puta existencia sádica que nos abre en canal las carnes de la certidumbre, sin metáfora ni escape simbólico, sin alegoría. Estos versos huérfanos de anáforas y sinestesias ante un dolor sin límites vislumbran la auténtica raíz pavorosa de la poesía, nos obligan a mirar al precipicio inmenso de la realidad de un cuerpo ("llagas y carne desmigada") que padece y a participar en un viaje del que no se puede salir indemne, porque el sufrimiento continúa. Así, hasta que la gata muera. Ya murió: y ahora qué.

















































