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Ana quiere morir, pero su cuerpo no


Ana Castro y su gata Toffee [Foto: Instagram de la autora]. 

En una insólita serie de artículos titulada "El cuerpo en guerra", que algún día merecerán antología, Ana Castro viene relatando su lucha con la muerte, y obsérvese que no digo "contra". Ana quizás querría morir, pero su cuerpo no. En el diario Córdoba, con una intermitencia que angustia, nos viene haciendo partícipes de su peripecia por quirófanos y salas de espera, frías estancias convertidas en el escenario principal de su existencia. Hace dos semanas se despidió de todos ("Por si no despierto"), porque temía no regresar de la enésima intervención quirúrgica que la aguardaba. Sus palabras resultaban dolorosas para quienes las leyeran y quizás desgarradoras para aquellos a quienes principalmente iban destinadas, por la desnudez humana que transmitían, la ausencia de filtros, la descarnada sintaxis en su más hiriente desabrigo. "Mejor dejar las cosas importantes dichas cuanto antes, especialmente si se trata de cuerpos vulnerables como el mío (...) por si el martes no despierto de la anestesia del siguiente quirófano (...) Esta vez ya he dejado instrucciones de no reanimar (ya me han salvado suficientes veces la vida)". 

Poco tiempo atrás Ana había reflexionado sobre la recepción que observaba hacia sus artículos: "Mi discurso en estos últimos tiempos incomoda al parecer". Pero ella había asumido su enfrentamiento al dolor como un compromiso público que no podía abandonar, como así lo dejó plasmado ya en su poemario El cuadro del dolor. "Cuando el dolor llegó a mi vida la puso patas arriba. Un tsunami: no paró hasta arrasar con todo. Pero me hizo más sabia y empática. Según mi experiencia (y la de muchos compañeros), el primer paso para aceptar la nueva realidad es decirlo en voz alta, ser honesta con una misma; decirse lo que ocurre tantas veces como sea necesario hasta asumirlo", escribía en su artículo "Silencio o conciencia" el pasado mes de abril. Y lamentaba que "hablar desde este lugar, el de la visibilización, el de las secuelas psicológicas de un suceso tan traumático en una vida de por sí difícil, hace que determinadas personas prefieran no mirar ni leerme".

Pero Ana siguió escribiendo del dolor, de su dolor. Tras la advertencia sobre su posible adiós definitivo, hoy ha dado señales de vida nuevamente, como aquel personaje de película que se hunde en el agua y ya creemos desaparecido para siempre, pero tras demasiados segundos agónicos de espera, de nuevo, cuando ya parecía imposible, saca de golpe la cabeza en un torbellino de algas y espuma de mar. Hoy Ana nos cuenta desde la "Sala de reanimación" su regreso a la vida, tras haber creído perderla. En sus líneas, que son versos, habla de carne, de hemorragia, de propofil y de Juanlu, ese ángel salvador. "Mucho pánico a mi alrededor y yo tan en paz. Podría haber dormido así para siempre...", recuerda. "Cansancio de tener un cuerpo que lucha tanto aun cuando hace meses que yo claudiqué". 

Esta lucha, la del cuerpo que se resiste en contra de la voluntad de su dueña, no la habíamos presenciado antes desde tan primera línea. Ana ha regresado para seguir contándola, convirtiendo su lacerante experiencia en expresión artística, pero, sobre todo, en compromiso político de alzar la voz frente al silencio. Ana no querría "reponerse de tanto", pero la poeta que lleva dentro sí. Y la necesidad íntima de recuperar la voz y la palabra la salvaron una vez más.

1 comentarios :

Anónimo | sábado, mayo 30, 2026 7:42:00 p. m.

Estremecedor

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