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Premio Solienses: algo personal

Claustro del Convento de Santa Clara, durante la visita del Premio Solienses 2012.

Ya han pasado dos semanas desde la entrega del Premio Solienses en Belalcázar y, con la vorágine de los fines de trimestre, apenas he tenido tiempo de escribir una pequeña reflexión sobre el acto. Recuerdo que, al finalizar aquella luminosa mañana, sentí una mezcla rara de sentimientos. Una mezcla de alivio, satisfacción y frustración. De alivio porque todo se acababa ya, porque tras muchos días de ocupación en tantos detalles, de llamadas, de correos, de entrevistas, de imprevistos, de decirme a mí mismo mil veces "por qué me meteré yo en estos berenjenales" y "la última vez", al fin todo había llegado a su término y mañana podría descansar sin esa preocupación, hasta que surgiera otra. Satisfacción al comprobar que todo había transcurrido según lo previsto, que cada uno había cumplido generosamente con la tarea comprometida, que, habiéndose organizado todo por piezas y a ciegas, al final el mecanismo había encajado adecuadamente. Y frustración porque, en la espiral mareante del desarrollo de la actividad, no hubo tiempo siquiera de saludar y agradecer personalmente a cuantos habían acudido a aquel encuentro, a amigos, a conocidos, a invitados, a compañeros en estas lides y a lectores del blog que tuvieron la gentileza de desplazarse tan lejos y quizás no recibieron la suficiente atención. Sé que en la convocatoria y realización de este premio hay un componente de seguimiento personal que no siempre soy capaz de atender correctamente, por el ajetreo de la ocasión, quizás por mi incapacidad, por mi inexperiencia. Cuando todo acaba, tras tantas horas de la tensión que provoca el deseo de no defraudar, casi siempre me apetece desaparecer, huir, estar solo un rato, lo justo para recuperar el equilibrio perdido en un protagonismo inevitable. Al terminar el día, acostumbra a mezclarse el dulce placer de la realización cumplida con el regusto amargo de lo que no se hizo del todo bien. En esos momentos en los que, ya de madrugada, el sueño invita al abandono, en la nube del desvanecimiento que anticipa la rendición, alcanzo a prometer para el futuro un mejor pago a tantas deudas contraídas.

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