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Versos cortados a sangre


He abandonado momentáneamente mi lectura de Los enamoramientos (Javier Marías) para entrar a escondidas en el cuarto oscuro de Verónica Moreno. Nada sabía de la autora, pero, leyendo sus reseñas biográficas, imaginé estar ante una joven urbana y cosmopolita, no obstante haber nacido en Hinojosa del Duque, por lo que temía encontrar una obra cuajada de fashion look o de tecnología futurista -que ya era vanguardia hace cien años- tan grata a muchos poetas actuales. Y no falta, pues ahí están los poemas dedicados a las tipografías del Word o alusiones al mundo virtual de internet, deseando incorporar al lenguaje poético términos tan poco líricos como "googleo" o "Comic Sans". Quiero decir que en los versos de los autores de ciudad detecto con frecuencia un exceso de hardware, clubes de alterne, Lefties y tubos de escape, lugares donde, al parecer de muchos, se esconde ahora la emoción poética. Y, sin embargo, de todo el poemario de Verónica Moreno las piezas más sinceras, lejos de cualquier coqueteo con el collage experimental ya tan experimentado, me parecen aquellas que denuncian lo que ella misma llama su "identidad heredada" y las que se enfrentan a lo que podríamos denominar su "identidad silenciada".

Entre los primeros señalo los poemas titulados "Jabón de sosa" (sobre la transmisión de roles sociales, que evoca sin remedio el poema homónimo de Juana Castro en Del color de los ríos) y, sobre todo, "Herencias", sobre la forja de la propia individualidad en una sociedad -la rural- tan dispuesta al determinismo ("Ya no quiero ser tan buena como mi tía,/ ya no quiero ser un ángel") y que enlaza con la voluntad de "construcción del género" (Ugalde) que define la poesía escrita por mujeres desde el último tercio del siglo XX. Entre los segundos, donde se esconden los versos más poderosos, me impacta la crudeza violenta de "Salida", con su advertencia para llegar al puro conocimiento: "Si quieres saberme/ vas a tener que atravesarme el corazón/ con tus dedos", y varios poemas de la parte final, donde sobrevuela un ansia hasta cierto punto -pero no totalmente- reprimida de gritar el amor que ha de gozarse en la oscuridad ("Quiero gritarte/ para que existas fuera de esta habitación"), afrontando, sin embargo, calladamente las misteriosas direcciones del enamoramiento clandestino y fusionando en unos mismos versos poética y deseo ("No mirar la luz/ de la palabra directamente./ Rodearla por el hueco de la metáfora/ para que nos inunde y no duela,/ para que respire por nosotros/a pecho descubierto/con versos cortados a sangre"). Porque el amor duele cuando hay que rodearlo para alcanzar su plenitud, cuando hay que ocultarlo para lograr su goce.

Un cuarto oscuro es, sobre todo, una búsqueda de identidades. De identidad poética -que habrá de forjarse en futuras publicaciones- y de identidad personal (esta última expresada asímismo en términos estrictamente literarios). También, a su modo, de identidad femenina. La propia autora advierte en su pórtico una voluntad de exploración  ("buscar tu voz a tientas/ tentando su oscuridad") que nos anima a aguardar nuevas indagaciones en torno a los -todavía hoy- tortuosos caminos de la pasión humana hecha carne, cuando aquella, por fuerza o por cobardía, sólo se manifiesta abiertamente en los límites estrechos de una habitación cerrada y quizás oscura, cárcel a la vez que refugio.

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