Cada vez que el tema de la parada del Ave en Villanueva de Córdoba vuelve a la
primera plana de la actualidad salen a la palestra algunos comentaristas, anónimos y con nombre, aceptando condescendientemente esta reclamación, como quien tolera el capricho de un niño pequeño, pero inflando pecho al proclamar solemnemente que la revolución económica total para la comarca no es que un tren pare o deje de parar en mitad de la dehesa, sino la construcción definitiva de una gran autovía o autopista, con cuantos más carriles mejor, porque por esas calzadas de asfalto es como llegará a espuertas la riqueza hasta Los Pedroches. En la propuesta se entreteje, además, un memorial de agravios políticos cuyo deslinde ideológico resulta complicado, pues los dos partidos implicados en tareas de gobierno parecen compartir una opción que a mi parecer, sin embargo, no puede ser defendida por quienes realmente busquen el bien supremo para su tierra.
Las primeras noticias sobre el paso de una vía de circulación rápida por Los Pedroches, la entonces llamada autopista de peaje Toledo-Córdoba, nos llegaron en
julio de 2003 y entonces la discusión política se centraba en
elegir el menor entre dos daños inmensos: un trazado paralelo a la vía del Ave y otro dando un rodeo mayor saeteando de arriba abajo las sierras de Cardeña-Montoro. En el episodio no faltó la chacota castiza del millonario inglés que ejerció su influencia para que la carretera no atravesara su
finca de caza. Eran los tiempos de la fiebre constructora, donde el ministro Álvarez Cascos cazaba sin pudor en la finca privada del susodicho lord inglés sin por ello obligarse a dimitir y todo el mundo compraba pisos muy por encima de sus posibilidades, porque lo importante era
no dejar un milímetro de naturaleza salvaje sin edificar y de aquellos polvos vienen estos lodos.
En el frenesí de la época pronto apareció en escena también la
autovía Levante-Lisboa y hasta el PP, ébrio ya de porvenir, no dudó en proponer la
transformación en autovía de la carretera diametral entre Cardeña y Belalcázar, todo ello, por supuesto, sin olvidarse del corredor doblado desde Santa Eufemia a Espiel, que convertirían a Los Pedroches en la comarca con más asfalto por kilómetro cuadrado, con más carreteras nuevecitas para ir a ningún sitio. Nadie hizo un cálculo de cuántas encinas habría que sacrificar para alcanzar este delirio ni del tremendo sacrificio ecológico que estos dislates hubieran supuesto. Lo políticamente correcto para las instituciones comarcales de entonces era oponerse a la parada del tren en Villanueva y defender con ardor el asfalto
por donde quisiera pasar, sin melindres éticos.
Por fortuna, inesperadamente llegó el toque de cordura de la
declaración de impacto ambiental presentada por un ministerio novedoso que supo adelantar los nuevos tiempos que se avecinaban y puso freno a una locura destructora que, de todas formas, jamás hubiera sido autorizada por la legislación europea. Y entonces llegó la crisis, cornucopia inversa de todo desvarío desarrollista. Algunos no quieren enterarse aún de que pasó el tiempo de las alegrías a cualquier precio y que debe imponerse una nueva visión del mundo que permita legar a nuestros descendientes campos de encinas y no cementerios de asfalto.
Las vías del tren ya estaban ahí, pasando por nuestras dehesas sin dejar ningún beneficio en ellas, y exigir una compensación no era sino un acto de justicia que apenas implica costes significativos. Los que cambian tren por autovías quizás sueñan la quimera infantil de que Los Pedroches van a tener alguna capacidad de decisión en tales infraestructuras colosales. Si la autopista Toledo-Córdoba o la autovía de Levante se van a hacer o no hacer, lo será independientemente de la voluntad de Los Pedroches, que ninguna presión podrán ejercer en tal empresa (salvo, quizás, la del trazado que nos afecte). Esas vías están pensadas para transportar riquezas de otros lugares y a nosotros, como siempre, sólo nos tocaría el sacrificio inmenso de nuestro maravilloso paraíso natural para que otros obtuvieran los beneficios de nuestra renuncia. Quien esté dispuesto a semejante trueque no puede llamarse defensor de Los Pedroches.