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Lecturas 2017 / 1
Genealogía del dolor


Ana Castro, el pasado diciembre tras recoger el III Premio de Poesía Juana Castro en Villanueva de Córdoba.

Ana Castro ha escrito en El cuadro del dolor su primer libro de poemas y también el segundo. El primero incluye el poema introductorio (que, no obstante, avanza ya el segundo) y toda la segunda parte, titulada genéricamente "Raíces", y con él paga su deuda con la poesía española escrita por mujeres que desde la generación de los 50 se esfuerza por elaborar una tradición cultural en la que la sensibilidad femenina esté convenientemente representada. Esa necesidad de construir una herencia literaria en la que la mujer escritora pueda reconocerse, como reclamaba Elaine Showalter ya en los años 70 para la literatura anglosajona, llevó entonces a una revolución literaria todavía no suficientemente reflejada en los manuales, por cuanto temas nunca (o escasísimamente) abordados en varios miles de años de escritura se traían ahora a primer plano con una frescura y decisión abrumadoras. Y no hablo solo de la denuncia en torno a la construcción patriarcal de la feminidad o a la poética del deseo desde una perspectiva femenina, sino al proceso íntimo de recuperación de una herencia matrilineal en la que las mujeres poetas encuentran un hueco de reafirmación de sus propias raíces y de construcción de una nueva identidad a través de su relación mítica con las mujeres de su genealogía, que alcanza de este modo una dimensión simbólica.

En su "búsqueda ontológica", dirá S. K. Ugalde, las poetas de la segunda mitad del siglo XX profundizan la relación con su madre o con la abuela, en busca de "un último refugio frente a una angustia existencial extrema", y así lo comprobamos en poemas de Angelina Gatell, Clara Janés o María Victoria Atencia, ya en aquellos primeros años del despertar. El vínculo hija-madre-abuela como marca para señalar simbólicamente la continuidad entre pasado y presente encuentra su acertada expresión en los versos de Rosa Díaz o Elsa López, en una cimentación temática que llega hasta nuestros días. A esta tradición pertenece ese "primer libro" de Ana Castro, que se resumiría en este verso: "Miro a mi madre de lejos para verme a mí" o también en estos: "Hablar de mamá es hablar de mí/ y puede que hablar de mi hija algún día". "Raíces" representa, por tanto, un libro inaugural que rinde homenaje a sus predecesoras, un libro de dependencias (explícitamente, de Juana Castro), más que de influencias. Un libro que nos parece haber leído ya antes muchas veces, con el que la autora quiere engarzar con la tradición de una lírica escrita por mujeres, que ya no puede ser innovadora, sino clásica, y que comenzará a cobrar mayor sentido cuando algún día las jóvenes pupilas se atrevan a matar a sus madres literarias -que realizaron el trabajo duro-, dejen de aprender a coser y caminen libres de ataduras con su voz propia.

"El dolor", "La niña y la casa" y "El después" son ya el segundo libro de Ana Castro, su voz propia. En pocas palabras, se trata de la traducción artística de una honda experiencia vivencial, al modo de otros notables ejemplos en la poesía cordobesa más reciente: Canal, de Javier Fernández, en torno a la muerte de su hermano, o Vértices, de Francisco Onieva, sobre la propia paternidad. Es poesía desnuda, sin túnica, estilísticamente aséptica a veces, en torno al dolor que sufre la propia voz poética, que es la de la propia poeta que escribe. No alude a un dolor abstracto o metafísico, sino a un dolor carnal, corporal, somático, tangible. Se trata de una proclamación desgarradora del dolor, de su existencia física, de su padecimiento real ("Los murciélagos del interior de mi vientre hacen demasiado ruido", "Hay un bosque de agujas de pino en mi vientre") y de la necesidad de gritar al mundo la impotencia frente al sufrimiento que provoca ("Por eso hay que nombrarlo, decir MI DOLOR,/ reivindicar su existencia") y la cosificación alienante que su tratamiento produce ("Me arreglan", " mi cuerpo semidesnudo abandonado a las pruebas,/ las decisiones de otros"). El "cuadro del dolor", feliz disemia, resulta una injerencia en la cotidianeidad ("Este dolor vive como un injerto en mi vientre") de cuyo padecimiento el cuerpo siempre sale mutilado, ("observo los huecos donde antes/ hubo piezas que me definían"), no solo en lo anatómico, sino sobre todo en lo mental: "Temblaba./ Pedía perdón por tener tanto dolor". Es un dolor de condena mitológica del que la poeta quiere hacer partícipe al lector con las armas meras de la palabra.

Y en el paroxismo febril de la agonía, se vislumbra la angustia por la incierta maternidad, un deseo sublimado de trascendencia, de perdurabilidad que acaso se sienta truncado y rompa así esa línea de continuidad matriarcal ("nuestra tierra de mujeres") que justifica la herencia hija-madre-abuela, el desasosiego ante lo que vendrá y la inquietante sospecha de quien, buscando en la belleza una vía de escape al sufrimiento, ha descubierto en el dolor su habitación propia, su única certeza.

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