"El halcón y la columna" se debate entre la identidad local y la referencia universal
El concejo de Gahete suplica a Alfonso de Sotomayor (Francisco Herrera) que no venda las dehesas comunales [Todas las fotos: Solienses].
En 2006 escribí una crónica sobre la primera representación de El halcón y la columna, en 2010 sobre la segunda y en 2014 sobre la tercera. En las dos primeras destaqué todo lo positivo que encontré en ellas, que era mucho. En la tercera apunté algunas deficiencias que deberían corregirse. No pude asistir a las representaciones de 2018 y de 2022, pero en la función de El halcón y la columna de anoche, a la que asistí por invitación del Ayuntamiento de Belalcázar como medio de prensa, pude comprobar que aquello que en 2014 apuntaba someramente, hoy se ha consolidado, dispersando peligrosamente el contenido de la obra.
Como escribí en 2010, El halcón y la columna está formada por tres piezas en torno cada una de ellas a uno de los tres primeros señores de Belalcázar: Gutierre de Sotomayor, cuyo innoble acceso al poder se nos cuenta en un flash-back a partir de su propio funeral; Alfonso de Sotomayor, soberbio y ambicioso, casado con Elvira de Zúñiga tan sólo para hacerla desgraciada; y Gutierre II de Sotomayor, llamado a la vida contemplativa con el nombre de fray Juan de la Puebla. En su desarrollo asistíamos nítidamente en aquellas primeras representaciones a los asuntos académicos que nos enseña la historia: el nacimiento del condado, las relaciones del concejo y pueblo de Belalcázar con sus señores, la usurpación de tierras comunales, el cambio de nombre del pueblo, la construcción del castillo y la fundación del convento. Y a su alrededor, la vida cortesana, con su chispa y sus miserias, su drama y su comedia, la villanía del noble y la nobleza del aldeano, el difícil arte de gobernar justamente, en fin, el sentido de la vida y la muerte.
El rey Juan II (Paco Quintana) nombra señor de Gahete a Gutierre de Sotomayor (Julio Jurado).
Todo ello gracias al esfuerzo colectivo de todo un pueblo que se vuelca en una representación teatral convertida ya en tradición profundamente arraigada y, sobre todo, en seña de identidad cultural de la propia colectividad local que la protagonizó hace siglos y continúa recordándola hoy día. Más de 150 vecinos participan en la puesta en pie de un espectáculo soberbio del que todo Belalcázar debe sentirse orgulloso, porque, en una sociedad individualista como la que vivimos hoy, esta respuesta colectiva a la participación supone un logro inmenso de carácter cívico y representa una esperanza para el propio pueblo y para todos los que observamos desde fuera semejante hazaña.
Pero aquí radica también la objeción. El pueblo debe decidir ya, tras seis ediciones, cuál es el sentido de la puesta en escena de El halcón y la columna: si la autorrepresentación identitaria, en la que importa cuántos vecinos intervengan y el nivel de integración comunal que con ello se consiga, o, en cambio, la creación de una obra artística que trascienda los límites locales y se convierta en referente cultural universal. La elección no es fácil y exige una toma de conciencia sobre el propio material histórico y creativo del que se dispone y la ruptura con modos de ejecución muy enraizados en este tipo de representaciones que hemos dado en llamar "teatro popular". La primera opción pide dispersión y exhibición, desfile y ceremonia. La segunda, concentración conceptual y elaboración estética.
Anoche presenciamos durante casi tres horas un espectáculo fascinante levantado con orgullo por el pueblo de Belalcázar y esa consideración luminosa difumina algunas sombras. Asistimos a actuaciones brillantes junto a otras totalmente planas, incapaces de definir al personaje. Incluso algunos actores tuvieron momentos de gran chispa junto a otros subrayadamente apagados. Se les disculpa a todos por el hecho de que no sean profesionales y se puntúa su voluntariedad y valentía de enfrentarse a semejante reto. La representación, sin embargo, se alargó innecesariamente con multitud de escenas que nada añadían a la trama histórica y que solo buscaban la espectacularidad de la puesta en escena o la participación activa de cuantos más vecinos mejor: bailes populares, cantos corales, ceremonias de bodas y entierros, el mercado, los niños, la gran parada de las aves rapaces ante el rey... Hay demasiadas cosas superfluas. Parece haberse aumentado el contenido de comedia en detrimento de la reflexión filosófica sobre el poder humano y divino, más presente en aquellas primeras representaciones. Todo ello frena la tensión dramática que se esfuerza en mantener, sin lograrlo, un coro de tragedia griega asomado dramáticamente a la galería superior del pórtico de un bellísimo convento de Santa Clara, convertido acertadamente en un personaje más de la obra.
El patio de la huerta del convento de Santa Clara se convierte en un protagonista más de la obra. En escena, Doña Elvira (Paqui Escribano) conversa con su hijo Gutierre II (Samuel García) ante la presencia del alcalde del concejo (Feliciano Casillas).
A pesar de estas consideraciones, el espectáculo seducirá al espectador desde el primer momento. El propio lugar ya atrapa irremediablemente y todos comprendemos que estamos asistiendo a una celebración cultural excepcional, en un lugar extraordinario de nuestro patrimonio monumental y con la participación en escena de los descendientes de quienes protagonizaron los hechos que se representan. Gozando de tan excepcionales mimbres, convendría no desperdiciarlas en escenas populares destinadas al lucimiento local, vacías de contenido teatral, a costa de una mayor meditación en torno al sentido de la vida, a la conflictiva naturaleza humana y a la tortuosa condición del poderoso, temas muy presentes en el libreto original de El halcón y la columna y algo diluidos en las últimas representaciones.
Coro en la galería superior.
El halconero Paniagua (Antonio Murillo) es azotado por orden de Alfonso de Sotomayor.
Doña Águeda (Selene Botella), doña Catalina (Elvira Gómez) y doña Piedad (María Baños) acompañan a doña Elvira (Paqui Escribano).
Alfonso de Sotomayor yace muerto a los pies de Paniagua.


































