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La subasta de ofrendas a la Virgen en Abenójar (Ciudad Real)

SERIE FIESTAS POPULARES SINGULARES ESPAÑOLAS

Subasta de un gallo en el atrio de la iglesia de la Asunción de Abenójar en presencia de la Virgen de la Encarnación, el pasado sábado [Fotos: Solienses].

La romería de la Virgen de la Encarnación de Abenójar (Ciudad Real) es una más de los centenares de exaltaciones marianas que se celebran en toda España durante la primavera. El viernes más cercano al 25 de marzo se celebra una función de pólvora que marca el inicio de la fiesta, para continuar el sábado con los oficios religiosos (misa, procesión) y el domingo con la romería propiamente dicha, consistente en el traslado a pie de la imagen hasta la finca de "La Virgen" (a unos 14 kilómetros del pueblo), donde los abenojenses pasan el día confraternizando en los alrededores de la pequeña ermita allí levantada. Y, sin embargo, la celebración contiene algunos rituales de especial interés para el forastero que busca momentos cargados de autenticidad ancestral, esos que resulta cada vez difícil encontrar incluso en las celebraciones de la España rural. Se trata de la "subasta de ofrendas a la Virgen" y la "subasta de las andas". Ambas constituyen usos de economía popular ritualizados por la religión con finalidad a la vez recaudatoria y espiritual, semejante a primitivas formas de intercambio igualitario estudiadas por la antropología cultural.

Los vecinos participan activamente en la subasta.

En la tarde del sábado, antes de la misa y la procesión, se procede a la "subasta de ofrendas a la Virgen", con el fin de recaudar fondos para los gastos de la hermandad de Nuestra Señora de la Encarnación. Se subastan todo tipo de objetos, animales y comidas que han sido donados previamente por los devotos de la Virgen, por promesa o por costumbre, por fe o por tradición. Lo más habitual antiguamente era donar gallos, corderos y cargas de leña, pero actualmente pueden conseguirse también obras de artesanía, vinos y licores, repostería tradicional, joyas o adornos caseros. El acto de la subasta, conducido con pericia por Gregorio Cardos delante de la iglesia parroquial, se convierte en una alegre y festiva cita para los devotos de la Virgen y para el pueblo en general, que renueva cada año la tradición participando tanto en la donación como en la subasta de lo que otros han donado. "¿Hay quien dé más?", "¿Alguien da más?", "A la una, a las dos...". Este año se han rematado jamones por 80 euros y gigantescos manojos de espárragos recogidos en las dehesas locales por más de cien. Los gallos (vivos) han oscilado entre los 40 y 50 euros. En el atrio de la iglesia el párroco y miembros de la hermandad ajustan la contabilidad de donaciones y subastas, todo lo cual se explicitará con todo detalle al año siguiente en un boletín que publica la hermandad, indicando el donador, el remate de la subasta y la persona agraciada.

Una comisión de la hermandad, supervisada por el párroco, controla las donaciones.

La segunda subasta consiste en pujar por el derecho a portar las andas de la Virgen en el momento crucial de su entrada en la iglesia. Aquí, el intercambio económico constituye una fórmula de prestigio en el seno de la comunidad, por cuando el rematante acentuará de este modo no solo su solvencia económica sino, sobre todo, su implicación devocional con uno de los símbolos de identificación local más arraigados y, por tanto, su compromiso referencial con la propia colectividad. 

Cuando, al caer la tarde, la imagen de la Encarnación regresa de la romería en una carroza confeccionada al efecto, se detiene momentáneamente frente a la puerta de entrada de la parroquia de la Asunción, un templo barroco de finales del siglo XVIII. Está a punto de vivirse el momento de mayor intensidad simbólica y devocional de toda la celebración, aquel en el que los sentimientos de identidad y pertenencia se engrandecen. Entonces, dirigidos por el mismo moderador de la tarde anterior, se sacan a subasta los cuatro brazos de las andas donde ha sido colocada la Virgen para aquellas personas que buscan el honor de introducirla a hombros en el interior de la iglesia. Las pujas suelen elevarse bastante, pudiendo llegar hasta 1.500 o 2.000 euros por cada uno de los brazos, siendo los más preciados los delanteros y, de ellos, el derecho. Los que pujan para conseguir este privilegio suelen responder de este modo a promesas efectuadas durante el año por motivos familiares o de salud. También, como hemos apuntado, hay razones de representación social simbólica. Una vez adjudicados los brazos, los agraciados toman posesión de ellos y, levantando la imagen hasta sus hombros, la introducen en el templo con lágrimas en los ojos y entre el aplauso emocionado del resto del pueblo, que ve así reafirmada un año más su permanencia como comunidad espiritual.

La iglesia de la Asunción de Abenójar durante la subasta.

Subasta de un jamón.

✒ Otras fiestas populares españolas que hemos visitado (sin incluir las de Los Pedroches):
👉La danza de las espadas de Obejo (Córdoba)
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Las botargas de Almiruete

SERIE FIESTAS POPULARES SINGULARES ESPAÑOLAS

Desfile de las botargas por las calles de Almiruete (Guadalajara) [Fotos: Solienses].

