El halcón y la columna

Hay, lo primero, que vencer la tentación de comparar El halcón y la columna con La vaquera de la Finojosa, siendo que ambas sólo tienen en común el estar interpretadas por actores locales no profesionales y utilizar como decorados el marco monumental del rico patrimonio artístico de sus respectivas localidades. Pero, luego, la hinojoseña se desvela como un mero entretenimiento folklórico, ligero y hasta liviano, mientras que El halcón y la columna, a cuyo estreno asistimos ayer en Belalcázar, ha resultado ser una purísima obra de teatro histórico, que no sólo indaga, de modo más ameno a como podría esperarse en temas tan áridos, sobre los orígenes del condado de Belalcázar, sino que contiene una esmerada reflexión sobre temas tan eternos como el poder, la condición humana y la divinidad. La obra teatral de Francisco Benítez, con un lenguaje bello, elegante y armonioso, ha encontrado su marco perfecto de realización junto a la sorprendente galería porticada gótico-mudéjar del patio de la huerta del Convento de Santa Clara de la Columna, donde reposan en la realidad los restos mortales de los personajes protagonistas de la ficción. El pueblo de Belalcázar asumió un reto arriesgado, lanzándose a una actividad difícil que bien podía haberse resuelto al modo en que muchas veces se concluyen las cosas en nuestros pueblos, chapuceramente y con desgana. Pero la representación de ayer brilló como las estrellas que anudaban la noche del firmamento belalcazareño.
El halcón y la columna, dirigida por Javier Ossorio, está formada por tres piezas en torno cada una de ellas a uno de los tres primeros señores de Belalcázar: Gutierre de Sotomayor, cuyo innoble acceso al poder se nos cuentan en un flash-back a partir de su propio funeral; Alonso de Sotomayor, soberbio y ambicioso, casado con Elvira de Zúñiga tan sólo para hacerla desgraciada; y Juan de Sotomayor, llamado a la vida contemplativa con el nombre de fray Juan de la Puebla. En su desarrollo asistimos a los asuntos académicos que nos enseña la historia: el nacimiento del condado, las relaciones del concejo y pueblo de Belalcázar con sus señores, la usurpación de tierras comunales, el cambio de nombre del pueblo, la construcción del castillo, la fundación del convento. Y a su alrededor, la vida cortesana, con su chispa y sus miserias, su drama y su comedia, la villanía del noble y la nobleza del aldeano, el difícil arte de gobernar justamente, en fin, el sentido de la vida y la muerte. Y una inquietante reflexión estremecedoramente subrayada por un coro al más puro estilo de la tragedia griega, que con un lenguaje poético cargado de intensidad anticipa y rubrica el ser y el sentir de los personajes marcados en la trama con las señas del destino. Una acertadísima utilización del espacio escénico ha colocado a este coro en la galería superior del pórtico, lo que le concede a su presencia un aire fantasmal y a sus disposiciones morales una inexorabilidad inevitablemente fatal.
Para alabar el ajustado trabajo de todos los actores, baste decir que hasta el halcón ejecutó correctamente su papel. Nadie percibió allí falta de profesionalidad, al contrario, hubo interpretaciones de gran nivel y no nos extrañaría que más de una vocación se haya despertado con esta puesta en escena. Otros aspectos técnicos los dejo a la valoración de los entendidos en la materia, pero destáquese la inteligente iluminación, que no sólo marca espacios y ambientes, sino también caracteres y sentimientos, y la ambientación musical, que si bien adquiere en ciertos momentos un excesivo protagonismo cinematográfico, en su conjunto contribuye eficazmente a crear un clima acorde a lo que los personajes están viviendo y sintiendo.
En definitiva, por su novedad, por su esmerada ejecución, por su eficaz y coherente utilización del marco monumental, por la corrección en la interpretación, por la hermosa plasmación literaria de un tema histórico de importancia comarcal, por la belleza poética del texto, por el empuje colectivo de todo un pueblo y por el armonioso conjunto resultante, el espectáculo de ayer nos parece, sin dudas, el acontecimiento cultural del año en Los Pedroches. Dicho queda, con su riesgo.

Los juegos de luces marcan ambientes y espacios diferentes.

La galería porticada de la huerta de las monjas fue un marco perfecto para la representación.

Los caballos dieron espectacularidad a la obra.






























Por cierto, la columna con la enigmática cruz circular, que ha sido restaurada y colocada en el centro del huerto, guarda al parecer una emotiva leyenda. Según se dice, a ella se acercaba en oración con frecuencia Sor Felipa de la Cruz, hija de Alonso de Sotomayor y Felipa de Castro y Portugal, III Condes de Belalcázar. Sor Felipa nació dentro del castillo-palacio de los Sotomayor en 1509 y, al morir su madre, con tan sólo 13 años solicitó a su padre permiso para ingresar de monja en el convento de Santa Clara. Allí vivió de forma humilde y piadosa, dedicándose a los más necesitados y desprotegidos de la villa. Murió, con fama de virtuosa, en 1537, a los 27 años de edad.


























