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Mundo rural

Cerro del Cuerno/29

Hay a veces en la rememoración nostálgica del pasado una contemplación excesivamente generosa de los modos de vida de otros tiempos. Al volver la vista atrás, uno no observa el mundo en el que vivía, sino que se mira a sí mismo y, en la comparación entre un presente siempre problemático y un pasado al que la poda de la memoria ha despojado de todo inconveniente, todos tendemos a preferir lo que fue tal como falsamente lo recordamos a lo que dolorosamente es e inevitablemente será. Así, la vida en los pueblos de “antes” se presenta plácida y serena, como una Arcadia pastoril donde la gente era pura y transparente, donde los cantos de siega amenizaban las jornadas de trabajo que culminaban con alegres bailes en la era antes de bajar al pueblo para tomar el fresco bajo la placidez de una parra cuajada de uvas. Daba gloria ver a los mineros lanzando petardos el día de Santa Bárbara, o a los carboneros alegrando las calles del pueblo con sus reclamos jubilosos o, en fin, a esos sabios pastores que pasaban su vida entera en el campo aprendiendo los nombres y propiedades de todas las plantas. La gente, siempre bondadosa, compartía sus escaseces, las puertas de las casas abiertas, la familia toda reunida en el hogar.

Y, sin embargo, alerto de que es necesario ser muy cuidadoso con una excesiva reivindicación del mundo rural antiguo. Quizás ahora, desde la memoria, el tiempo aparece limpio y acogedor, desprendido de todas las miserias que acompañaban a una vida dura y seca que no siempre merecía la pena ser vivida. La vida en el campo hace cuarenta o cincuenta años distaba mucho, en ciertas ocasiones, de lo que algunos escritores de la evocación nos presentan en sus nostalgias edulcoradas. Allí había enfermedades incurables que hoy sanan con un jarabe, mujeres encarceladas de por vida en una cadena de lutos y sometimientos, costumbres ancestrales que asfixiaban cualquier anhelo de libertad, trabajos en el campo inacabables en su rutina de condena mitológica, incultura vestida de sabiduría natural, analfabetismo orgulloso, humillación ante el poderoso... Vista desde hoy, en este mundo delirante de despropósitos, corremos el riesgo de considerar apetecible aquella vida, simple en su naturalidad, confortable en su simpleza. Corremos el riesgo de transmitir una imagen falsa de lo que realmente fue. Y yo, que amo el estudio de las costumbres, los modos de vida y los ritos tradicionales, no los deseo para los que han de venir, pues, confiando en la bondad del progreso humano, espero para el futuro un mundo mejor, con todas las maldades inherentes al hombre, pero experimentando errores nuevos y no pasados.

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