Las mascaradas de invierno son anteriores al carnaval. Pertenecen a los ritos ancestrales de fertilidad, de cambios estacionales y creencias populares vinculadas a la renovación de la naturaleza. Las máscaras de los ritos atávicos no son disfraces, sino representaciones de seres fabulosos, grotescos, divinos o mágicos. En casi todos estos rituales de profundo sabor agrícola están presentes los cencerros, que se hacen sonar para espantar los males y atraer las buenas cosechas, siguiendo las antiguas costumbres paganas de carácter petitorio.

Máscara de botarga.

En Almiruete, una pedanía de Tamajón con quince habitantes, situada en la comarca de los pueblos negros de Guadalajara, se ha conservado la fiesta de la botarga, muy común en toda la provincia a lo largo del año, con características particulares en cada pueblo. Aquí se celebra la tarde del sábado de carnaval y cuenta con dos tipos de protagonistas: las botargas y las mascaritas. Los primeros son generalmente hombres y llevan ropa blanca, una máscara muy llamativa, cintas negras y una cuerda como cinturón de la que cuelgan varios cencerros. Las mascaritas, por lo general mujeres, visten un sombrero, ropa blanca, un mantón negro y una falda con decoración floral.

Al toque de cuerno, las botargas descienden de la sierra que rodea Almiruete y, escoltados por pastores veteranos, hacen sonar sus cencerros. Se desconoce el punto exacto por el que van a hacer su entrada en el pueblo. Al encontrarse con la gente que aguarda, algunas botargas tiznan con un corcho quemado la cara de los visitantes, como símbolo de transgresión. Tras pasar por la plaza y dar unas vueltas por las calles, los mozos buscan a las mascaritas, que esperan ocultas en una casa. Después del encuentro, se emparejan botargas y mascaritas y juntos desfilan lanzando sobre el público que los contempla confeti y pelusa de junco, como símbolo de fertilidad, dicen. Todo termina con una fiesta en la plaza donde se reparte vino y carne asada.

Las botargas desfilando con las mascaritas.

Como en otras fiestas populares que hemos reseñado en Solienses, las botargas de Almiruete conservaban todavía un fondo de autenticidad garantizado por el aislamiento geográfico del pueblo. Allí hay que ir expresamente, la carretera se acaba en su plaza, no hay nada después, salvo la sierra. El interés que últimamente están despertando los rituales de naturaleza etnológica está ayudando a su pervivencia, siempre que sepa encontrarse el punto de equilibrio exacto entre el respeto a la tradición y la entrega a los intereses del turismo rural. La aldea es un pecio de la España vacía y en su auxilio acuden hijos y nietos de antiguos habitantes del lugar, que rejuvenecen la tradición y la renuevan. 

Las botargas y las mascaritas de Almiruete, de momento, han conseguido el objetivo primitivo de estos ritos ancestrales: que la vida resucite cada invierno en las frías calles de una aldea condenada irremediablemente a desaparecer. El oso y el domador, otros personajes insólitos de la representación ritual de Almiruete, este año no hicieron su aparición, como queriendo decir algo. De algunas chimeneas del pueblo vi salir humo y se adivinaba un confort hogareño en el interior. Los cencerros de las botargas resonaban por las sierras y valles vecinos, indicando probablemente un final de etapa que ni siquiera la magia sincera de las máscaras forjadas con hierba, musgo y cornamenta podrán evitar. 

Máscara de botarga con el campanario románico de Almiruete al fondo.

Las botargas hacen sonar sus cencerros a lo largo de todo el recorrido.

✒ Otras fiestas populares españolas que hemos visitado (sin incluir las de Los Pedroches):
👉La danza de las espadas de Obejo (Córdoba)
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La danza de las espadas de Obejo

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El 'patatú' de Obejo, ayer [Fotos: Solienses]. 

En nuestra búsqueda de fiestas populares españolas que mantienen todavía rituales antiguos sin demasiadas alteraciones, aquellas que han sabido conservar el sabor intenso de la tradición, llegamos ayer a Obejo. Este pueblo de la Sierra Morena cordobesa no pertenece actualmente a Los Pedroches, pero históricamente ha mantenido con nuestra comarca unos lazos de relaciones económicas, administrativas y emocionales que lo hacen muy cercano a la mentalidad y cultura de nuestra tierra. Su aislamiento geográfico ha permitido también la pervivencia sin excesivas adulteraciones de ritos ancestrales de origen desconocido, como la Danza de las Espadas. 

Esta tradición (que ha sido exhaustivamente estudiada por Eulogio R. Quintanilla) se practica tres veces al año: el domingo más próximo al 17 de Enero (San Antón), el domingo más próximo al 24 de Marzo (San Benito) y el segundo sábado de Julio, con motivo de la feria. La danza, también llamada Baile de Bachimachía, simboliza, según algunos investigadores, el arte guerrero de los pueblos íberos y es la tradición más arraigada de Obejo, en la cual intervienen 32 hombres y el maestro. El momento más significativo del baile es conocido como 'patatú', en el cual los danzantes simulan ahorcar al maestro de danza utilizando para ello sus espadas de hierro, dispuestas unas contra otras, quedando la cabeza del maestro apresada entre todas ellas. La danza lleva un repetitivo acompañamiento musical, un alegre y pegadizo pasacalle que se repite continuamente, ejecutado por un pequeño grupo de músicos que tocan el acordeón, el laúd y la pandereta.

