Preparados para lo que ha de venir
Fragmento del mapa de Los Pedroches realizado por Tomás López en 1792.Los Pedroches son una tierra maravillosa, llena de encantos, posibilidades y recursos, que, sin embargo, no han sido capaces todavía de encontrar una persona que sepa regir adecuadamente su destino, su desarrollo y su progreso. Su futuro. No me estoy refiriendo a los alcaldes de nuestros pueblos, algunos de los cuales, con esfuerzo y tesón, han conseguido para sus localidades niveles de bienestar envidiables, sino que pienso en la comarca en su conjunto, esa idea abstracta tan difícil de definir. Entre nosotros no ha surgido todavía nadie con vocación de líder que proyecte una visión comarcal por encima de la local, que se haya atrevido a enfrentarse a los retos del territorio sin encontrarse atado al beneficio exclusivo de un solo municipio. No digo que sea fácil lanzarse al mundo de las ideas con un proyecto tan incierto y basado solamente en quimeras y utopías. No, fácil no debe ser. Tampoco hay ningún organismo, entidad o institución de ámbito comarcal que haya logrado presentar un propósito ilusionante con una visión amplia e integradora de los 17 pueblos que conforman esta vieja y querida tierra de encinas, estepas y olivares.
Son Los Pedroches de los Mejías y los Sotomayor, Los Pedroches del marquesado del Carpio, los de señorío y los de realengo, los que hicieron de los bienes comunales la base de su sustento económico, los que se administraron conjuntamente, los de las Siete Villas, aquellas que tuvieron un único término jurisdiccional hasta principios del siglo XX, los que han conformado unidades devocionales supralocales compartiendo hasta sus Vírgenes y sus ermitas, que no son de este o de aquel, sino de todos. Los Pedroches de la ganadería y de la siega, los del olivar de montaña, los que desmocharon jarales para hacerlos fértiles y productivos, los que, levantados en asonada, derribaron el castillo de Pedroche siguiendo los dictados de antiguos quiromantes, los de Sepúlveda y Pérez Salas. Los Pedroches del poleo y la manzanilla, los del Zújar y el Guadalmez, los del Cuerno y el Miramontes. Los Pedroches de las monjas de Santa Clara y la jota de la sierra, los de los científicos árabes y los teólogos cristianos, los de Soleiman El Gafequí y Juana Castro, los de las minas de El Soldado y el monasterio de Pedrique.
Estos Pedroches van pidiendo a gritos que alguien coja las riendas de su destino y los guíe hacia un futuro de certidumbre y prosperidad, sin las nubes negras de la despoblación, el desengaño, la desmemoria y el olvido. Alguien tiene que abrazar esta antorcha desafiante para abrir los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos, y quien albergue en su interior este destino debería haber nacido ya, porque de otro modo no llegaremos a tiempo de entregar nuestra siembra a la eternidad ni estaremos preparados para lo que ha de venir.













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