Lo más leído en los últimos días

BLOGDROCHES Actualidad

Blogs de autor

Políticos

Presentación del libro "He cantado en la Noche" de Juana Castro. Fragmento de mi intervención

Isaac Reyes, alcalde de Villanueva de Córdoba; Juana Castro, poeta; Antonio Merino, editor de Solienses; y Ana Isabel Torralbo, concejala de Cultura, momentos antes de la presentación del libro [Foto: Ayuntamiento]. 

Cuando Juana me llamó para que presentara su libro de poesía reunida en Villanueva de Córdoba, enseguida fui consciente de la alta responsabilidad que asumía. No solo porque Juana es una de las figuras principales de la poesía española contemporánea y pasará a los libros de historia de la literatura como representante principal de la lírica de finales del siglo XX y comienzos del XXI, sino, sobre todo, porque esa presentación se iba a realizar aquí, en su pueblo, donde incluso hay una calle que lleva su nombre, donde todos conocen no solo a la Juana poeta, sino también a la Juana persona, a la Juana niña, a la Juana jarota.
 
Tampoco quiero pecar de humildad ni de falsa modestia. He de confesar que tengo un conocimiento bastante cultivado de la poesía de Juana Castro, que incluso elaboré mi tesis doctoral sobre el tratamiento del mito clásico grecolatino que realizan las poetas españolas del último tercio del siglo XX como estrategia en la construcción de una nueva identidad de género y allí Juana ocupa un lugar central. Pero, claro, en el libro que esta noche presentamos aparece un exhaustivo repertorio bibliográfico de autores y autoras que han abordado el estudio de la obra de Juana, y entre ellos se encuentran nombres imponentes de la crítica literaria como Manuel Alvar, José María Balcells, Sharon Keefe Ugalde, Biruté Ciplijauskaité, Concha García, Víctor García de la Concha, Encarna García Garzón, Ana V. Osán, Anjia Jablonski, Margaret Persin, John C. Wilcox… Y, frente a ellos, ¿qué podía aportar yo?

La investigadora californiana Sharon Keefe Ugalde, experta en literaturas hispánicas, y la profesora e hispanista Biruté Ciplijauskaité, que es lituana de nacionalidad canadiense, han abordado el estudio de la obra de Juana Castro desde todas las perspectivas literarias y no literarias posibles. Por supuesto, desde el feminismo, que está en la base fundamental de la poesía de Juana, pero también desde todas las estrategias literarias que caracterizan la poesía del último medio siglo y han convocado a las mayores especialistas para que estudien su obra con profundidad desde el más mínimo detalle. Hay un libro magnífico publicado en 2002 por la Diputación de Córdoba, editado por Ugalde, que bajo el título Sujeto femenino y palabra poética, recoge una docena de investigaciones centradas en temas tan específicos como la muerte, el deseo, la subjetividad, el cuerpo, la ironía, el retrato, la danza o la construcción del género en los versos de Juana Castro. Yo mismo he estudiado, como dije, el tratamiento que Juana hace del mito clásico en su obra, intentando escudriñar qué significado tienen Penélope, Odiseo, Dafne o los lotófagos en sus versos.

Podríamos decir que sobre Juana Castro todo está dicho o puede leerse en el espléndido estudio preliminar de este libro que firma la también poeta Nieves Muriel. ¿Qué podía yo decir nuevo en esta presentación que no se hubiera dicho ya? ¿Insistir otra vez en el carácter profundamente feminista de su obra, en su contribución a la creación de una tradición literaria inexistente en la que la mujer poeta pudiera reconocerse? Porque este He cantado en la noche que presentamos hoy no son unas “obras completas”, pero se le parecen. Aquí está recogida toda su obra lírica desde Cóncava mujer (1978) hasta Antes que el tiempo fuera (2018). Cuarenta años de producción literaria en primera línea, cuarenta años rompiendo el discurso hegemónico y normativo de forma impecable y contundente, presentando la sensibilidad de la mujer de un modo totalmente diferente a como hasta entonces la conocíamos, porque la sensibilidad femenina que hasta Juana y su generación conocíamos en literatura había sido escrita por hombres, y no por mujeres. 