La fiesta de San Antonio Abad o San Antón, que se celebró ayer en Obejo, incluye misa mayor en la iglesia parroquial dedicada al santo y bendición de los animales a las puertas del templo. Luego se desarrolla la procesión, con la imagen del santo adornada con ramas de olivo y portada por mujeres, mientras que los danzantes (todos hombres, incluyendo numerosos jóvenes, que garantizan la continuidad del rito) encabezando el desfile por las calles del pueblo. Finalmente, en la plaza hubo degustación de migas, concursos y juegos populares.

Llegar a Obejo por cualquiera de sus carreteras de acceso supone una emocionante aventura. Los paisajes que rodean al pueblo expresan una belleza espectacular, aunque para ello deba pagarse el tributo de unas carreteras serpenteantes que en un primer vistazo pudieran disuadir de su abordaje. La recompensa consiste en poder asistir a una fiesta tradicional sin las masas del turismo rural que todo lo transforman e imbuirse en un ambiente festivo lleno de herencia y autenticidad.

Danza de las espadas en la puerta de la iglesia de Obejo.

Evolución de la danza por las calles del pueblo.

Los músicos y la imagen de San Antón detrás, durante la procesión.

Los danzantes desfilando por una de las calles del pueblo.  
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El juego de las caras de Calzada de Calatrava

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El "baratero" muestra las dos monedas antes de lanzarlas al aire, esta mañana [Todas las fotos: Solienses].

Las fiestas tradicionales populares, ya lo hemos dicho en otras ocasiones, son el ejemplo más clamoroso de cómo los rituales ancestrales de carácter pagano hubieron de revestirse de ropaje religioso para poder sobrevivir y no desaparecer víctimas de prohibiciones por parte de las jerarquías eclesiásticas y, muchas veces, también de las civiles. En Solienses hemos dado cuenta de algunas de estas prácticas atávicas, en su mayoría de origen agrícola y, en general, relacionadas con la exaltación y provisión de la naturaleza, como el Jarramplas de Piornal (Cáceres) o las Octavas del Corpus de Peñalsordo (Badajoz) y Valverde de los Arroyos (Guadalajara), por citar algunas.Este año, en nuestro recorrido por las ceremonias más singulares de la Semana Santa española (véanse los picaos de San Vicente de la Sonrierra, los empalaos de Valverde de la Vera o las capas pardas de Bercianos de Aliste) hemos llegado al juego de las caras en Calzada de Calatrava (Ciudad Real), donde el encubrimiento de un ceremonial pagano bajo una excusa religiosa para garantizar su supervivencia alcanza cotas excepcionales.
 
Uno de los corros del juego de las caras en la Plaza de España.

El juego de las caras, documentado desde el siglo XIX y declarado Fiesta de Interés Turístico Regional desde 1993, se celebra el Viernes Santo en las horas que van desde la finalización de la procesión de Jesús Nazareno hasta el comienzo de las funciones del Santo Entierro (entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde, aproximadamente) y forma parte de la Ruta de la Pasión Calatrava. Se trata de un juego de azar con dinero (con grandes sumas, en algunas partidas) desarrollado alrededor de unos círculos pintados en el suelo donde cualquiera de los asistentes puede apostar: el apostante deja en suelo la cantidad que quiera jugar y "la banca" la iguala. También se realizan apuestas particulares entre participantes. A continuación se tiran al aire dos monedas (según la tradición, de cobre de Alfonso XII): si salen caras, gana la banca, que se lleva todo el dinero que haya en el suelo; si son cruces, los apostantes, que ven doblada su apuesta; si sale cara y cruz, se vuelve a tirar. Se trata de un juego legal que solo está autorizado a realizarse en esta fecha.
 
La banca iguala las apuestas en el Casino de Calzada de Calatrava.

Los corros de juego más populares se encuentran en la plaza de España y han sido previamente subastados al mejor postor por el Ayuntamiento de la localidad (los adjudicatarios ostentarán "la banca"). Allí se reúnen cientos de personas en torno a las diferentes partidas con apuestas más bien modestas, entre 20 y 50 euros por lo general. Algunos establecimientos de ocio y restauración cuentan con su propio círculo para el juego en la calle de su local, que también debe ser solicitado al Ayuntamiento. Pero el gran espectáculo dinerario tiene lugar en el edificio del Círculo Agrícola, conocido en la localidad como el Casino. Allí, en dos salones diferentes, se constituyen dos partidas de caras donde las apuestas individuales se cuentan por cientos de euros. En cada partida pueden jugarse en total varios miles de euros. En general, no se observa fanatismo en el juego, ni siquiera cuando se apuestan grandes cantidades, sino que se vive en el pueblo realmente como una tradición identitaria, a pesar de sus evidentes riesgos. La población de la localidad (3.727 habitantes) se cuadruplica con tal motivo, por lo que es mejor acercarse a ella a primeras horas, cuando todavía no han llegado los forasteros y antes de que todo se convierta, como ocurre actualmente con todas las fiestas populares, en un inmenso botellón. 

