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Anochecer en La Canaleja.


Atardecer en el Cuzna y la luna en el horizonte.

La idea era ir en busca de espárragos, pero luego la cosa se complicó. Bueno, en realidad la cosa no estuvo clara desde el principio. Primero nos acercamos a la cafetería Capri de Pozoblanco, con la sana intención de tomar café y ver la exposición de fotografía semanasantera que organizan los amigos de alaGloria, pero por segunda vez el intento fue en vano (ayer por motivos laborales del local la exposición no era accesible, hoy era imposible acercarse). El tremebundo lío de tráfico, causado -intuyo- por alguna procesión (pero, ¿también el Domingo de Ramos por la tarde?), nos desvió de la primera intención y, sin saber muy bien cómo, acabamos en el pantanillo del Santa María. El lugar ofrece ahora sus mejores galas, pero justo al llegar se cerraban las puertas de entrada, con lo que apenas pudimos asomar la cabeza por cortesía del guardían cumplidor de sus horarios. Al salir de nuevo a la carretera, volantazo a la izquierda (al azar, igual pudo haber sido a la derecha) por la carretera de Obejo, ilusos e ignorantes sin saber lo que nos aguardaba. El laberinto de Creta debió ser algo así, y quien transite esta carretera sabrá de qué hablo. El impulso era llegar hasta el puente del Cuzna, a 22 kilómetros, sin saber que en la sierra las distancias no están amparadas por ningún sistema métrico. El paisaje allá en el valle era realmente maravilloso, con sus aguas sonoras y sus verdes silencios. Ya anochecía y la luna se recortaba casi plena en el horizonte.


Cortijo de La Canaleja, visto desde la carretera.

La oscuridad amenazante invitaba a volver por el mismo camino, pero, estando los pasajeros ya mareados de la venida y temiendo un infernal regreso por el mismo sendero, alguien recordó (siempre hay algún listillo que recuerda algo) una llamada "pista de Los Chivatiles", que supuestamente arrancaba unos kilómetros más adelante y comunicaba con la carretera de Villaharta, la cual, siendo también una serpiente enroscada, imaginábamos más liviana que la ya recorrida. A tres kilómetros del puente hicimos alto en La Canaleja, cuando ya las sombras lo cubrían todo. Aquí la carretera bruscamente se transforma en senda de cabras, con sus baches abisales, sus desprendimientos, roquedales y piscinas de guijarros saltarines. Tras cientos de metros que parecieron miles, la esquiva pista comunicadora no aparecía y los presentes se debatían ya entre si dar la vuelta y regresar por la ruta difícil pero segura o aventurarse en la incertidumbre tras la próxima curva. Cerca ya de Obejo, a un punto de la desesperación, apareció la ansiada pista. El paisaje debía ser precioso, si hubiera podido verse algo. El laberinto del trazado continuaba infinito. A la izquierda se apreció el perfil de la ermita de Los Blancos, habrá que venir a verla otro día con luz. Al fin, la carretera de Villaharta: 24 kilómetros hasta Pozoblanco. Por no repetir 22 kilómetros difíciles, dimos un rodeo de cuarenta imposibles. Al pasar por La Chimorra, el aire entre los olivos simulaba risas de burla.


Puente sobre el Cuzna en la carretera de Pozoblanco a Obejo.

13 comentarios :

Manuel Moreno Valero | lunes, marzo 29, 2010 8:27:00 a. m.

Querido Antonio: Esta mañana me has traído a la memoria muchos recuerdos. Los paisajes que describes son muy conocidos por mi. En la casa de Santa Casilda, bordeando la molina de Don Román he mantenido tertulias literarias con D. Juan Gómez Crespo, director de la Real Academia de Córdoba, y contertulios: D. Andrés Muñoz Calero y acogidos en maravilloso hospedaje de D. José Fernández Escribano "Juan de los Pedroches" fino poeta heredero de Virgilio. Desde aquel morrión se divisa el Cuzna uniéndose al río Gato. La Canaleja la visité muchas veces para recoger letrillas de jotuillas aceituneras.

José María Sánchez | lunes, marzo 29, 2010 9:44:00 a. m.

Relato preciso de un paseo por nuestra sierra que a pesar de su tortura despierta la avidez por respirar en ella. ¡Cuánto no daría yo por viajar a aquellos tiempos en que los olivares se llenaban de vidas afanosas y alegres y asomarme a sus días y sus noches para ver y comprender todo aquello que cientos de veces me han contado…!
Desde luego, nuestra sierra encierra toda una cultura y todo aquel que pase por ella podrá percibir el encanto y el desasosiego de un territorio aún por descubrir.

Anónimo | lunes, marzo 29, 2010 2:01:00 p. m.

Recuerdo carreteras asfaltadas entre nuestros pueblos que por la noche tambien dan miedo y que para evitarlas también tienes que dar un rodeo. Es el caso de la que une Santa Eufemia y Belalcázar, no sé si ahora está señalizada pero en noches oscuras, sin luna, era una aventura saber por donde iba la carretera.

Anónimo | lunes, marzo 29, 2010 5:37:00 p. m.

José María, es muy recomendable viajar, sobre todo por nuestra Sierra, con la imaginación en la mochila para leer así lo que los libros no tienen escrito sobre la Cultura del Olivar e interpretarla, al menos.

