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Espiritualidad de estampita

Afirma Alejandro en una entrevista de promoción que publica hoy el diario Córdoba sobre su último libro: “Quería contar la posguerra desde una perspectiva inédita: la de la visión de un cura sencillo y anónimo que intenta transformar la vida cotidiana de un pueblo”. Al leer la obra, sin embargo, no alcanza a comprenderse la naturaleza de esos intentos sacerdotales. En Los álamos de Cristo asistimos al retrato del típico cura franquista de posguerra acomodaticio a los dictados del régimen y cuyos mayores logros en la localidad parecen ser la creación de un coro parroquial y la instauración allí de la Adoración Nocturna. En ningún momento se explican las causas que pudieran hacer de este personaje literario un ser admirable ni se atisban resquicios de esa "extraordinaria labor social y espiritual" que, en opinión del autor, llegó a realizar el cura en su pueblo. No hay indicios, por ejemplo, de la creación de servicios de atención a una población infantil desnutrida y enferma, ni de apoyo educativo a los jóvenes que despuntaran intelectualmente, ni, en fin, de implicación, siquiera emocional, en los conflictos sociales como consecuencia del fin de la actividad minera o la gran emigración de los años 60. Al contrario, lo que se desprende de la lectura de esta llamada "novela" es una construcción ideológica reaccionaria que se complace en visiones exquisítamente retrógradas sobre la juventud, la educación, el matrimonio o las costumbres sociales.

Los álamos de Cristo constituye una colección de recuerdos intrascendentes convocados con intención hagiográfica. Hay en los párrafos de esta obra advocaciones de pretensión mística y esfuerzos de proselitismo cristiano, en una narración plana que no desentonaría en las páginas de El promotor de la Sagrada Familia, esa revistilla sepia y castiza que seguramente leen todavía alrededor de la mesa camilla las beatas de Malpartida, protagonistas del reencuentro final y cuya conversación teológica marca el tono general de la obra, propio de una población inculta y carente de cualquier aspiración intelectual. El cura, como personaje literario, resulta fallido, por cuanto no transmite ninguna profundidad espiritual ni produce la más mínima admiración en ninguno de sus comportamientos. El autor ha renunciado voluntariamente a cualquier presentación galdosiana del clérigo, que implicaría una crítica a la institución eclesial, y opta por un universo apetecible solo para nostálgicos de Acción Católica que añoren un tiempo de rosario y sacristía, mucho más auténtico que el actual, según la tesis que sustenta el relato. Por lo demás, Los álamos de Cristo continúa en esa senda de ofrecer una imagen de Los Pedroches anclada en un rancio pasado eternamente deseado, mediante la cual esta tierra virgen y fértil que amamos se convierte en un páramo fatasmagórico poblado de cadáveres en vida.

4 comentarios :

Miguel Barbero Gómez | miércoles, abril 16, 2014 9:34:00 a. m.