¿Y qué tiene todo esto que ver con la Semana Santa? Aquí es donde entra la habilidad y pericia de los vecinos en el mantenimiento de su herencia cultural de carácter pagano. Según la tradición, el juego simboliza el momento en el que los soldados romanos se juegan a los dados la túnica de Jesús por unas monedas antes de ser crucificado o bien se refiere a las treinta monedas por las que Judas vendió a Cristo. No me digan que no está la cosa bien hilada y, al mismo tiempo, no resulta absolutamente disparatada la argumentación justificativa para enmascarar un ritual a todas luces meramente lúdico y convertirlo poco menos que en un acto litúrgico. Pero el caso es que con esos alfileres evangélicos se ha mantenido el rito libre de prohibiciones incluso en épocas muy restrictivas y recientemente se le ha concedido el estatuto de "especial protección", al tiempo que se ha iniciado el expediente para su declaración como Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial. 
 
La banca recoge el dinero del suelo tras ganar la apuesta.

Monedas lanzadas al aire en un corro de la Plaza de España.

Apuestas en el suelo en un corro del Casino.
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La Octava del Corpus de Valverde de los Arroyos

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Danzantes de la Octava del Corpus de Valverde de los Arroyos en las eras (a la derecha, el personaje llamado Botarga) [Fotos: Solienses].

Valverde de los Arroyos es un pequeñísimo pueblo (91 habitantes en 2023) de la Serranía de Guadalajara, en la ruta de los pueblos negros. Situada a unos 75 kilómetros al norte de la capital de la provincia, es uno de esos lugares a los que tienes que ir expresamente, puesto que nunca pasarás por allí yendo a ningún otro sitio (de hecho, la carretera termina en el propio pueblo). Se encuentra dentro del Parque Natural Sierra Norte de Guadalajara, rodeado de montañas y paisajes asombrosos, aislado del mundo y su evolución. Su llamativa arquitectura autóctona se basa en el uso de la piedra gneis y de la pizarra oscura en los tejados. En el centro del pueblo se ubica su plaza Mayor, donde luce una pintoresca fuente de piedra y la iglesia de San Ildefonso.

Este aislamiento geográfico, como hemos comentado en otras ocasiones, ha ayudado a mantener inmutable durante siglos la fiesta de la Octava del Corpus, en la que se practican ancestrales danzas rituales. En la celebración participan ocho danzantes vestidos con ropas de gran colorido y unos vistosos sombreros florales, junto al gaitero y el botarga, que dirige toda la actuación. Tras la misa y procesión, se desplazan todos a las eras, un escenario natural sobrecogedor donde se ejecuta la Danza de la Cruz al son de las castañuelas. Luego, otra vez en el pueblo, se procede a la subasta de las rosquillas del Ramo y se practican otras dos danzas, llamadas de Los Molinos y El Cordón.

Ese aislamiento geográfico del que hablamos facilita que la fiesta pueda todavía contemplarse sin grandes aglomeraciones. De hecho, la mayoría de los que acuden son emigrados o descendientes de antiguos moradores, que sienten todavía la llamada de los ritos propios de identificación comunal, con un sentido cívico muy por encima del estrictamente religioso. Sorprende que en tan poca población aún se mantengan todas las figuras necesarias para el cumplimiento completo del ritual, tan complejo, y parece que, de momento, no falta relevo generacional. Son estos pecios de la España profunda que algunos contemplan con cierta suficiencia y arrogancia, como mirándolos despreciativamente desde arriba, pobre gente iletrada aferrada a comportamientos caducos ajenos a una sociedad civilizada, dicen. Y, sin embargo, son estos rituales de legitimidad atávica los que nos atan al territorio y permiten que, a pesar de todo, cierta verdad inmutable continúe presente en nuestras vidas.

Realicé mi visita el año pasado (2023) y a ese momento corresponden estas imágenes. Mañana domingo todo volverá a repetirse.

Detalle del gorro de dos danzantes.

Los danzantes acompañan la procesión de la custodia por las calles del pueblo.

Danza de paloteo llamada de Los Molinos.

Subasta de las rosquillas.

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La fiesta de la Octava del Corpus en Peñalsordo

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Jóvenes de la cofradía ataviados con la indumentaria tradicional, esta mañana [Fotos: Solienses].

"Pues es lo único que hace en todo el año", replicó con sorna el dueño de un burro ataviado según la tradición y que parecía no tener fuerzas ya para subir la empinada cuesta de la calle Chamizo. Y seguramente es así. Una veintena de borricos han participado esta mañana en la tradicional celebración de la Octava del Corpus de Peñalsordo (Badajoz), otro de esos tesoros del patrimonio festivo inmaterial que tenemos aquí tan cerca y, sin embargo, tan lejos. Y lo primero que sorprende es que existan todavía tantos asnos en un solo pueblo, habida cuenta de que la funcionalidad práctica del animal, imprescindible en otro tiempo, ha desaparecido por completo hoy día. Luego, las sorpresas no cesarían en toda la jornada.

La celebración de la Octava del Corpus de Peñalsordo pertenece a ese censo exclusivo de manifestaciones festivas tradicionales que mantienen todavía la esencia ancestral de sus orígenes y que se mantienen por el empeño identitario de sus vecinos, ajeno todavía a los reclamos de la globalización y del turismo rural, y también gracias al aislamiento geográfico de la localidad, que en este caso actúa como circunstancia favorable. Desde Los Pedroches, Peñalsordo está a menos de una hora, pero en nuestra mentalidad nos parece que la localidad pacense pertenece a una realidad geográfica lejana y ajena. El pueblo, sin embargo, se encuentra lindando nuestra comarca, muy cerca del punto exacto donde confluyen las comunidades de Extremadura, Andalucía y Castilla-La Mancha.