Anónimo | lunes, marzo 29, 2010 6:20:00 p. m.

Bonito relato de una tarde de espárragos,de cualquier cosa se puede hacer una obra de arte,si el que maneja los hilos es un artista. Muchos estamos esperando tu primer novela, no le tengas miedo. Escribe tres cortas en vez de un ladrillo grande como algunos acostumbran. seguro que tendrás exito.

Anónimo | martes, marzo 30, 2010 12:29:00 a. m.

Por esa carretera que el autor del artículo califica de infernal, senda de cabras, con sus baches ..., kilómetros imposibles, diariamente circulan algunos agricultores a realizar su jornada de trabajo, no a buscar espárragos, ni dar un paseo.
Por esa serpiente enroscada y oscuridad amenazante para el autor del artículo, acomodado en coche con buenos faros, nuestros padres transitaron en carros o a pie con cierta frecuencia. Luchemos por mejorar nuestras carreteras, pero, al mismo tiempo, acerquémonos a la cultura de superación, esfuerzo y sacrificio, ignorada en nuestra actual sociedad de consumo.

Anónimo | martes, marzo 30, 2010 7:18:00 a. m.

Ya no hay dinero para arreglar carreteras, se lo gastaran todo en la parada del tren.

José María Sánchez | martes, marzo 30, 2010 9:57:00 a. m.

Pues para el Anónimo de las 5:37.
Llevas razón en que es muy recomendable viajar sobre todo por nuestra sierra. Lo hago con mucha frecuencia porque, entre otras cosas, fuera de nuestra tierra viajo poco por desgracia. Y lo poco que yo sé sobre la cultura del olivar NO es porque lo haya leído en los libros, ¿Qué libros?, menos de los que debiera haber sobre ese tema, quizás. Es porque me lo contaron, muchas veces. No sé si sabe usted que la tradición oral es una forma de transmitir los conocimientos y las experiencias, gracias a ella sabemos mucho sobre la diversidad cultural, no sólo porque esté escrita en los libros por supuestos entendidos.
La sierra ha merecido un estudio profundo sobre la Cultura generada en ella, a lo mejor si usted fuera antropólogo se atreviera a ello, mas me temo que no lo es. Y como yo tampoco lo soy, me he limitado durante muchos años de mi vida a recopilar e interpretar la música del Olivar, sin más pretensiones.

Quizás tú, anónimo, que pareces sentirte contrariado con mis sentimientos y opiniones, podrías interpretarnos y aleccionarnos (porque estamos deseosos) sobre aquello que pareces conocer bien lo que a otros nos acusas de desconocer.

Anónimo | martes, marzo 30, 2010 8:33:00 p. m.

Nosotros transitamos esa carretera muy a menudo. No me puedo explicar como en el tiempo en el q vivimos de tanta tecnología no haya nadie q arregle esa carretera.
Al llegar a al vega de Obejo nadie se pone de acuerdo de quién es esa carretera¿puede ser posible?

Yo pensaba q siendo consejera de obras públicas Rosa Aguilar la iba arreglar....pero visto lo visto...pasa el tiempo y nada de nada!
Somos los grandes olvidados....me da vergüenza q venga gente de turismo rural....porque nuestra carta de presentación peor no puede ser!
creemos uno plataforma¡ARREGLO YA!

Anónimo | miércoles, marzo 31, 2010 7:55:00 p. m.

Gracias Antonio por las fotografias y por el parrafo,es explendido,una maravilla.GRACIAS.

Dani | miércoles, marzo 31, 2010 8:58:00 p. m.

Curioso relato, paralelo a la parte serreña del artículo de Juan Benet, aquel se detenía más en los ríos, tú lo haces más en las carreteras serpenteantes.
Si solo fuera por su trazado, todo es acostumbrarse a estos recorridos seculares por los que en su día solo circulaban arrieros con sus yuntas y carros.
Hoy en día y desde hace unos años también hemos de acostumbrarnos a la dejadez de las Administraciones.
Después de este largo invierno todas las carreteras de la sierra están de pena, y la que va desde las mesas de la Canaleja a Obejo, justo por la Vega, es de denuncia pública. Aquello no es una carretera, aquello no es un camino, aquello es barranco detrás de barranco. Y es una lástima porque Obejo tiene un encanto peculiar.
La misma alcaldesa de Obejo, residente en el Muriano, no sabe de su estado, lo peor es que tampoco hace nada por solucionarlo.
Son muchas las familias que dependen de la sierra, para que no se nos tenga en cuenta.

Anónimo | viernes, abril 02, 2010 2:01:00 p. m.

Gracias Antonio por el maravilloso artículo.
Su lectura ha hecho que mi mente haya respirado el olor de nuestra sierra y el aliento de tanta gente como se dejó su esfuerzo y su vida en todo nuestro olivar, en sus cortijos llenos de vida y de historias, de luces y de sombras...
Yo también soy un enamorado de nuestra sierra y de todo lo que nuestros antepasados han vivido en ella.

Anónimo | sábado, agosto 16, 2014 1:04:00 p. m.

Aún recuerdo en estos lares próximos a la Canaleja, concretamente en "Peña Anton", el lúgubre y misterioso aullido de los lobos en las frías noches de invierno, los cuales ponían un acento de misterio en aquellos enhiestos parajes A. Martínez

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