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El Auto de los Reyes Magos: un abrazo de calor


Los Reyes Magos ante el portal de Belén, anoche en El Viso.

Los Reyes Magos llegaron anoche a El Viso fieles a su cita. Mil quinientas personas acudieron a presenciar el prodigio, a pesar de los doce gélidos grados que marcaba el termómetro. La organización repartió mantas y bufandas para hacer más acogedora una velada que, en efecto, resultó deslumbrante.

Antes de comenzar el Auto Sacramental de los Reyes Magos, José Ruiz López, que fue director del colegio local, se encargó de realizar el saludo preliminar, una apasionada intervención en la que se destacó el valor de esta representación como seña de identidad fundamental de El Viso ("la joya primordial de nuestro patrimonio cultural", dijo), que sus vecinos han sabido transmitir de generación en generación. "Ya estamos aquí para vivir los Reyes" -proclamó. Y continuó: "Digo bien: vivir. Porque los Reyes aquí en El Viso no solo se ven. Es más intenso: se viven. Entre el público y el escenario existe una profunda intercomunicación. Esto no es una función teatral cualquiera. La plaza es un fuerte abrazo de color hecho calor que abrasa la garganta y enronquece la voz del corazón".


Manuel Antonio Ruiz López interpreta al rey Herodes.

José Ruiz recordó el origen religioso de las principales tradiciones viseñas: las fiestas de santa Ana, los muñiores y el propio Auto. Los orígenes de esta tradición se retrotraen al convento de San Alberto del Monte, hoy desaparecido, donde, al menos desde 1836, "los frailes franciscanos en sus misiones parroquiales utilizaban su representación como reclamo para llevar los fieles a la iglesia o como complemento para hacerle al pueblo más atractivo el sermón de Navidad". El pregonero terminó felicitando a los casi doscientos viseños y viseñas que con su participación en esta representación del Auto "pasarán a la historia viva del pueblo. Siempre serán recordados -dijo- por su actuación en los Reyes del año 2018. Ellos lo contarán a sus hijos, a sus nietos, y así sembrarán las semillas para que nuestra tradición más preciada no se pierda jamás".

Las palabras de José Ruiz fueron muy ilustrativas de lo que realmente anoche se vivió en la Plaza de la Constitución de El Viso. Aquello no era teatro sino, efectivamente, historia viva de un pueblo. Como ya he señalado en otras ocasiones (por ejemplo, aquí y aquí), las fiestas tradicionales se viven de forma muy diferente por parte de quienes acuden de lejos a contemplarlas como una atracción cultural y quienes las sienten como parte de la comunidad a la que pertenecen. Los primeros llegan en sus autobuses y obedecen a todos los reclamos turísticos que se les ofrecen: quizás compraron queso en uno de los puestos de la entrada del recinto y se tomaron una copita de anís, además del lote completo de merchandising (almohadilla, manta, braga, bufanda, calendario, llavero...). Luego, se sientan en las gradas como en un teatro y se ríen de las ocurrencias de Jusepe y Rebeca, se indignan con la soberbia del malvado Herodes y se emocionan con la dulzura de María. Al final aplauden educadamente y corren de nuevo a sus autobuses y turismos para cubrirse del frío.


Desfile de los personajes al comienzo de la representación.

