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Pedro y el capitán

Mi relación con Pedro y el capitán no es imparcial, no puede serlo. Hace ya muchos años que yo iba a ser Pedro y mi amigo Pepe el capitán, pero, ante tal empeño revolucionario, el destino decidió actuar ofreciéndonos a ambos un trabajo con el cual ingresar en la dulce vida burguesa que nos apartara de veleidades subversivas. El intento de levantar aquella osadía quedó apenas en sus cimientos, pero cuando, hace pocos meses, llevado por la nostalgia y la oportunidad, acudí al teatro para asistir a la representación de la obra de Benedetti (en esta misma versión, tan cercana, de Círculo Teatro), con el temblor medroso de quien vuelve a ver a una novia abandonada en la juventud, pude comprobar incrédulo que aún recordaba literalmente párrafos enteros de aquel libreto que a punto estuvo de hacernos infelices.

Representar Pedro y el capitán hoy me parece todavía más atrevido que entonces, cuando lo era tanto, pues la sociedad ha seguido perdiendo memoria y ahora suenan más remotas algunas de aquellas súplicas que son, sin embargo, tan actuales. Esa obsesión nuestra por enterrar el pasado en el engaño, por suavizar y dulcificar lo que es agreste y amargo, por no "reabrir" heridas que echen fuera la pudredumbre, logra que obras como esta, tan sencilla y lineal, aparezcan como profundas exploraciones del alma humana a través de los rincones más oscuros de la historia reciente, sea española, chilena o uruguaya. El tenso diálogo en torno a la violencia engendrada por los sistemas políticos represivos no es algo de ayer, sino de hoy. Y ante esa violencia, todos quedamos derrotados, cualquiera que sea el papel, torturador o torturado, que el azar nos haya concedido en la vida.

Esta mañana, paseando por las calles de Pozoblanco, he visto ese anuncio de que la obra Pedro y el capitán va a representarse próximamente en Villanueva de Córdoba en el refugio de la guerra civil. En estos tiempos de incertidumbre, donde los símbolos hacen tanta falta, esa conjunción de contenido y continente me parece providencial. La obra, tan rugosa en sí misma, ha de encontrar una nueva dimensión abierta en ese lugar ideado para defenderse también de la agresión exterior. Entre aquellos arcos y columnas se vivieron en su día formas de violencia cuyo recuerdo no ha desaparecido del todo, ni podrá hacerlo mientras la voz de Pedro y también la del capitán nos devuelvan una realidad que nunca ha desaparecido por completo, aunque nos neguemos a mirarla.

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