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Los danzarines del Corpus de Porzuna

SERIE FIESTAS POPULARES SINGULARES ESPAÑOLAS

Danzarines de Porzuna (Ciudad Real) durante la procesión del Corpus, el domingo pasado [Fotos: Solienses].

A principios de este año me impuse el reto de acudir cada mes a una muestra representativa de lo que he llamado "Fiestas populares singulares españolas" (excluidas las de Los Pedroches). Se trata de costumbres y tradiciones populares que se mantienen en España conservando la esencia de sus orígenes, aquellos ritos que aún no han sufrido del todo los efectos de la globalización o se han entregado por completo al performativismo que trae consigo el turismo de masas, que todo lo convierte en espectáculo. Hay todavía por ahí perdidos entre las montañas de nuestra geografía rituales muy específicos que conservan unas raíces ancestrales capaces de desprender una mínima esencia de autenticidad. Y, cuanto más conozco este mundo de tradiciones singulares, más me sorprendo. Primero, porque pensaba que no eran tantas, que las celebraciones populares habían sucumbido en bloque a las exigencias culturales del mundo contemporáneo, especializado en limar aristas que puedan resultar incómodas y uniformar cualquier convocatoria atávica bajo el signo de eso que llamamos "evento". Y segundo, porque la pervivencia de estos pecios del naufragio cultural que ha traído consigo la contemporaneidad nos da muestras de una riqueza etnológica y patrimonial exuberante, cargada de mitos y de símbolos que hoy resulta ya difícil interpretar, pero que mantienen el sabor de lo originario de un modo tan conmovedor como sugerente.

Se cumple ya el medio año de 2026 y hasta ahora he cumplido el reto, asistiendo a la danza de las espadas de Obejo (enero), las botargas de Almiruete (febrero), la subasta de ofrendas a la Virgen de Abenójar (marzo), los armaos y el caracol de Almagro (abril), el encuentro de la Virgen y San José en el río Tirteafuera (mayo) y, ahora, el Corpus de Porzuna (junio), al que asistimos el domingo pasado. Ojalá pueda mantener este ritmo hasta diciembre.

Detalle de los danzantes de Porzuna en pleno baile.

Del Corpus de Porzuna (Ciudad Real) me atraía sobre todo la pervivencia de las danzas rituales a lo largo de toda la procesión. En Solienses ya hemos hablado en numerosas ocasiones del Corpus como celebración litúrgica durante la cual la Iglesia desea manifestar de forma simbólica su poder y dominio sobre el resto de estamentos sociales. A lo largo de los siglos, además, la Iglesia se ha ido adueñando de determinadas prácticas de carácter popular, revistiéndolas con ropaje religioso, para asimilarlas y, si no pudiera hacerlas desaparecer, al menos despojarlas de sus elementos simbólicos más representativos y otorgarles otros significados más acordes a la liturgia cristiana.

Entre estos elementos de carácter popular, hay dos que persisten especialmente. Por un lado, el componente natural, derivación de una antigua exaltación a la naturaleza inherente a multitud de celebraciones paganas de carácter agrícola que tenían lugar durante la primavera. Este componente se ha ido estilizando hasta convertirse en las actuales alfombras de sal y serrín coloreado, en sustitución de las hierbas y plantas con las que originalmente se confeccionaban las alfombras que tapizan el recorrido por el que ha de transcurrir la procesión de la custodia.

Y, por otro, las danzas. Las más famosas son las de los seises sevillanos, de las que hay testimonio desde el siglo XV, pero danzantes más o menos institucionalizados han existido también en muchísimas otras ciudades y pueblos. En Los Pedroches tenemos constancia de su presencia en las procesiones del Corpus de Torrecampo y Pedroche, Pozoblanco o Hinojosa del Duque. A nivel nacional, ya hemos dado cuenta también de mis visitas al Corpus de Camuñas (Toledo), Peñalsordo (Badajoz) y Valverde de los Arroyos (Guadalajara), donde se conservan danzas rituales practicadas durante la procesión, pero que no pueden esconder su origen pagano ni su carácter agrícola petitorio de buenas cosechas o lluvias abundantes. 

Los bailes se realizan de cara a la custodia, por lo que los danzantes avanzan de espaldas durante todo el recorrido.

A este grupo pertenecen los "danzarines" del Corpus de Porzuna, una localidad situada en plena comarca de los Montes de Ciudad Real. La procesión tiene lugar durante la tarde del domingo siguiente al jueves del Corpus. Todas las calles por donde ha transcurrir han sido cubiertas desde la mañana con unas impresionantes alfombras de serrín coloreado que reproducen motivos geométricos, vegetales y litúrgicos. Las alfombras cubren todo el recorrido, donde también se han instalado numerosos altares con imágenes religiosas y decoración vegetal natural, entre ella plantas aromáticas como tomillo, romero y ajedrea. 