Estimado Antonio:
No me voy a atrever a realizar una crítica literaria sobre el libro de Alejandro López Andrada, pues no creo estar preparado para esa misión. Dejo ese cometido a críticos literarios que abundan en nuestra geografía; pero si puedo decir lo que me parece como simple lector.
Desde mi modesto punto de vista, veo el libro como una declaración de fe en la religión católica del autor, valiente y comprometido, donde indica su formación religiosa en el seno de una familia y a través de las vivencias personales con un cura de pueblo que, parece ser, influyó de forma notable en su progresión como cristiano. En alguna ocasión, así me lo ha manifestado personalmente.
En cuanto a los méritos del cura, muchos o pocos, he de decir que en los 34 años que vengo conociéndolo y sabiendo de su distintos procedimientos, puedo afirmar que ha sido un sacerdote consecuente con su ministerio religioso. Naturalmente, a lo largo de los 62 años que lleva en el pueblo, ha tenido una evolución de acuerdo con la edad y con los cambios que ha sufrido nuestra sociedad en ese tiempo, aunque en lo fundamental haya mantenido una línea de conducta de acuerdo con su compromiso como párroco de todo un pueblo. Me consta que todo aquél que le ha solicitado su ayuda, la ha tenido al instante. Han sido muchas las ocasiones en que indigentes y transeúntes con problemas se han visto socorridos por este cura, que no ha presumido nunca de ello pues siempre lo ha hecho siguiendo sus convicciones religiosas y humanas. ¿Qué ha cometido errores? ¡Seguramente, como todo ser humano! Pero pocos reproches se le pueden hacer a don Francisco en su comportamiento hacia los demás y en función de su trabajo como párroco.
¿No crees suficiente mérito permanecer ejerciendo su labor pastoral durante 62 años en el mismo pueblo? ¿Quién crees que ha protagonizado la ayuda a los mas necesitados del pueblo en ese tiempo? Ha sido él; pero como lo considera parte de su devoción y compromiso, es él quien no considera esa inmensa labor como meritoria de ningún elogio. Mas el pueblo siempre ha apreciado esa faceta solidaria del cura que ha prestado su ayuda a lo largo de tanto tiempo.
¿Espiritualidad de estampita? ¿Existe algún "mal rollo" entre Alejandro y tu, que desconocemos?
Como siempre, agradecido y... ¡Feliz Pascua!

Antonio | miércoles, abril 16, 2014 6:16:00 p. m.

Estimado Miguel. Muchas gracias por tu comentario. Como observarás, en mi artículo no me refiero al cura como persona, sino como personaje literario, pues solo conozco de él lo que se cuenta en el libro.

Con respecto a Alejandro, no hay ningún "mal rollo". Estamos ante un autor con reconocimiento internacional y no conozco otro modo màs honesto de acercarme a su obra que desde el respeto como lector y la exigencia en la crîtica literaria en mi humilde condición de filòlogo. Para panegîricos ya tenemos los "Cuadernos del Sur"

Anónimo | jueves, abril 17, 2014 9:44:00 p. m.

Sin haber leído este libro ni intentar hacer crítica literaria alguna sobre él por esa razón, sí me atrevo, después de leer el comentario de Antonio y el de M. Barbero, a opinar en el sentido de que el tema está ya muy trillado. Sólo que en otras ocasiones lo han hecho sus propios protagonistas contando sus propias experiencias. De esas obras sí he leído algunas y me han parecido muy interesantes porque retratan de primera mano sus vivencias y algunas con muy buena expresión literaria. Sin ir más lejos ahí tenemos la obra de nuestro comarcano D. Manuel Moreno Valero, sacerdote pozoalbense que nos dejó entre su dilatada obra el texto "Espejo retrovisor. Memoria de un cura de aldea".
El tema, creo, es el mismo: echar un vistazo al pasado y reflexionar sobre lo vivido. Hay publicados, que yo sepa, "Diario de un cura de aldea"," Memorias de un cura de aldea", "Diario de un cura rural" y hasta un drama en tres actos y en verso llamado "Un cura de aldea", de 1873. Por lo tanto el tema viene de lejos. Este texto al que ahora nos estamos refiriendo, que no comentando, se llama "Los álamos de Cristo" pero el tema debe ser el mismo. Si está bien escrito pues muy bien, pero si se trata sólo de alabar y de alabar para eso están los homenajes que quedan muy bien en el pueblo donde todos conocen al personaje y saben de su vida y milagros y de todo el bien que han hecho. Pero tratar de convertir esa alabanza en una novela, eso es ya más complicado. Pero, de todas formas, voy a comprar el libro para ver si este texto es, en algo, original. Es mi opinión sobre los comentarios.

Raquel Morrison | sábado, noviembre 04, 2017 11:27:00 a. m.

Muy Bueno lo de "Para panegîricos ya tenemos los "Cuadernos del Sur"

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