La fiesta de la Octava del Corpus, a la que he asistido hoy tras muchos años de aplazamientos, guarda semejanzas con otras celebraciones similares que he conocido en años anteriores (como el Corpus de Camuñas (Toledo) o las danzas de la Octava de Valverde de los Arroyos (Guadalajara), que visité el año pasado y de las que daré cuenta la semana próxima). Se trata en este caso, sin embargo, de la representación simbólica de un hecho histórico fundacional de la localidad: la toma del castillo de Capilla a los musulmanes por parte de los cristianos. El general al mando prometió fundar una cofradía si lo conseguía y para ello, además de encomendarse al Santísimo, ordenó recoger todos los carneros de la comarca, quitarles los cencerros y colocar en sus cuernos bengalas encendidas. El enemigo, al ver esas luces en la noche, pensó que era un ejército inmenso y salió huyendo. 

La comitiva durante el recorrido por las calles del pueblo.

Esta mañana temprano el Sargento y tamborilero de la cofradía, con su indumentaria tradicional, han recorrido por todo el pueblo los domicilios de los hermanos que se encuentran, con la ayuda de sus familiares, enjaezando los burros que montarán más tarde. Todos se han reunido luego en la plaza del Ayuntamiento y de aquí ha salido toda la comitiva a recorrer de nuevo las calles de la localidad, teniendo como puntos de especial significación ritual la carrera de monturas en la empìnada calle Corpus Cristi y, sobre todo, las danzas y carreras en Cacho Jesa (Dehesa), actual recinto ferial. Aquí intervienen también las vaquillas (simuladas) contra los hermanos y concurrentes, asustadas cuando oyen las salvas de escopeta que disparan los hermanos.
 
Carrera de monturas por la calle Corpus Cristi.

Luego, todos juntos se dirigen a la iglesia para celebrar la misa y la procesión con la custodia (durante la procesión, dos hermanos simulan ser los dos ancianos que permanecieron en el castillo tras la huida de los musulmanes; desfilan delante de la custodia tocando una especie de castañuelas). 

Al finalizar la procesión, llega el momento de mayor explosión emocional. Algunos hermanos jóvenes construyen un castillo humano (símbolo del castillo realmente conquistado) que entra en la iglesia tras la custodia y llega hasta el altar mayor entre sobrecogedores aplausos de los fieles que abarrotan el templo. Es uno de esos momentos en los que uno percibe el sentido profundo de la tradición, el arraigo de la costumbre mantenido durante generaciones y la transmisión de padres a hijos de unas creencias y unos modos de actuación que son propios e intransferibles. Los peñalsordeños se sienten entonces orgullosos de serlo, reafirman su identidad colectiva y sueñan con el día en que uno de sus hijos o nietos sea quien ondee la bandera blanca en la cúspide de la torre humana, porque así lo han vivido y sentido durante generaciones. El castillo humano constituye una manifestación simbólica de que la juventud local conserva el vigor necesario para mantener la supervivencia de la propia localidad, tan amenazada en otros ámbitos (el primero, el demográfico: Peñalsordo apenas cuenta hoy con ochocientos habitantes, cuando a mediados del siglo XX rondaba los cinco mil). Pero mientras los jóvenes peñalsordeños sean capaces de expresarse simbólicamente a través de esta manifestación de fuerza, habilidad y compenetración en los esfuerzos colectivos, el futuro está garantizado.

El momento culmen de la celebración es el castillo humano en el interior de la iglesia.

La celebración de la Octava del Corpus de Peñalsordo solo es comprensible en su estricto contexto histórico y devocional. Como ocurre con la mayoría de las fiestas populares de raigambre ancestral, aunque está anclada a la liturgia eclesiástica, su fundamento es ajeno a la religión y cualquier visitante puede apreciar claramente la mezcla de elementos heterogéneos que conviven forzadamente por rigurosa necesidad. Las coloridas vestimentas tradicionales, las danzas en la jesa, las vaquillas que persiguen simuladamente a los asistentes, los burros enjaezados, el castillo humano... todos son componentes extraños en el ritual jerarquizado de la fiesta convencional del Corpus

Mientras asistía a los bailes rituales de los cofrades en la jesa, una señora de la localidad, sin pretenderlo, me explicó muy gráficamente la situación, la necesidad de convivencia en una sola celebración de componentes tan diversos e incluso contradictorios. "Ahora después, todos se van a la iglesia, para celebrar la misa. Con el cura actual no hay problema, porque espera lo que sea necesario, pero antes tuvimos uno que no respetaba la tradición, y un año comenzó la misa antes de que llegaran los de la hermandad con sus trajes y sus cosas". Quizás aquel fuera un cura ilustrado que quisiera luchar contra la superstición y los ritos populares tan ajenos a la liturgia, como en otras ocasiones ha ocurrido a lo largo de la historia, pero finalmente la propia Iglesia tiene que avenirse y reconocer estas prácticas como propias, acogerlas en su seno, aunque no le gusten, porque son más fuertes que ella misma, aunque nos cueste creerlo. Porque las creencias de la iglesia están basadas en la imposición secular, mientras que los ritos de naturaleza popular nacen espontáneos de la propia esencia humana, de la obligación íntima de plantear preguntas y encontrar respuestas.