Los danzantes ("danzarines") se sitúan delante de la custodia y durante todo el recorrido no cesarán de ejecutar sus bailes, con la particularidad de que lo hacen siempre mirando a la custodia y, por tanto, de espaldas al sentido de su progresión. Se trata de doce mozos de la localidad que no están vinculados a ninguna cofradía, ni obligados por cumplimiento de promesas, sino que se ofrecen de forma voluntaria para mantener la tradición que han conocido desde niños. 

La danza comienza ya en el interior del templo, con los danzantes dispuestos en filas. El baile se desarrolla al son de las castañuelas que ellos mismos tocan, junto a la música de la rondalla, que les acompaña durante todo el recorrido tocando instrumentos de cuerda, especialmente guitarras y bandurrias. La música interpretada por la rondalla tiene aire de fandango, con un pasaje que se repite constante a lo largo de toda la procesión.

Los danzantes arrodillados delante de la custodia y sobre la alfombra que ocupa todo el recorrido de la procesión.

La indumentaria de los danzarines constituye uno de los elementos más vistosos: está compuesta por una camisa blanca, faja, calzón negro corto hasta debajo de la rodilla y adornado con botones plateados, puntilla y lentejuelas. Medias bordadas y alpargatas, cuyas cintas van cosidas a las medias para evitar que se caigan durante el baile. Cruzándoles el pecho llevan un mantón de Manila sujeto con alfileres, prenda de la indumentaria femenina festiva que en esta localidad se muestra como símbolo de riqueza. En la cabeza se atan un pañuelo sobre las sienes con la misma flor que llevan bordada en las alpargatas. Por debajo del pantalón se colocan unas rodilleras para protegerse, pues a lo largo del recorrido son muchas las ocasiones en que deben arrodillarse.

La fiesta del Corpus de Porzuna fue declarada en 2017 Bien de Interés Cultural con categoría de Bien Inmaterial.

Uno de los altares que jalonan el recorrido.
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La Virgen y San José se encuentran en el río Tirteafuera

SERIE FIESTAS POPULARES ESPAÑOLAS

Encuentro de San José y la Virgen del Rosario en el cauce del río Tirteafuera [Fotos: Solienses].

"Era el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra y por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que allí junto estaba venía en procesión a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle había. Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes, se imaginó que era cosa de aventura y que a él solo tocaba, como a caballero andante, el acometerla, y confirmóle más esta imaginación pensar que una imagen que traían fuese alguna principal señora que llevaban por fuerza aquellos descomedidos malandrines (...). —¿Adónde va, señor don Quijote? Advierta, mal haya yo, que aquella es procesión de diciplinantes y que aquella señora que llevan sobre la peana es la imagen benditísima de la Virgen sin mancilla; [Don Quijote de la Mancha, cap. 52 de la primera parte].
Los de Villamayor de Calatrava (Ciudad Real) han imaginado que esta escena del Quijote bien pudiera referirse a su procesión en romería de la Virgen del Rosario, que, como cada año, se celebró ayer, 1 de mayo. 

Villamayor de Calatrava se despierta este día con la diana floreada y enseguida la Virgen del Rosario inicia la singular procesión romera en andas y acompañada por cientos de vecinos, a lo largo de 11 kilómetros, hasta la aldea vecina de Tirteafuera, pedanía de Almodóvar del Campo. Será aquí, en el río del mismo nombre, afluente del Guadiana que hace de frontera natural entre los términos municipales de Villamayor y Almodóvar, donde la patrona de Villamayor, la Virgen del Rosario, y el patrón de Tirteafuera, San José, realizan un encuentro que tiene todo el sabor antiguo de los rituales agrarios de carácter petitorio, por las buenas cosechas, por el agua venidera, por la fertilidad de los campos. 

Las imágenes, portadas a hombros por vecinos de ambos pueblos, se encuentran en medio del cauce del río, con el agua hasta las rodillas, y allí son mecidas en un diálogo simbólico mientras desde las orillas el resto de asistentes rivalizan en cantos y vítores a sus patronos. Luego, la comitiva se dirige hacia la iglesia de Santa Catalina de Tirteafuera, un encantador templo del siglo XV colocado en una pequeña elevación a las afueras del pueblo.

Vídeo: Encuentro de las dos imágenes en el río Tirteafuera.