Y, de pronto, leyendo un poema, me vino la idea. El poema era este, el XVI de Fisterra:

Vergüenza
de viajar en el carro.
Un hombre
sentado sobre el yugo
animando a las bestias.
Cuatro
corazones de frío
sentados en la ropa.
Crecido, algún arroyo,
y las ruedas ahogadas hasta el eje.
Y el látigo en el lomo
inocente y bruñido de la yunta.
Y las fieras palabras
y, por probar, las mansas.
Pero la luna, a noches,
me rociaba de estrellas
y en el vaivén de tablas, por los malos caminos,
recogían mis ojos
el silencio y la gloria.

Fisterra (1992), junto con Del color de los ríos (2000), Los cuerpos oscuros (2005), Cartas de enero (2010) y Antes que el tiempo fuera (2018), supone un regreso de Juana a sus raíces más ancestrales después quizás de haberse avergonzado de ellas durante algún tiempo, como nos ha pasado a casi todos en algún momento de nuestra vida cuando hemos marchado fuera de nuestra tierra. Ella misma lo confesó así en un poema de Fisterra:

Vuelvo hoy a la tierra.
Anduve, tanto tiempo, tan lejos y a su espalda,
que aterida, recojo en esta hora
una luna sagrada de verdura.
Prófuga fui, y en mis desmanes
sepulté los recuerdos de la hierba
durmiendo en la ciudad.

“Los recuerdos de la hierba”. Qué bonito título para un libro que investigara la presencia de Los Pedroches en la obra de Juana Castro. Ahí dejo la idea. Porque ese es un tema de su producción lírica que permanece inédito, a la espera de que alguien indague lo suficiente para descubrir que la nostalgia del regreso a su pueblo, a su tierra, a su comarca, está muy presente en algunos de sus mejores versos.

Tierra.
Tierra, tierra,
entera y toda tierra
de quien, cruda, vengo, y adonde, amante, voy.
Tierra mía dulcísima.
a tu langor me entrego,
a tu verde caricia y a tu humus. 

Pedro Tébar y Juana Castro, anoche en Villanueva de Córdoba [Foto: Solienses].
 
Pero volvamos al primer poema, al de la vergüenza que le daba a una niña que la vieran subida en un carro. Es un sentimiento tan concreto, tan localista, tan íntimo, que solo pueden comprenderlo realmente las personas que hayan vivido esta experiencia alguna vez. Me imagino a las grandes Keefe Ugalde, Ciplijauskité o Persin intentando descifrar este poema, desde su sabiduría urbana. Yo creo que les resultaría imposible. Que estos poemas solo podemos entenderlos en su sentido más extremo la gente de pueblo y, más concretamente, los que hemos viajado en un carro y hemos sentido vergüenza de que los demás nos vieran allí, sí, esa vergüenza adolescente frente a cosas de las que luego, con los años, acabaríamos enorgulleciéndonos, pero que en ese momento nos abochornaban.

En estas composiciones Juana logra que palabras como piojos, estropajo, liendres o zotal tengan un delicado valor poético, que nos parezcan tan líricas como rosal, espuma, carne o heridas. como en este poema de Del color de los ríos:

Debajo del sombrero
me comían los piojos.
Y yo estaba asustada cuando ella
vino tan alta sobre el carro
y me llevó a la alberca. Me puso
en cueros vivos y allí, bajo el moral,
me enjabonó de espuma,
y llevó el estropajo
de los pies a la nuca, hasta poner mi carne
del color de las rosas. En azufre morían
los bichos y las liendres.
Y luego, con zotal, una pluma
me alisaba en sus dedos
arañazos y heridas. 

Todos estos poemas, en fin, componen ellos solos un retrato memorial de nuestra tierra que solo puede ser cabalmente comprendido por quienes vivimos en ella. En los versos de Juana Castro está la universalidad de los sentimientos absolutos: la muerte, que es tema literario por excelencia desde Jorge Manrique; el amor en sus mil formas, como lo expresara Juan Ruiz, el arcipreste de Hita; la vida que fluye en las églogas de Garcilaso; la introspección humana de Santa Teresa o San Juan de la Cruz… en fin, todo lo que ha hecho grande a la poesía española de todos los tiempos. 

