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Retirado de su emplazamiento un mojón histórico delimitador de términos

Mojón delimitador del término (izquierda) y el mismo lugar en la actualidad [Fotos: Solienses].

En estas largas jornadas de verano agrada salir, llegado el atardecer, a dar un paseo por los alrededores del pueblo. Las puestas de sol resultan espectaculares y nada tienen que envidiar a las del castillo de Oia o Cabo Sunión, que también las he visto. Al deambular por los caminos secos de nuestra tierra uno imagina, sin embargo, encontrarse en las dulces colinas de la Toscana, también amarilla en el Ferragosto italiano. Hay una dulce melancolía cuando los últimos rayos de sol te sorprenden en la cuesta de los Chinatos, en las ondulaciones del Chorrillo o en las rugosidades de la Peña, que son los parajes que más frecuento, por lo general, en absoluta soledad. A veces puedo caminar durante varios kilómetros sin cruzarme con nadie. Hay zonas colonizadas por los conejos, que campan a sus anchas. Al pasar por Las Viñas me vienen a la memoria algunas vivencias infantiles de barcino y parva, mientras en el horizonte lejano dispara el rayo verde.

Hace unos días anduve por el camino alto de Añora a Dos Torres, que transcurre paralelo a la carretera, pero a la suficiente distancia como para que no alcance el ruido de los automóviles. Me acordé entonces de que por allí estaba uno de los hitos terminales del deslinde entre estos dos municipios y quise localizarlo: ese afán por registrar los vaivenes de la historia y sus posibles ausencias. El mojón de la Huerta de Gilito marca un quiebro de noventa grados entre la línea recta que viene de la Zarza, junto al arroyo Batanero, y la que conduce por el camino citado hasta El Ventorro, hoy gasolinera. Allí los ingenieros que en 1910 señalaron la delimitación colocaron un pequeño poste de granito con una cruz grabada, que señalaba el término: a este lado Añora, al otro Dos Torres, esas convenciones tan humanas.

Al pasar por el lugar, sin embargo, enseguida advertí que el mojón delimitador había desaparecido. Situado en la linde entre dos fincas, aunque colocado en el camino, en terreno público, lo fotografié por última vez en enero del año pasado. Ahora, el dueño de uno de los terrenos ha sustituido la precaria pared heredada de los siglos por una imponente malla de acero galvanizado, y en el trasteo de las obras la pequeña piedra con su cruz incisa se ha retirado del lugar que ocupaba desde hace 116 años, me pregunto si intencionadamente o por ignorancia. También me pregunto si el mojón delimitador del término, una piedra sin valor material pero de alto interés histórico y simbólico, habrá pasado a formar parte de los cimientos de cualquiera de los postes que sujetan la estructura, o estará tirada allí en el campo, en cualquier lugar, ajeno a su verdadera importancia, o si, por cualquier milagro del destino, el dueño de la finca lo habrá recogido, consciente o no de su significado, y lo mantendrá a salvo de la destrucción. 

En este último improbable caso, yo le rogaría humildemente al propietario que entregara tan representativa pieza al Ayuntamiento de Añora, y a este, que procediera a catalogarla como pieza histórica en el Museo Etnológico de Añora, con una cartela que explicara su procedencia y su significado. Como ya dije en mi artículo sobre estas cruces delimitadoras, su función como marcador jurisdiccional ya ha caducado, al existir otros métodos georreferenciales que permiten una mayor precisión. Pero su valor histórico se mantiene y convendría que las autoridades culturales locales indagaran (creo que no lo tendrían difícil) sobre el paradero de un elemento material tan señero para la historia de Añora (y de Dos Torres). 

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