Esta práctica festiva conecta con los rituales de inmersión de imágenes sagradas en agua con reminiscencias agrícolas de los que habla Julio Caro Baroja en La estación de amor (Fiestas populares de mayo a San Juan). Se trata de celebraciones pertenecientes al ciclo de las rogativas del mes de mayo para implorar la lluvia a la divinidad. Se trataría, una vez más, de un ejemplo de sincretismo de religiones o, más bien, de apropiación por parte del cristianismo de una celebración pagana preexistente.

El rito, en este caso, manifiesta también un componente de carácter cívico y territorial, por cuando supone de hermanamiento entre dos localidades vecinas que quizás en otro tiempo mantuvieran alguna rivalidad territorial. La participación conjunta de sus patronos, máxima seña de identidad en los pequeños pueblos, en un acto de celebración común supone una superación de antiguas diferencias y de confianza mutua por parte de ambas colectividades. El río, que marca la separación jurisdiccional y quizás fuera motivo de pleitos en otro tiempo, se convierte ahora simbólicamente en lazo de unión a través de sendas devociones, manifestando así que la separación entre los asuntos humanos y los divinos nunca ha estado del todo clara.

El San José de Tirteafuera entra primero en el agua.

Y luego la Virgen del Rosario de Villamayor de Calatrava.

Hasta que finalmente se encuentran dentro del río, rodeados por los vecinos de ambos pueblos.
 
Procesión por las calles del pueblo.

Las imágenes quedan en el interior de la iglesia para continuar los actos de culto.
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Los armaos y el caracol de Almagro

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Desfile de los "armaos" en Almagro [Fotos: Solienses]. 

El desfile de los "armaos" en la plaza Mayor de Almagro y la formación del "caracol" constituye uno de los momentos estelares de la Semana Santa de esta localidad manchega, que forma parte de la Ruta de la Pasión Calatrava (como también el juego de las caras de Calzada de Calatrava, que visitamos el año pasado). Tiene lugar el Sábado Santo a las cuatro de la tarde. Unos 300 componentes, hombres y mujeres, de la Compañía Romana (vestidos con armadura de latón y casco rematado con penacho blanco o rojo, faldilla roja y calzón azul con botas rojas) llegan a la plaza en solemne formación. Sin dejar de marchar, dos de ellos se colocarán en el centro y serán el origen de una espiral, que en fila de a uno, se forma y se deshace sobre sí misma para luego recuperar la formación y marcharse. El penacho rojo lo llevan algunos cargos de la cofradía y la banda de música, que durante todo el acto no cesa de tocar las mismas composiciones desde hace doscientos años.

Llegada de la banda de música a la plaza Mayor.
 
El origen de los "armaos" parece estar en las cuadrillas de vecinos compuestas en siglo XVIII para patrullar las calles y controlar los disturbios populares, imitando a las tropas imperiales con disciplina militar. Más tarde, estas organizaciones se incorporaron a la Semana Santa, creándose unas cofradías religiosas con vínculos y estructuras de mando militares.

Formación del "caracol".

El "caracol" es una mezcla de desfile militar y coreografía escénica que adquiere mayor prestancia por el lugar donde se desarrolla, la impresionante plaza Mayor de los Fúcares, los banqueros del emperador Carlos V. La principal singularidad de esta plaza son sus laterales, formados por un espectacular conjunto de viviendas dispuestas sobre soportales en dos alturas, sostenidas por ochenta y cinco columnas de piedra de orden toscano. Sobre ellas descansan las gruesas zapatas y vigas de madera pintadas de almagre. El doble piso de galería acristalada con carpintería de color verde proporciona su característico aspecto al conjunto. Las galerías estuvieron inicialmente abiertas, eran de carácter público y se utilizaban para presenciar los espectáculos que tenían lugar en la plaza.

Dos "armaos" charlan ante los soportales de la plaza antes de comenzar el desfile. 

La celebración del "caracol", como tantas veces ocurre, carece de connotaciones religiosas, a pesar de encontrarse inmersa en el ceremonial cristiano de la Semana Santa. Es, fundamentalmente, un espectáculo de armonía, color y música, con un alto componente estético bañado de historicidad. Hoy se ofrece como una función efectista para que la disfruten los muchos visitantes a esta ciudad manchega famosa por su corral de comedias y si tuvo algún sentido ritual en el pasado, hoy ha quedado muy mermado. En el funcionamiento interno de la cofradía perviven los ritos que fortalecen la pertenencia a la comunidad y el traspaso generacional de la tradición, pero esa emoción íntima no trasciende al numeroso público allí reunido, que, en cuanto acaba el espectáculo, vuelve a sentarse en las terrazas de los innumerables mesones cobijados en los soportales de la plaza para seguir disfrutando del queso curado, los duelos y quebrantos, las chuletillas de cordero lechal y el morteruelo.

