"El topónimo perdido" o el valor simbólico de nombrar las cosas
Presentación del libro "El topónimo perdido", ayer en Villanueva del Duque [Fotos: Ayuntamiento].
El topónimo perdido (San Blas de la Niebla) es un relato en torno a un topógrafo que descubre un pueblo que no aparece en los mapas actuales. Al entrar en contacto con una realidad olvidada, el protagonista se enfrenta a reflexiones sobre la memoria y los valores esenciales del mundo rural y sufre la presión de una comunidad que desea ver reconocida de nuevo la identidad perdida. Se trata de una narración breve (81 páginas) que sin duda despertará en el lector de nuestros pueblos emociones de reconocimiento y pertenencia.
Miguel Ángel Pérez, Antonio Merino y Miguel Granados.
Mi intervención se centró en dos aspectos principales. En primer lugar divagué sobre el tema de un pueblo envuelto en niebla como motivo recurrente en la literatura. La niebla no suele ser solo un elemento meteorológico, sino que funciona como símbolo potente de misterio, aislamiento, confusión, lo desconocido, lo sobrenatural o la pérdida de certezas. La niebla es siempre una frontera entre lo real y lo imaginario, un umbral entre mundos, una marca de ocultación y misterio. La niebla funciona como tópico literario ya desde los poemas homéricos, donde se emplea como recurso divino que usan los dioses para ocultar a los héroes, cegar a los enemigos o marcar la frontera entre lo humano y lo divino. En la Odisea, ahora nuevamente de moda por la versión cinematográfica de Cristopher Nolan, las brumas marinas ocultan islas misteriosas, como la tierra de los Cíclopes o las costas de los lestrigones.
Y también en la novela de José Caballero la niebla representa todas esas cosas. Aventurarse en la niebla supone penetrar en un mundo enigmático e incierto. Lo que encontremos al otro lado, si somos capaces de dar ese paso, nos transformará para siempre, como le ocurre al cartógrafo Martín. La niebla de José Caballero es una marca de olvido, aislamiento y desmemoria. Atravesarla supone un reencuentro, no el descubrimiento de un mundo desconocido, sino la recuperación de una realidad olvidada.
Por otro lado, quise apuntar siquiera otro aspecto relevante de la narración: el lenguaje como creador de realidades. El deseo de los habitantes de San Blas es que su pueblo aparezca en los mapas, porque saben que las cosas no existen hasta que no se las nombra. Nombrar no es solo señalar lo que ya está ahí, sino hacerlo existir en el orden de lo humano, de lo pensable y de lo narrable. Todos recordamos aquella frase de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez: «El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.» En Macondo, el lenguaje precede y constituye la realidad. Cuando llega la peste del olvido (la insomnio), la gente olvida los nombres de las cosas y, al perder el nombre, pierde también la relación con ellas: las cosas se vuelven irreconocibles, casi inexistentes. Solo la escritura (como los mapas de Martín) permite recuperarlas. El lenguaje no describe el mundo: lo funda.
Un lugar existe cuando se lo nombra. Incluso lugares que no existen físicamente, son realidades aceptadas porque tienen nombre, como Macondo, Comala, Yoknapatawpha, Tlön… El nombre construye al sujeto, solo existe aquella persona cuyo nombre aparece en el registro oficial, como demostró Saramago en Todos los nombres. El nombre dota de identidad al pueblo de San Blas y para ello es necesario que aparezca reseñado en los mapas, que la gente pueda ver su nombre y, por tanto, reconocer su existencia. Nombrar un pueblo y fijarlo en un mapa es un acto de creación, posesión y legitimación. La literatura explora esta tensión de múltiples formas.
En Cien años de soledad, Macondo nace como un pueblo reciente “sin muertos” y sin pasado. Más adelante, Melquíades lo marca con un puntito negro en los “abigarrados mapas de la muerte”: solo entonces Macondo existe también para los muertos. El acto de cartografiarlo lo incorpora al orden del mundo (y del más allá). Melquíades actúa como un puente entre la vida y la muerte. Al marcar el lugar con un punto negro, le otorga existencia oficial en la cartografía de los difuntos y permite que la memoria del pueblo trascienda y sea accesible más allá de la vida terrenal.
Nombrar un pueblo, fijarlo en un mapa, sería un “juego de lenguaje”, en terminología de Wittgenstein. No se trata solo de poner una etiqueta: al escribir el nombre sobre el papel se está realizando un acto social y convencional que introduce el lugar en un sistema de referencia compartido, lo hace localizable, discutible, reclamable y narrable, lo incorpora a una forma de vida (la de la cartografía, la administración, la historia, la literatura o el poder político), que traerá en el futuro sus aspectos positivos y negativos.
Mientras el pueblo no tiene nombre ni aparece en ningún mapa, no “cuenta” dentro del orden simbólico humano. En el momento en que se lo nombra y se lo cartografía, entra en el juego: se vuelve real para nosotros y para la posteridad, porque, como nos enseñó Umberto Eco, al final, de las cosas solo queda el nombre.
José Caballero, anoche en la presentación de su libro.
















1 comentarios :
Gracias Antonio por tu presentación y por ser parte de San Blas de la Niebla. Eternamente agradecido.
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