La ruta del exilio/ 2. Borrando silenciosamente la memoria
Roca sobre la que se encontraba el Monumento al Exilio de La Vajol [Foto: Solienses].
Fotografía original y escultura de La Vajol, ahora desaparecida.
La escultura constituía uno de los atractivos principales de la ruta del exilio en La Jonquera. Y hablo en pasado porque esta misma mañana hemos podido comprobar que la escultura ha desaparecido de su ubicación original. He buscado en internet y no he encontrado ninguna referencia a su desmantelamiento, ni noticia de su retirada por remodelación del espacio ni cualquier otra circunstancia. El lugar donde se encontraba denota un largo abandono, sin indicaciones que facilitaran su visita. Situación similar a la de todos los demás testimonios del exilio republicano en la zona: abandonados, llenos de suciedad y sin señalización adecuada. Perdidas entre la maleza y sin que puedan visitarse están Can Barris, una gran casa donde se alojó el presidente de la República Española, Manuel Azaña, justo antes de partir hacia el exilio, o la llamada Mina de Negrín, donde el presidente del gobierno de la República mandó guardar una remesa de obras de arte del Museo del Prado para protegerlas de los bombardeos franquistas. Son lugares muy significativos de la historia reciente de España que están desapareciendo (intencionadamente) sin hacer ruido, sin que nadie levante una voz alertando del peligro de la desmemoria y del olvido. Como si se quisieran borrar sin que se note: que amaneciéramos un día y hubieran desaparecido sin dejar huella, como si nunca hubieran existido.
Ya la visita por la mañana al Museo del Exilio de La Jonquera resultó decepcionante. El discurso museístico catalanista consigue opacar la auténtica dimensión humana del desastre bélico que significó la Guerra civil española. Un fenómeno tan grandioso como el exilio republicano español (que afectó a medio millón de personas) es ofrecido como una peripecia histórica regional, lo que dificulta su cabal comprensión como catástrofe humanitaria de escala universal.
Lo más emocionante de todo el recorrido resultan ser dos espacios de ausencias. Los pasos fronterizos de Coll de Manrella y de Coll de Lli, en plenos Pirineos, logran transmitir, en su desnudez, la crueldad del destierro y contagian de modo muy gráfico la idea de la frontera geográfica como separación de realidades políticas, como umbrales a un lado de los cuales aguarda la represión y la muerte y al otro la libertad. Son lugares sencillos: llegas a ellos y no hay nada, tan solo un sendero y la indicación de que al otro lado está Francia y te imaginas entonces lo que debieron sentir al subir allí los miles de personas que huían buscando, sencillamente, sobrevivir.
Paso fronterizo de Coll de Llil, por el que pasaron a Francia personalidades como Azaña, Negrín y Campmany [Foto: Solienses].
El Coll de Manrella está generosamente indicado desde la carretera con grandes señales que no pasan desapercibidas y se llega hasta él por una carretera bien asfaltada, quizás porque allí está el Monumento a Lluís Companys, el presidente de la Generalitat que también huyó por este lugar. La senda de Coll de Llí, en cambio, está más escondida, hay que esforzarse mucho para encontrarla y no desistir en el intento. Empieza siendo un camino de tierra lleno de socavones para convertirse en su tramo final en una vereda inundada de zarzas. Hay que marchar a pie y el esfuerzo obliga a sumergirte involuntariamente en la mente de los propios exiliados que hicieron aquel mismo camino hace ya casi noventa años. Al llegar a la frontera con Francia no hay una explanada conmemorativa. Una valla corta el paso, porque al otro lado pastan caballos libremente. Un anuncio en francés avisa de la presencia de perros. En el cerco equino se adivina lo que parece ser una placa conmemorativa con los nombres de los ilustres personajes que pasaron por allí, el presidente de la República Manuel Azaña, el presidente del gobierno español, Juan Negrín, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, y el presidente del Gobierno Vasco, José Antonio Aguirre. En el lado español, las zarzas lo inundan todo, apenas queda espacio para tomar alguna fotografía. Se adivina la voluntad de que la vegetación cubra por completo aquel espacio incómodo para la memoria, que se borre, que se olvide para siempre, como si el exilio de medio millón de personas nunca hubiera sucedido.
Paso fronterizo de Coll de Manrella [Foto: Solienses].
Monumento a Companys en el Coll de Manrella [Foto: Solienses].


















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