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Pozoblanco, 15 de agosto de 1936

Salida de uno de los trenes de Pozoblanco con destino a Valencia el 15 de agosto de 1936 [Foto: Mundo Obrero, 17-08-36].

Se cumplen hoy 90 años. Al amanecer del 15 de agosto de 1936, el capitán de la Guardia Civil de Jaén Antonio Reparaz, todavía al mando de las fuerzas leales que rodeaban Pozoblanco (poco más tarde se pasaría al bando rebelde), telefoneó al capitán Rañal, jefe de los sublevados atrincherados en el interior de la localidad. En Pozoblanco se habían concentrado desde el inicio de la sublevación los guardias civiles de todos los pueblos de alrededor, mientras que las fuerzas obreras habían huido al campo y se habían establecido en cortijos próximos a la localidad, principalmente en el de La Morra. 

Tras la rendición de Adamuz el 10 de agosto, la columna del general Miaja, desde su base principal en Montoro, inició el envío de tropas a Pozoblanco, comenzando la cuenta atrás de la capitulación. Los efectivos enviados a Pozoblanco contaban con una buena dotación de artillería, soldados de infantería y los cien guardias civiles jiennenses. La presencia profesional desplazó a un segundo plano a las milicias populares, que llevaban varias semanas acampadas entre rastrojos y cortijos bajo un sol abrasador. La presencia de las tropas regulares y los ataques de la aviación republicana comenzaron a minar la moral de los sublevados, que se aprestaron a negociar la rendición.

El día 15 de agosto, tras múltiples llamadas telefónicas entre los capitanes de un lado y otro, los sublevados se avinieron a la rendición, tras obtener garantías de que se entregarían a los militares, y no a las milicias, y de que serían enviados sanos y salvos a la zona gubernamental.

A las ocho de la mañana dio comienzo el ceremonial de la rendición. Entraron los artilleros, los carabineros y los guardias civiles, mientras las milicias quedaban en las afueras. Una vez protocolizada la rendición, los prisioneros fueron conducidos a la estación de ferrocarril, desde donde serían enviados a Valencia, dominada por la autoridad republicana, tal como se había pactado. Junto a los militares entraron también en Pozoblanco algunos periodistas, que relataron luego el acontecimiento, entre ellos Jesús Izcaray (Ahora) y Clemente Cimorra (La Voz). Este último narra así el encuentro supremo:

El capitán de las fuerzas sublevadas, Francisco Rodríguez de Austria, con la palidez bajo el negro enconado del tricornio, protocoliza con nuestro Castañeda el saludo de rigor. Fuera de estas palabras, el silencio es absoluto.
Salen uno a uno los guardias, superiores a una centena y, enseguida, las familias, cargadas de niños y de bultos. Hipos de llanto, lamento de súplica, azoramiento, miedo y tristeza. En la fisonomía de los guardias solo veo penumbra de inteligencia e incomprensión. Me hablan algunos, quieren justificarse:
-Los jefes son los culpables... Nosotros obedecemos... Son unos granujas.
(...) Poco después, con orden y gemidos, se llenan hasta el repleto los vagones del primer convoy.
Y enseguida se hunde entre la calma de los encinares, con lentitud y fatiga, el tren de la triste carga y los tristes viajeros...

El primer tren salió hacia Puertollano y Valencia al mediodía. Por la tarde, lo hizo el segundo. Los carabineros protegieron a los pasajeros de algunos intentos de asalto. Entre ambos iban unos ciento cincuenta guardias civiles y más de doscientos paisanos derechistas, junto con sus familias. Poco después de llegar a su destino, el Tribunal Popular de Valencia les impuso a la mayoría de ellos la pena de muerte y fueron ejecutados. 

Entre la salida de uno y otro tren, irrumpieron en Pozoblanco las milicias que llevaban varias semanas acampadas en los alrededores. Lo hicieron de forma airada e incontrolable, con el solo objetivo de poner la localidad bajo su mando. Se recompuso la autoridad del Frente Popular en el Ayuntamiento, nombrando al maestro socialista Antonio Baena Moreno como presidente del comité de guerra. Se practicaron registros domiciliarios y detenciones. El Registro Civil contabiliza 15 víctimas de derechas a lo largo de la jornada. La actuación de las milicias culminó ese día con la quema de imágenes en iglesias y ermitas. 


👉Redacción propia tomando como fuente: Francisco Moreno Gómez: 1936: el genocidio franquista en Córdoba, Editorial Crítica, Barcelona, 2008.

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