Para los viseños el Auto es otra cosa. Es una ceremonia impresionante de integración comunal y de reafirmación colectiva de todo el pueblo. En el escenario hay doscientos viseños de todas las edades, pero en las gradas, viviéndolo con la misma intensidad, están sus padres, sus hijos, sus abuelos, sus nietos, sus amigos, sus novias, sus maridos. Entre el público y el escenario hay una identificación total, como se demuestra gráficamente por los aplausos que siguen a la intervención de cada personaje. Esas palmas son un abrazo de confianza, un gesto de agradecimiento infinito por el hecho sustancial de estar contribuyendo a perpetuar esta tradición que identifica a un pueblo, que lo distingue de otros. La próxima vez, quienes hoy están en el escenario estarán como espectadores, y viceversa, porque así se trama la compleja esencia de la tradición y así se vive una representación que no termina cuando los Reyes salen por el arco triunfal de la derecha. No, entonces, cuando ya también el director teatral, José Rafael López Pizarro, ha salido a saludar, se produce uno de los momentos que me parece más emocionante. Los que han venido de fuera y de lejos se van a sus autobuses, pero los viseños bajan a la plaza y se mezclan con los actores, y los besan y abrazan, porque son sus hijos y sus padres, sus abuelos o sus nietos, sus novios o esposas, pero sobre todo porque son San José y el posadero, el tío Isacio y la ventera, o las lavanderas o los pastores anónimos que solo actúan como figurantes. Todos se igualan aquí y en esa fusión entre público y actores se representa la esencia de esta tradición, que no podría existir si no fuera porque los vecinos la viven, la sienten, la aman, y la consideran necesaria para su propia supervivencia como viseños, como lo que hoy son y lo que han sido.


Emilio José Silveria Ruiz interpreta al pastor Jusepe.

Y mientras todo esto ocurre, la Rondalla y Coral de la Peña Cultural (que, a mi parecer, merecería un lugar más destacado en el escenario, más central) interpreta un majestuoso repertorio de villancicos populares, que los pastores y pastoras bailan conformando una de las partes más vistosas y coloridas, y que constituye a la vez un vehículo precioso de transmisión oral del folklore tradicional. Porque los villancicos que allí se cantan y se bailan no pertenecen a la obra original La infancia de Jesucristo (1785) de Gaspar Fernández de Ávila en la que se basa el texto, sino que son aportaciones propias de la música tradicional de El Viso y de Los Pedroches, que se han añadido a la representación como el deje pedrocheño de los ángeles al hablar: marcas propias que individualizan esta herencia teatral frente a otras similares que se ejecutan en otros lugares.

Ni los elementos de videomaping ni los efectos sonoros enlatados aportan demasiado a una representación que conserva todavía la suficiente autenticidad como para que sea preservada en lo sustancial. Sí, el Auto Sacramental de los Reyes Magos, como muchas otras fiestas tradicionales, corre el riesgo de morir de éxito, de convertirse en un mero espectáculo para turistas rurales. Cobrar entrada, aun siendo necesario para ordenar la multitud, contribuye a ello. Urge, pues, extremar las precauciones y, sin rechazar las necesarias innovaciones, sin rehuir la demanda de quienes quieren presenciar tan maravilloso momento, hay que esforzarse por cuidar y fomentar lo principal: ese abrazo de calor vital entre actores y espectadores, que los viseños sigan considerando el Auto como algo suyo para ellos mismos, y que lo demás sea accesorio. Como los Reyes, por mandato del ángel, hay que regresar por un camino diferente al que se vino para llegar, sin embargo, al mismo sitio ancestral de los orígenes, porque allí reside el verdadero sentido que les salvará de los peligros que acechan, aquí y en todos sitios, a las fiestas tradicionales de los pueblos.

2 comentarios :

Anónimo | sábado, enero 06, 2018 10:42:00 a. m.

Totalmente de acuerdo. O preservamos la autenticidad del Auto Sacramental o morira. Todos esos efectos sonoros y visuales de las nuevas tecnologias no aportan nada, al contrario le dan bocados al cuerpo sustancial de la representacion, que no es una obra teatral de postin, de un autor de renombre. Es la tradicion de un pueblo y asi ha de continuar. Porque los dialogos son elementales, el guión es sencillo, todo se fundamenta en ese abrazo de la representación con el pueblo. Ese pueblo que, entre dientes, va repitiendo la alocución de cada personaje. Porque en cada casa del pueblo hay, hubo,un Herodes, un pastor, un ventero, una virgen...Y con ellos toda la familia vivió el personaje. Esa es la magia de los Reyes y no el Videomaping. Que no se confundan.

Anónimo | lunes, enero 08, 2018 1:04:00 p. m.

Extraordinario el trabajo realizado por los viseños. Desde mi punto de vista es el acto mas brillante e importante de los que se realizan en nuestros municipios. Que perdure.

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