El sargento saluda a uno de los cofrades que prepara su montura.

Las viviendas más notables de la localidad se adornan ostensiblemente.

Los cofrades y sus burros se reúnen en la plaza antes del desfile.

La vistosidad de los trajes da mucho colorido a la celebración.

Danzas de los hermanos en Cacho Jesa.

Dos hermanos representan durante la procesión de la custodia las figuras de los dos ancianos que permanecieron en el castillo tras su conquista.

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Jarramplas como explicación

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El Jarramplas acribillado a nabos el pasado viernes en Piornal (Cáceres) [Fotos: Solienses].

A veces, sin buscarlo expresamente, se conjugan por azar las circunstancias para dotar a un hecho ya de por sí cargado de emociones de una intensidad que lo convierte en una experiencia única, de una profundidad inolvidable.


Desde hace algunos años vengo cumpliendo mi propósito de asistir a fiestas populares de raigambre ancestral que se conservan en pueblos remotos de nuestra querida España, fiestas que han sabido (y podido) conservar su espíritu originario y sus rituales primitivos sin la contaminación globalizadora que durante las últimas décadas ha echado a perder muchas otras celebraciones tradicionales de nuestro territorio. De algunas de ellas ya he hablado en Solienses (el Corpus de Camuñas en Toledo, la Semana Santa de Aliste en Zamora, los empalaos de Valverde de la Vera en Cáceres, los picaos de San Vicente de la Sonsierra en La Rioja, etc.), mientras que sobre otras, a las que también asistí, aún no he encontrado el momento para su abordaje (como las danzas de la Octava del Corpus de Valverde de los Arroyos en Guadalajara, a la que acudí el año pasado).


En esta ocasión me he desplazado hasta Piornal (Cáceres), en pleno valle del Jerte, donde, coincidiendo con la festividad de San Sebastián, se celebra la fiesta de Jarramplas. No exagero si digo que constituye la celebración más brutalmente impresionante de cuantas he visto. Se trata de un caso más de tantos en los que una celebración pagana ha terminado asociándose a una festividad religiosa para garantizar así su conservación, aunque se ve claramente que nada tienen que ver una con otra. Por mucho que la liturgia haya querido convertir al Jarramplas en demonio, resulta evidente que nos encontramos ante un ritual de carácter agrario y, sobre todo, de una celebración comunitaria que lleva consigo significados profundos de ritos de paso, renovación generacional, representación social y reforzamiento de los lazos intravecinales frente a otras comunidades cercanas, todo ello como un mecanismo de consolidación de la identidad piornalega y de orgullo vecinal de una comunidad que recoge el legado de sus antepasados y lo transmite a futuras generaciones, con la fuerza contundente de 33 toneladas de nabos.


Todo el pueblo contra el Jarramplas.

La mañana se presentó lloviendo a cántaros y uno se preguntaba si, ante tal meteorología, se mantendría el rito. Luego pude comprobar que los vecinos presumían de que el Jarramplas salía a la calle así lloviera o nevara (lo que tampoco es infrecuente) y que tan solo el covid había conseguido que se quedara en casa. Bajo una lluvia que calaba hasta los huesos, varios centenares de personas persiguieron al Jarramplas lanzándole nabos con una violencia que, en muchos casos, iba más allá de lo exigido por el ritual. Cuando logras meterte dentro de la celebración y empaparte de los sentimientos que la mantienen, se te olvida todo y llegas a sentir ese furor ancestral que justifica la ceremonia. Con dificultad logré tomar algunas imágenes, porque el Jarramplas circula errático, va y viene sin rumbo fijo, los nabos te alcanzan a menos que te descuides, la lluvia cae e impide cualquier toma reposada, ya te olvidas del agua, la cámara en mano bajo la lluvia que no cesa y finalmente mi Canon chorreando, ya muy gastada por el uso, dijo hasta aquí hemos llegado y a duras penas he logrado recuperar de su tarjeta gráfica unas cuantas imágenes movidas pero que, sin embargo, logran transmitir lo violento y emocionante de esta celebración tan brutal y tan exageradamente poética, porque en el exceso y en la crueldad que se percibe reside también la explicación de la propia naturaleza humana: así somos, con toda esa carga de ferocidad y ensañamiento, con toda la intensidad de la agresión al enemigo, al extranjero, al extraño, al raro, al distinto, al otro, hasta que se quita la máscara y entonces lo abrazamos y lo besamos y lo acariciamos porque el peligro ha pasado y quien hasta hace un momento encarnaba un riesgo ahora es ya uno de nosotros, de los nuestros, nosotros mismos y frente al igual no hay nada que temer, más que mimarlo y quererlo hasta que, segundos después, se convierta de nuevo en adversario, en oponente y rival, en amenaza para la comunidad, y entonces, de nuevo, rápidamente, toda la energía destructora caerá otra vez sobre él, buscando su ruina y su aniquilación, porque se trata de un intruso desalmado que solo quiere entorpecer nuestra miserable felicidad.

El Jarramplas, solo ante el peligro.

Lluvia de nabos contra el Jarramplas.

Hay distintas máscaras para cada Jarramplas.

