Luego viví la experiencia paraliteraria de leer el capítulo dedicado a los sucesos de la plaza de toros de Badajoz con el fondo musical del
, pero antes todo había saltado ya por los aires cuando en mitad de la lectura, sin esperarlo, apareció de pronto el nombre del pueblo de Añora, mi pueblo.
Hace poco más de una semana he comenzado a leer
La península de las casas vacías, un novelón de 700 páginas salido de las manos de David Uclés y
publicado por Siruela, en torno a una familia de un pueblo jiennense que sufre en sus propias carnes las consecuencias de la guerra civil hasta llegar a su completa aniquilación, según se apunta desde el principio. Todo el mundo me hablaba de este libro y no he podido resistirme. En apenas diez días he leído 400 páginas y para qué voy a negar su alta capacidad de seducción, su carácter hipnótico, aunque contenga también algunos elementos un poco irritantes. Lo que no esperaba jamás era encontrarme con el nombre de mi pueblo entre sus páginas.
Tras el golpe de los militares del 18 de julio, el personaje ya por entonces llamado Paulo decide unirse a los sublevados y para ello se traslada desde Jándula (trasunto de Quesada, en Jaén) hasta Badajoz. En el transcurso de ese recorrido, "se alegró inmensamente de llegar por fin a un pueblo tomado por los sublevados. Añora lo recibió entre vítores, donde pudo por fin dormir con los dos ojos cerrados". Unas líneas más adelante cita también a nuestra capitalilla: "al día siguiente se harían con Pozoblanco. Paulo se sintió feliz de luchar por la causa que percibía como más noble" (págs. 212-213).
La referencia histórica resulta errónea, puesto que para esas fechas (varias semanas después del levantamiento) Añora estaba ya en poder de las fuerzas leales al gobierno de la República y así permanecería hasta el final de la guerra. Pero, bueno, al realismo mágico se lo perdonamos todo.
El autor es natural de Úbeda (Jaén) y ha recorrido toda España y medio mundo durante quince años para escribir este libro. Me intrigaba, precisamente por eso, que hubiera elegido el pueblo de Añora para interponerlo en el viaje de Paulo a sus propios infiernos. Me parecía más lógico el de Pozoblanco, esencial en el desenlace del conflicto y, por tanto, más reseñado en la bibliografía histórica sobre el tema, pero Añora... watafak?
Así que me decidí por el camino más corto. Le escribí a David y se lo pregunté: "¿Pusiste el dedo sobre el mapa y salió o es que conoces este pueblo por algo?". Uno imagina que, siendo Uclés el autor de moda en este momento en la literatura española, estaría superocupado en los asuntos que ocupen a los autores de moda en la literatura española y no tendría tiempo ni ganas de contestar a un pejiguera como yo, pero hete aquí que me equivoqué. "El puro azar, Antonio, que a veces traza caminos insospechados y celebrados", me escribió, y luego me habló de la belleza de nuestras casas de tiras.
La historia de Paulo continúa después por sus derroteros, hasta juntarse con la historia de José, cada uno de ellos a un lado del frente madrileño, siendo al mismo tiempo hermanos y enemigos, destinados a la violencia de un disparo de fusil y a la de una cámara de fotos, en un zigzagueo vital guiado también en buena parte por el azar.
En La península de las casas vacías se recogen todas las supersticiones rurales que uno pueda imaginarse, todas las historias y leyendas contadas por nuestros tatarabuelos, bisabuelos y abuelos, todos los refranes, dichos y sucedidos reales e inventados que hemos escuchado mil veces y hasta hemos llegado a contar nosotros mismos, todos los remedios caseros, los secretos culinarios y las creencias ancestrales del acervo generacional. Constituye un repertorio antropológico de sabiduría popular y de espiritualidad atávica y mucho de lo que a los académicos les parece realismo mágico a los de pueblo nos parece, sencillamente, realismo y casi costumbrismo. Que en este libro destinado a convertirse en un clásico contemporáneo aparezca el nombre de Añora me ha emocionado y me pregunto cuántos noriegos más lo habrán leído y se habrán sobresaltado al encontrarse allí su nombre, conmovidos como los manchegos orgullosos de que don Quijote y Sancho pasaran por su pueblo.
Si la literatura es magia, este libro lo será para nosotros por partida doble y ya está tardando el Ayuntamiento de Añora en invitar a David Uclés a presentar este verano su libro en el Museo de la Fiesta de la Cruz, donde podrá conocer la historia de las Velardas, aquellas nobles decimonónicas venidas a menos, una de las cuales escondió sus ojos en un agujero del pozo del huerto, al que se accede por una rampa oculta. O mejor aún, ponerle su nombre a una calle, quizás la que conduce al cercón de la pedrera, siempre llena de agua hasta que una bandada de grullas sedientas la secó y solo quedó allí viva una culebra que se esconde en los subterráneos del pueblo y cura con su aliento a los enfermos de tisis. O eso al menos es lo que se cuenta.