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Tomás Aránguez quiere acabar con el actual modelo cooperativo de COVAP. En realidad, ya hace tiempo que la COVAP no es una cooperativa, y ahora se trataría de formalizar de derecho lo que ya existe de hecho. Los socios, esos quisquillosos preocupados por lo suyo, molestan cuando de grandes decisiones empresariales, fusiones y megaproyectos se trata. Integrar al productor en el círculo alimentario, se llama la cosa. Producir lo que se vende y no vender lo que se produce. En fin, profesionalización del sector. El consejero de Agricultura, que vino con la cartera llena de dinero y dispuesto a repartir, parece que hizo oídos sordos a la propuesta de Aránguez, pero quien debe sí escuchó: el consejero delegado de Banesto alabó el modelo cooperativo de COVAP. Al presidente de la cooperativa, el sistema cooperativo le parece anacrónico y "fundamentalista", inservible para el reto de constituir un gran grupo alimentario andaluz. No le parece bien eso de "un socio, un voto", porque 1.000 de sus 14.500 socios representan más del 90% de la actividad de la Cooperativa. Se trataría de hacer tabla rasa y comenzar de nuevo, sin las rémoras históricas del pasado, sin que esa sentimentalidad absurda de cómo hemos llegado hasta aquí impida ir más y más y más allá. Total, esos cimientos que levantaron este edificio están hechos de adobe y ahora existe el hormigón, que tan bien resiste el fuego. Fuera antiguallas con obstáculos cooperativistas que suenan a siglo pasado. Se presenta un futuro empresarial brillante, lleno de retos e innovación, una revolución de desarrollo y progreso, de riqueza desbordante, donde el socio es un freno y un lastre que hay que soltar.



La Cooperativa

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