Los mayordomos asisten al Jarramplas en un descanso.
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Los Picaos de San Vicente de la Sonsierra

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El práctico picando a un disciplinante, el pasado jueves.

A veces se corre el riesgo de aproximarnos al análisis de ciertas tradiciones populares desde la frivolidad o la ligereza que nos concede la distancia que nos separa de ellas. Especialmente cuando, como en el caso de Los Picaos de San Vicente de la Sonsierra (La Rioja), el rito contiene elementos esenciales que nos provocan cierta repulsión observados desde la sensibilidad aséptica y descomprometida de la sociedad contemporánea. La violencia implícita en la celebración, que no es aquí solo de carácter simbólico, sino real, produce un rechazo inicial que nos impedirá comprender cabalmente los contenidos profundos de la vivencia si no somos capaces de traspasar el escalón abismal que separa el pasado del presente en la configuración de las mentalidades sociales.


VÍDEO: Los Picaos de San Vicente de la Sonsierra (Jueves Santo 2015).

Los Picaos constituye una manifestación religiosa ligada a la Cofradía de la Santa Veracruz de San Vicente, la única supervivencia en España de las antiguas flagelaciones públicas forzadas por la regla de la hermandad. Los disciplinantes de esta localidad riojana, acompañados siempre por un hermano de la cofradía, que les servirá de "guía, ayuda, consejo y protección", afrontan este castigo como un acto de penitencia y entrega espiritual solo comprendido desde la fe. Vestidos con el hábito blanco, acuden a la procesión, se arrodillan ante el paso al que se haya hecho la ofrenda, rezan una oración y, al ponerse en pie, el acompañante les retira la capa de los hombros y les abre la abertura de la espalda. El disciplinante coge la madeja de algodón por la empuñadura con las dos manos y, balanceándola entre las piernas, se golpea la espalda por encima del hombro alternativamente, a izquierda y derecha, durante un tiempo variable en torno a 20 minutos y entre 800 y 1.000 golpes, hasta que el acompañante y el práctico decidan cuándo es el momento de ser pinchado. Llegado este momento, se inclina y coloca la cabeza entre las piernas del práctico, que le golpeará levemente tres veces cada lado de la espalda, en la zona lumbar, con unos cristales insertos en una bola de cera, para que broten unas gotas de sangre que evite molestias posteriores. Finalizada la penitencia, disciplinante y acompañante vuelven a la sede de la cofradía donde el practicante le lavará y curará las pequeñas heridas con agua de romero.


Disciplinante en la procesión del Jueves Santo.

Uno, después de haber leído la estructura del ritual, se acerca a esta celebración con el escepticismo del pagano, pretendiendo asistir a un residuo bárbaro de esencialismo ancestral. Como en otras fiestas de carácter singular a las que hemos asistido, en los picaos de San Vicente conviven dos planos simbólicos totalmente irreconciliables: el de quienes participan en el rito desde la vivencia personal transmitida durante generaciones y el de quien se acerca como espectador de una representación contemplada con la indulgencia distante del que se siente superior. Como en otras celebraciones residuales que hemos compartido, el desarrollo de la procesión se convierte en un festival de flashes y carreras por tomar las mejores imágenes, todo lo cual descontextualiza severamente una tradición que hunde sus raíces en el siglo XVI e impide la más mínima integración del visitante en la fiesta.

El disciplinante desarrolla su flagelación aislado por el anacronismo de una decisión que no admite explicaciones racionales, las que exige angustiado el visitante, y se desliza por la pasarela del bullicio externo con la soledad interior del que tiene una misión que cumplir y la lleva a cabo, ajeno a cualquier entorno que distraiga y comprometido tan solo consigo mismo y su deseo de trascendencia. El dolor será siempre personal e intransferible, libre por tanto de recriminaciones morales, y no necesita de la aquiescencia del que observa y tal vez juzga, en su afán inútil por entender. Está un hombre desnudo frente a la inmensidad de su propio universo, que afronta un destino que no puede eludir y triunfa, y a su lado otro hombre desconcertado y ansioso, que solo quiere comprender y no puede.


Varios disciplinantes antes de comenzar su flagelación.

Serie: Fiestas populares españolas

1. El Corpus de Camuñas (Toledo).
2. La procesión de las capas pardas de Bercianos de Aliste (Zamora).
3. Los "empalaos" de Valverde de La Vera (Cáceres).
4. Los picaos de San Vicente de la Sonsierra (La Rioja).
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Los "empalaos" de Valverde de La Vera

SERIE FIESTAS POPULARES SINGULARES ESPAÑOLAS


"Empalao" de Valverde de la Vera, el pasado jueves.

