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El Brujo y la complacencia

Rafael Álvarez El Brujo, anoche en Dos Torres [Foto: Ayuntamiento] 

Le llamaban Amperio y era el encargado de proyectar las películas en el cine de su pueblo. Era un desastre en muchos aspectos y también en este. Desde la cabina, solía entretenerse en mezclar trozos de cintas de varias películas y proyectarlas como si fuera una sola. Una vez mezcló Romeo y Julieta con King Kong. "Lo más que me ha gustado del drama de Shakespeare ha sido el gorila", decían algunos al salir.

La anécdota la contó anoche Rafael Álvarez el Brujo en el Centro Cultural 2T de Dos Torres, con un lleno completo en el auditorio, de esos reservados a las grandes estrellas. El actor presentaba su espectáculo "Cómico", que resultó ser un cosido de fragmentos de varios espectáculos suyos, al modo en que los cortaba y pegaba Amperio en el cine de su pueblo. Allí estaban los versos del San Juan de la Cruz de La luz oscura; la Santa Teresa de El sol por dentro;  el elogio a la pobreza del San Francisco, juglar de Dios; o los poemas del Siglo de Oro de Con los pies en el suelo. "Tengo tal lío de obras en mi cabeza que no sé la que me toca representar en cada sitio. Cuando llego al teatro y el director me pregunta ¿qué obra traes?, yo siempre le digo, para no equivocarme: ¡la última!", reconoció él mismo durante su actuación. Y el público se reía a carcajadas.

La cosa funciona cuando asistes deslumbrado la primera vez y la segunda y hasta la quinta. La capacidad de improvisación del artista, su humor natural y su sabiduría escénica lo encumbran en cada actuación, aunque repita el mismo espectáculo, porque nunca será el mismo del todo. Pero llega un punto, digamos, en que el espectador exigente necesita algo más. Anoche Rafael Álvarez El Brujo bordó su actuación desde el punto de vista actoral y de tensión teatral, mezcló las Gracias y desgracias del ojo del culo de Quevedo con el soneto del "Amor más allá de la muerte", combinó disquisiciones jocosas sobre la validez de los clásicos con anécdotas personales y familiares (verdaderas o inventadas) y hasta con temas de actualidad política y social, sin olvidarse nunca de los místicos. Todo ello con virtuosismo declamatorio y gran dominio del escenario y, sobre todo, con una capacidad prodigiosa de enlazar recortes fundamentada en una memoria envidiable, al modo de los antiguos juglares medievales, de los aedos de la Grecia clásica. Frente a esas armas cualquiera resulta vencido, aunque observe a lo lejos un punto de complacencia de quien se sabe dueño y señor de un género que lleva su nombre. Pero la complacencia es enemiga de la exigencia y de la evolución. 

Y llega un punto, digo, en que el espectador exigente buscaría un espectáculo que se parezca más a los soliloquios de Darío Fo que a los monologuistas del Club de la comedia, una cierta unidad de composición, una obra algo más compacta y elaborada no entregada del todo al azar selectivo de un repertorio variopinto asentado en una impresionante experiencia tras décadas de profesión. Alguna innovación que diferenciara esta actuación de la vista hace diecisiete años en Torrecampo, por poner un ejemplo. "A mí me han contratado para esto", diría El Brujo con toda razón. Pero algunos espectadores anoche hubiéramos preferido ver completa la película de King Kong que las mezcolanzas indescriptibles del maquinista Amperio.

2 comentarios :

Anónimo | domingo, julio 19, 2026 1:40:00 p. m.

Bien "picao, bien picao"
El Búfalo

Anónimo | domingo, julio 19, 2026 3:07:00 p. m.

Él sabe dónde y para qué publico actúa. El auditorio se llenó y él cumplió. Todo lo demás es buscarle los tres pies al gato. Estás en tu web y puedes hacerlo libremente.

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