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María Pizarro al frente en la dehesa

Concha García, Juana Castro y María Pizarro durante la presentación del libro [Fotos: Sergio C. Pérez]. 

El viernes 19 de junio se presentó en Córdoba el nuevo poemario de María PizarroPatio de luz. El lugar elegido para el acto no podía responder mejor al título del libro: el patio del número 11 de la Plaza de las Tazas, un jardín exótico en plena Axerquía con bambú y papiros, con el drago y la gigantesca buganvilla, cuidado con esmero por su propietaria en una antigua casa de vecinos del siglo XIX. Y las personas que protagonizaron el encuentro no podían desprender más luz: las poetas Juana Castro y Concha García acompañaron a la autora.

"La poesía de María Pizarro camina desde la muerte a la resurrección" -escribe Juana Castro en el prólogo al libro-. "Escribir, para ella, es resistir, y esa consigna podría ser la constante de su poética. Cuando un poeta, una poeta, habla de resistir está precisándonos la búsqueda de un refugio, de una tienda donde habitar, de un lugar donde permanecer y gozar produciendo frutos: del yo al otro, a la otra. Del yo a nosotros. Está intentando hacer el milagro de mostrarnos que un poema puede ser también un espacio participativo, aireado, una habitación que no es “propia” sino común. Y entonces esa memoria que todos hemos ido desarrollando nos une y unifica por un momento", concluye Juana.

Con Patio de luz María Pizarro firma quizás su obra más madura, llena de pesar y melancolía. El libro está dividido en cuatro partes dedicadas sucesivamente al hogar y sus recuerdos, a la guerra, a la muerte y la tristeza, a la amistad y la propia poesía. A través de sus 29 poemas la poeta "reflexiona sobre la soledad unida a la tristeza, el tiempo, la sociedad, el error de las guerras, la casa, el hogar, la amistad entre poetas. Pero, sobre todo, indaga en el poder salvador de la palabra", sintetiza Juana.

Los Pedroches no están ausentes (diría más: están continuamente presentes) en los versos de la poeta de Conquista. Hay un conmovedor poema donde se ensalza el valor de la palabra en los pactos de la gente del campo, en cuyos ritmos nos reconocemos:

LA PALABRA EN EL CAMPO

Cuando en el campo
se da la palabra,
se aprietan los dedos marcados
con verdugos de ortigas.
Las espinas se palpan en las manos,
y las rojizas heridas del invierno
son un idioma verdadero;
como la siembra se hermana
con la pulsión del corazón.
El hambre y el respeto
no pertenecen al lenguaje.

Hay poemas en los que se dialoga con las golondrinas, con los vencejos, poemas sobre el tiempo que no pasa en esas viviendas de nuestros pueblos cubiertas de musgo y abandono, y el abrazo de hermandad entre las dos poetas con un dolor compartido al final del libro:

¡Ay, Juana, ni siquiera podamos mirar
al frente en la dehesa!
Y cada canto, cada piedra, cada esquirla,
un corazón frente a la nada
deslumbrado por las lágrimas.
Porque con fe o sin fe fuimos mujeres
que con dolor parimos y creamos.

Los poemas de Patio de luz vienen acompañados por otras tantas ilustraciones debidas a la pintora homónima María Pizarro, una feliz coincidencia onomástica que subraya la similitud expresiva de la dos artes, pues, como señala Elías Santos en sus palabras preliminares, "la poesía y la ilustración parten ambas de marcas abstractas en un papel, que de repente adquieren significados". Desentrañar tales significados, añado yo, es la ardua tarea del lector: entregarse al misterio inmenso de la creación artística y salir de ella renovado tras un enfrentamiento revelador con la imagen y la palabra. De la experiencia, siempre iniciática, saldremos más sabios, más tristes, mejores.
 
María lee sus poemas durante el acto.

Patio de la Plaza de las Tazas, donde tuvo lugar la presentación.

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