Pero los libros de Juana, que se recogen completos en esta obra, contienen también mensajes ocultos que solo los que hemos bebido la leche cruda recién ordeñada y nos hemos pinchado nuestros pies descalzos con la hojarasca de la encina podemos comprender en toda su esencia. Quién, de todos los que estamos aquí, no se sentirá identificado con la matanza descrita en estos versos de Fisterra, que evocan con su plasticidad las pinturas festivas sobre fiestas populares de Bruegel el Viejo: 

Rebosan
las artesas su grasa.
Arde el fuego y, redondos, 
están gigantes blancos,
desangrados, que entregaron su grito
a la negra alborada
de diciembre y su frío.
Ahora las mujeres
enhebran ya las tripas,
lavan las cabezas
y ungen con la masa
de carne roja el viento
del comino, la sal y la pimienta…

O, en Cartas de enero, este recuerdo fugaz al volver a la casa del pueblo abandonada después de años de ausencia y encontrarse una ruina capaz, sin embargo, de evocar nítidos recuerdos:

Han tapiado
la boca del horno con ladrillos.
Solo quedan
las vigas, las paredes,
los pedazos del tiempo.
Y el brazo de mi madre
amasando aquel pan
redondo
con cinco cuchilladas en los bordes.

¿Cómo va a saber nadie que no haya hecho pan o lo haya visto hacer a su madre lo que son las "cinco cuchilladas en los bordes", que son tan literarias como las cuatro cuchilladas que recibió Antoñito El Camborio y las tres heridas de Miguel Hernández o las dos espadas de Rafael de León?

Hoy presentamos aquí un libro de libros, sí: una biblia, que constituye, sobre todo, una búsqueda, una búsqueda en algún lugar de la memoria. Hay en algunos poemas de Juana una apelación a la memoria a través de olores, sabores y objetos, en la línea de Proust de recuperar la infancia a través de sensaciones, como en estos versos de Del color de los ríos, donde recuerda el puchero cociendo en la lumbre:

Mientras cuece el puchero, se esparce por la casa
el aroma de un caldo que aprendió sin herencia.
A su rescoldo brillan como gemas las ascuas
mientras yo voy y vengo, y en el barro ocre y rojo
despacio anaranjea
el sabor más antiguo
que se hiciera en el tiempo.

Son poemas que la crítica moderna interpreta desde la perspectiva de la recuperación de la tradición matrilineal, de la voz unitaria que recupera el pasado colectivo de la mujer para unirse a esa herencia, pero yo prefiero ahora rescatarlos desde la memoria antigua de los pueblos y desde la identidad territorial.

Porque hemos sugerido que en la poesía de Juana late una búsqueda en la memoria personal, pero añado que también colectiva, de Juana y de Los Pedroches. La memoria nos dota de personalidad como individuos, porque nada somos sin recuerdos, pero también las sociedades necesitan mantener viva su memoria, sus gestas, sus héroes, el territorio. 

Como Amaltheus, todos somos pequeños delante del ocaso, y tenemos miedo del tiempo, del tiempo y sus hipérboles, como dicen los versos del poema “Vislumbre” de Antes que el tiempo fuera. Pero el compromiso con la sociedad y con nosotros mismos nos exige valentía, no acurrucarnos en espiral sobre nosotros mismos, como el amonites, temblando de frío, sino abrir los brazos y el alma al sentimiento inmenso de la libertad. Frente a la cerrazón y la metralla, la poesía nos salva, Juana nos salva, porque en sus versos se contiene toda nuestra historia y todo nuestro dolor.

Yo os invito a que abráis este libro y lo descubráis.

Vista de la Antigua Audiencia durante la celebración del acto [Foto: Ayuntamiento].

1 comentarios :

Anónimo | domingo, abril 26, 2026 2:36:00 a. m.

Es de justicia poética todo lo que has escrito es ente artículo.

Publicar un comentario