Desfile de los "armaos" con el ayuntamiento de Almagro al fondo.
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La subasta de ofrendas a la Virgen en Abenójar (Ciudad Real)

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Subasta de un gallo en el atrio de la iglesia de la Asunción de Abenójar en presencia de la Virgen de la Encarnación, el pasado sábado [Fotos: Solienses].

La romería de la Virgen de la Encarnación de Abenójar (Ciudad Real) es una más de los centenares de exaltaciones marianas que se celebran en toda España durante la primavera. El viernes más cercano al 25 de marzo se celebra una función de pólvora que marca el inicio de la fiesta, para continuar el sábado con los oficios religiosos (misa, procesión) y el domingo con la romería propiamente dicha, consistente en el traslado a pie de la imagen hasta la finca de "La Virgen" (a unos 14 kilómetros del pueblo), donde los abenojenses pasan el día confraternizando en los alrededores de la pequeña ermita allí levantada. Y, sin embargo, la celebración contiene algunos rituales de especial interés para el forastero que busca momentos cargados de autenticidad ancestral, esos que resulta cada vez difícil encontrar incluso en las celebraciones de la España rural. Se trata de la "subasta de ofrendas a la Virgen" y la "subasta de las andas". Ambas constituyen usos de economía popular ritualizados por la religión con finalidad a la vez recaudatoria y espiritual, semejante a primitivas formas de intercambio igualitario estudiadas por la antropología cultural.

Los vecinos participan activamente en la subasta.

En la tarde del sábado, antes de la misa y la procesión, se procede a la "subasta de ofrendas a la Virgen", con el fin de recaudar fondos para los gastos de la hermandad de Nuestra Señora de la Encarnación. Se subastan todo tipo de objetos, animales y comidas que han sido donados previamente por los devotos de la Virgen, por promesa o por costumbre, por fe o por tradición. Lo más habitual antiguamente era donar gallos, corderos y cargas de leña, pero actualmente pueden conseguirse también obras de artesanía, vinos y licores, repostería tradicional, joyas o adornos caseros. El acto de la subasta, conducido con pericia por Gregorio Cardos delante de la iglesia parroquial, se convierte en una alegre y festiva cita para los devotos de la Virgen y para el pueblo en general, que renueva cada año la tradición participando tanto en la donación como en la subasta de lo que otros han donado. "¿Hay quien dé más?", "¿Alguien da más?", "A la una, a las dos...". Este año se han rematado jamones por 80 euros y gigantescos manojos de espárragos recogidos en las dehesas locales por más de cien. Los gallos (vivos) han oscilado entre los 40 y 50 euros. En el atrio de la iglesia el párroco y miembros de la hermandad ajustan la contabilidad de donaciones y subastas, todo lo cual se explicitará con todo detalle al año siguiente en un boletín que publica la hermandad, indicando el donador, el remate de la subasta y la persona agraciada.

Una comisión de la hermandad, supervisada por el párroco, controla las donaciones.

La segunda subasta consiste en pujar por el derecho a portar las andas de la Virgen en el momento crucial de su entrada en la iglesia. Aquí, el intercambio económico constituye una fórmula de prestigio en el seno de la comunidad, por cuando el rematante acentuará de este modo no solo su solvencia económica sino, sobre todo, su implicación devocional con uno de los símbolos de identificación local más arraigados y, por tanto, su compromiso referencial con la propia colectividad. 

Cuando, al caer la tarde, la imagen de la Encarnación regresa de la romería en una carroza confeccionada al efecto, se detiene momentáneamente frente a la puerta de entrada de la parroquia de la Asunción, un templo barroco de finales del siglo XVIII. Está a punto de vivirse el momento de mayor intensidad simbólica y devocional de toda la celebración, aquel en el que los sentimientos de identidad y pertenencia se engrandecen. Entonces, dirigidos por el mismo moderador de la tarde anterior, se sacan a subasta los cuatro brazos de las andas donde ha sido colocada la Virgen para aquellas personas que buscan el honor de introducirla a hombros en el interior de la iglesia. Las pujas suelen elevarse bastante, pudiendo llegar hasta 1.500 o 2.000 euros por cada uno de los brazos, siendo los más preciados los delanteros y, de ellos, el derecho. Los que pujan para conseguir este privilegio suelen responder de este modo a promesas efectuadas durante el año por motivos familiares o de salud. También, como hemos apuntado, hay razones de representación social simbólica. Una vez adjudicados los brazos, los agraciados toman posesión de ellos y, levantando la imagen hasta sus hombros, la introducen en el templo con lágrimas en los ojos y entre el aplauso emocionado del resto del pueblo, que ve así reafirmada un año más su permanencia como comunidad espiritual.

