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Una tarde en San Alberto


Ruinas del convento de San Alberto, en término de El Viso

Fue el peor día para la visita, y también el mejor. El peor porque la intensa niebla que a medida que avanzaba la tarde se fue imponiendo impedía divisar las vistas panorámicas que siempre engrandecen el paisaje de Los Pedroches. El mejor porque permitió gozar de un espectáculo insólito de recogimiento y belleza inesperada, muy acorde con el objeto de la visita, muy conforme a un entorno ausente y fantasmal. Fantasmal era la mejor definición. La niebla envolvía las ruinas como queriendo abrazarlas y hurtarlas a la vista del viajero, temerosa quizás de cualquier proceso novedoso que, al alterar su estado fotográfico de siglo y medio, pudiera precipitar la completa destrucción final, su siempre amenanzante hundimiento definitivo. En la desolación inmensa de un entorno de escombros y reliquias enterradas, tan sólo unas asombradas ovejas asomaban su cabeza interrogante entre las brumas de aquel mar de humedad que empapaba ya hasta mis en aquel momento enfermizos huesos.

El convento de San Alberto, a medio camino entre El Viso y Santa Eufemia, perteneció a la Orden de San Francisco y provincia de los Ángeles. Según Casas-Deza, por creer que San Alberto había padecido martirio en aquel lugar se le edificó allí ermita en 1380 y después se fundó el convento por don Gonzalo de Mesía en 1504. En él estaban sepultados muchos señores de la casa de Santa Eufemia, entre ellos el primer marqués de la Guardia don Gonzalo Mesía Carrillo y su mujer doña Ana Manrique, de la casa de los condes de Paredes; don Rodrigo Mesía, segundo marqués de aquel título, y Fr. Antonio Manrique, obispo de Calahorra. En este convento se reunían las villas del señorío de Santa Eufemia para celebrar sus asambleas y tratar de los asuntos comunes.

El convento fue desalojado en septiembre de 1835, y vendido en subasta pública junto con todas sus posesiones, a causa de la desamortización de los bienes del clero de Mendizábal. Según Francisco Valverde, el edificio del convento fue derruido con celeridad, hasta el punto de que cinco años después de la supresión era ya pura ruina. En 1840 el cura de la parroquia de El Viso se lamentaba amargamente, con un punto de censura humana y otro divina: "no se puede pintar más que llorar y partirse los corazones al ver lo que Dios está permitiendo en nuestros días, los más fúnebres y espantosos, y esto en su misma casa y templo y por sus mismos hijos con la divisa de católicos". El párroco solicitó a su obispo "siquiera el consuelo de conservar aquello poquito para mitigar el dolor de los presentes y conservar para los venideros lo santo de aquel sitio". "Aquello poquito" que se conservaba era por entonces la entrada de la iglesia conventual y la capilla que sirvió de sagrario a dicho templo, unas estancias abovedadas que el cura quería mantener transformándolas en una pequeña capilla u oratorio que perpetuara la memoria del lugar, pero el piadoso proyecto no llegó a realizarse.

Y esto es lo que nos encontramos hoy, en una dominical tarde de niebla, como si la propia naturaleza quisiera contribuir al nudo del misterio. Apenas unos débiles restos de fuertes muros que se conservan milagrosamente en pie, desafiando el tiempo y su ruina. Marcan un perimetro de ausencia que evoca lo que fue, como parábola que descubre la banalidad de tanta soberbia, un día desmesurada tumba para altivos condes y hoy humilde corral de ovejas donde no hay más arrogancia que la de un carnero mocho que ha decidido no interrumpir su comida aun con presencias ajenas, que para otros serán amenazadoras, pero para él no. Al abandonar el paraje, por el paseo de chopos de la Huerta de los Frailes, se antoja salir de otro mundo, que estaba ahí sin saberlo, o quizás todo ha sido un sueño, y desaparezca definitivamente cuando se despeje la niebla, y allá, sobre la colina, no quede nada, o acaso tan sólo una palabra escrita sobre la roca al pie de la retama, cuyo significado apenas conoce el viejo pastor de ovejas.




Diferentes vistas de las ruinas del convento, entre la niebla.


Entrada al paraje de la Huerta de los Frailes.



Ahí vienen los del Perdón

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Oración de Gloria

1 comentarios :

Sbtn Sbtn | lunes, marzo 20, 2017 6:11:00 p. m.

Francisco Valverde, en sus Apuntes para la Historia del Convento de San Alberto del Monte (El Viso)2001, señala que "cuando se suprimió la comunidad los bienes relacionados con el culto fueron entregados a las parroquias más necesitadas de la diócesis, así de los seis altares que había en la iglesia del convento, uno, posiblemente el mayor, se le entregó a la Iglesia parroquial de Alcaracejos, y otro, se envió a una de las ermitas de Dos Torres". El retablo de Alcaracejos fue destruido en la Guerra Civil(1936) y según refleja Francisco Valverde "contenía un crucifijo, San Alberto, San Diego, San Antonio y Nuestra Señora".

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