A veces uno siente la necesidad de huir buscando algo de autenticidad. Uno siente estupor ante el desfile de vanidades en que se ha convertido la Semana Santa en nuestros pueblos, casi todo apariencia e impostura, y a eso algunos, que te miran desde arriba, lo llaman fe. ¿Habrán leído el mensaje revolucionario de Jesús quienes confían todo su poder de transformación al dorado fulgente de unas andas o al temblor de unos costosos varales de plata? Hace tres años, con toda la sinceridad del respeto, decidí vivir la experiencia de sentirme nazareno y participé, escondido bajo túnica y capirote, en la procesión de Martes Santo de una capital de provincia castellana que la tiene declarada de Interés Turístico Nacional. Callaré ahora los sentimientos y emociones que me produjo aquel recorrido ensimismado que duró siete horas, pero lo experimentado me concede el privilegio de hablar desde la gravedad de haber conocido desde dentro las interioridades cofrades y desvelar, si menester fuera, la hipocresía devocional de tantos participantes de escaparate, su desconocimiento absoluto del júbilo de la buena noticia y su banal inclinación pasionista tan solo cegados por el brillo de las púrpuras, el éxtasis estético y la borrachera de sensaciones catárticas que supone un ritual de reminiscencias báquicas. Y puedo jurar que auténtica fe vi poca. Y piedad, menos.

En cambio, la noche del pasado Jueves Santo sentí encenderse mi piel y respirar fuego en cada poro ante la colosal muestra de angustiosa creencia que transmite el ritual de “los empalaos” en Valverde de la Vera (Cáceres), una de esas cada vez más escasas muestras de autenticidad en las costumbres ancestrales de los pueblos de España que no pueden verse sin sentir el escalofrío de la historia y la cultura de las gentes en su más genuina crudeza.


El empalao se arrodilla ante cada estación del Via Crucis.

El rito de los empalaos responde a una promesa por el cumplimiento de un favor divino. El empalao camina descalzo en la noche del Jueves Santo llevando sobre sus hombros un timón de arado sujeto por una soga de esparto que le envuelve el torso y los brazos desnudos. Una enagua blanca le cubre de cintura para abajo, de la mitad de sus brazos penden un par de vilortas, con tres aros cada una, y una toga, símbolo del Crucificado. Cubre su rostro un velo blanco que sujeta con una corona de espinas, sobresaliendo por encima de la cabeza dos espadas cruzadas sujetas en la espalda. Le acompaña en todo momento el Cirineo, que se oculta bajo una manta y le alumbra el paso con un farolillo. El recorrido de cada empalao transcurre en silencio, acompañado por familiares o amigos. En cada estación del Vía Crucis todos se arrodillan y oran en silencio. Cuando se cruza con otro empalao, ambos se arrodillan también. La tradición de los empalaos fue declarada de Interés Turístico Nacional en 1980.

Ya en otras ocasiones he señalado la distorsión que para los rituales tradicionales supone la presencia masiva de espectadores no implicados devocionalmente en su desarrollo. La asistencia masiva de visitantes foráneos en busca de rituales ancestrales los convierte externamente en mero espectáculo sin más pretensión que la búsqueda de buenas imágenes para compartir en las redes sociales. Cientos de personas abarrotan calles y plazas desvirtuando el sentido íntimo y personal de la celebración, al resultar imposible, por su propia naturaleza, la plena integración de los visitantes con la ceremonia devocional de entrega y sacrificio personal. En el plano externo, por tanto, la “fiesta” de interés turístico se convierte en mero espectáculo que el visitante masivo observa con el desapego del mero espectador ajeno a lo que allí ocurre e incapaz de empatizar con una costumbre en apariencia tan bárbara.

En el plano interno, sin embargo, la pureza del ritual se ha mantenido de forma milagrosa. Por increíble que pudiera parecer, el empalao desarrolla su actividad completamente ajeno a lo que ocurre a su alrededor, aislado de las decenas de flashes que estallan a su paso, de las carreras por ocupar un buen sitio que permita los mejores planos, de las quejas por quien se cruza inesperadamente y arruina una buena toma. El empalao vive su penitencia con la austeridad secular de quien tiene algo que cumplir y lo cumple, y la adulteración de la celebración no alcanza a su parte íntima, porque el empalo cumple escrupulosamente su papel, sin alterarse por el anacrónico entorno que le rodea.


El empalao avanza entre la multitud.

Como en otras fiestas, el rito de los empalaos tiene una parte de exposición pública y otra de intimidad local. Cuando la noche alcanza cierta hora, la masa de turistas se retira y las calles del pueblo recuperan entonces una dignidad que impresiona. El tintineo de las vilortas, antes imperceptible, se convierte ahora en aviso inmaculado de una presencia que te retrotrae varios siglos en el tiempo y te sumerge en las tinieblas de la duda y la reflexión más que pudieran hacerlo cien levantás. Cuando en la oscuridad cerrada aparece presuroso el empalao flanqueado por la soledad de la noche, cuando se arrodilla frente a las estaciones del via crucis, cuando sientes su esfuerzo y su dolor, cuando caminas tras él y escuchas el rumor de sus pies desnudos y el pálpito de su corazón, entonces comprendes este acto íntimo de entrega y sacrificio personal que, aunque nunca podrías explicarlo con palabras, entiendes que obedece, este sí, al impulso profundo y sincero de la fe.


VÍDEO: Los empalaos de Valverde de la Vera (2014).


Plaza principal de Valverde de la Vera.


Un familiar cubierto con una manta acompaña siempre al empalao.


Un empalao camina descalzo por las calles de Valverde de la Vera.


El rito de los empalaos parece sacado de otro tiempo.

Serie: Fiestas populares españolas

1. El Corpus de Camuñas (Toledo).
2. La procesión de las capas pardas de Bercianos de Aliste (Zamora).
3. Los "empalaos" de Valverde de La Vera (Cáceres).