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Hay un hermoso artículo de Juan Bosco Castilla en Los Pedroches Información de esta semana. Se titula "Los Olivos" y lo reproduzco aquí porque los enlaces con la página virtual del periódico cambian semanalmente:

EN un domingo de noviembre, mientras las nubes que bajan de las Mesas la Canaleja a la Era Grande dejan caer sobre nosotros una lluvia vaporosa, mi padre me cuenta que mi abuelo y su familia vivieron de los pocos cientos de olivos que tenemos ante nosotros y de dar jornales talando, desvaretando o arando olivos ajenos. Mi abuelo dejó aquellas tierras cuando se casó para poner una taberna, pero siempre guardó hacia ellas un amor agradecido que quiso transmitirnos a nosotros. Un día al año, con la excusa de coger las aceitunas del verdeo, nos llevaba a toda su familia a la sierra y él, incluso cuando ya casi no podía andar por su casa, se perdía de nosotros y se iba por las antiguas veredas de herradura o incluso a campo traviesa, como imbuido de una fuerza sobrenatural, a ver entera la quebrada tierra en la que había crecido y se había hecho un hombre. La de mi abuelo ni ha sido ni es una historia insólita. A día de hoy muchos hombres y mujeres viven de la sierra, donde la tierra es pobre, donde el suelo es casi vertical, donde hay unos olivos escuálidos plantados hace sólo unos 150 años en lo que fue una epopeya enorme que todavía está por escribir. Y, sin embargo, ahora que van a reformar la OCM del aceite, no oigo a la Junta de Andalucía, ni a los partidos políticos, ni a las organizaciones agrarias, ni en la prensa hablar de estos olivos pobres y de pobres, sino de los otros olivos, y entonces pienso que es como poner el grito en el cielo porque le quitan la beca a un estudiante listo y con posibles que la ha tenido desde siempre para dársela a un estudiante pobre, quizá no muy listo, pero voluntarioso. Tanto silencio molesta: la injusticia no es tanto por el dinero –que también- como por el olvido.


Hoy mismo aparece también en El día de Córdoba un artículo de Joaquín Pérez Azaústre sobre Luis Mateo Díez, a propósito del encuentro sobre el mundo rural celebrado en Añora hace unos días.
Y, sin embargo, alerto de que es necesario ser muy cuidadoso con una excesiva reivindicación del mundo rural antiguo. Quizás ahora, desde la memoria, el tiempo aparece limpio y acogedor, desprendido de todas las miserias que acompañaban a una vida dura y seca que no siempre merecía la pena ser vivida. La vida en el campo hace cuarenta o cincuenta años distaba mucho, en ciertas ocasiones, de lo que algunos escritores de la evocación nos presentan en sus nostalgias edulcoradas. Allí había enfermedades incurables que hoy sanan con un jarabe, mujeres encarceladas de por vida en una cadena de lutos y sometimientos, costumbres ancestrales que asfixiaban cualquier anhelo de libertad, trabajos en el campo inacabables en su rutina de condena mitológica, incultura vestida de sabiduría natural, analfabetismo orgulloso, humillación ante el poderoso...
Vista desde hoy, en este mundo delirante de despropósitos, corremos el riesgo de considerar apetecible aquella vida, simple en su naturalidad, confortable en su simpleza. Corremos el riesgo de transmitir una imagen falsa de lo que realmente fue. Y yo, que amo el estudio de las costumbres, las fiestas y los ritos tradicionales, no los deseo a toda costa para los que han de venir, pues, confiando en la bondad del progreso humano, espero para el futuro un mundo mejor, con todas las maldades inherentes al hombre, pero experimentando errores nuevos y no pasados.

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