La iglesia de la Asunción de Abenójar durante la subasta.

Subasta de un jamón.

✒ Otras fiestas populares españolas que hemos visitado (sin incluir las de Los Pedroches):
👉La danza de las espadas de Obejo (Córdoba)
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Las botargas de Almiruete

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Desfile de las botargas por las calles de Almiruete (Guadalajara) [Fotos: Solienses].

Las mascaradas de invierno son anteriores al carnaval. Pertenecen a los ritos ancestrales de fertilidad, de cambios estacionales y creencias populares vinculadas a la renovación de la naturaleza. Las máscaras de los ritos atávicos no son disfraces, sino representaciones de seres fabulosos, grotescos, divinos o mágicos. En casi todos estos rituales de profundo sabor agrícola están presentes los cencerros, que se hacen sonar para espantar los males y atraer las buenas cosechas, siguiendo las antiguas costumbres paganas de carácter petitorio.

Máscara de botarga.

En Almiruete, una pedanía de Tamajón con quince habitantes, situada en la comarca de los pueblos negros de Guadalajara, se ha conservado la fiesta de la botarga, muy común en toda la provincia a lo largo del año, con características particulares en cada pueblo. Aquí se celebra la tarde del sábado de carnaval y cuenta con dos tipos de protagonistas: las botargas y las mascaritas. Los primeros son generalmente hombres y llevan ropa blanca, una máscara muy llamativa, cintas negras y una cuerda como cinturón de la que cuelgan varios cencerros. Las mascaritas, por lo general mujeres, visten un sombrero, ropa blanca, un mantón negro y una falda con decoración floral.

Al toque de cuerno, las botargas descienden de la sierra que rodea Almiruete y, escoltados por pastores veteranos, hacen sonar sus cencerros. Se desconoce el punto exacto por el que van a hacer su entrada en el pueblo. Al encontrarse con la gente que aguarda, algunas botargas tiznan con un corcho quemado la cara de los visitantes, como símbolo de transgresión. Tras pasar por la plaza y dar unas vueltas por las calles, los mozos buscan a las mascaritas, que esperan ocultas en una casa. Después del encuentro, se emparejan botargas y mascaritas y juntos desfilan lanzando sobre el público que los contempla confeti y pelusa de junco, como símbolo de fertilidad, dicen. Todo termina con una fiesta en la plaza donde se reparte vino y carne asada.

Las botargas desfilando con las mascaritas.

Como en otras fiestas populares que hemos reseñado en Solienses, las botargas de Almiruete conservaban todavía un fondo de autenticidad garantizado por el aislamiento geográfico del pueblo. Allí hay que ir expresamente, la carretera se acaba en su plaza, no hay nada después, salvo la sierra. El interés que últimamente están despertando los rituales de naturaleza etnológica está ayudando a su pervivencia, siempre que sepa encontrarse el punto de equilibrio exacto entre el respeto a la tradición y la entrega a los intereses del turismo rural. La aldea es un pecio de la España vacía y en su auxilio acuden hijos y nietos de antiguos habitantes del lugar, que rejuvenecen la tradición y la renuevan. 

Las botargas y las mascaritas de Almiruete, de momento, han conseguido el objetivo primitivo de estos ritos ancestrales: que la vida resucite cada invierno en las frías calles de una aldea condenada irremediablemente a desaparecer. El oso y el domador, otros personajes insólitos de la representación ritual de Almiruete, este año no hicieron su aparición, como queriendo decir algo. De algunas chimeneas del pueblo vi salir humo y se adivinaba un confort hogareño en el interior. Los cencerros de las botargas resonaban por las sierras y valles vecinos, indicando probablemente un final de etapa que ni siquiera la magia sincera de las máscaras forjadas con hierba, musgo y cornamenta podrán evitar. 

Máscara de botarga con el campanario románico de Almiruete al fondo.

Las botargas hacen sonar sus cencerros a lo largo de todo el recorrido.

✒ Otras fiestas populares españolas que hemos visitado (sin incluir las de Los Pedroches):
👉La danza de las espadas de Obejo (Córdoba)
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La danza de las espadas de Obejo

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El 'patatú' de Obejo, ayer [Fotos: Solienses]. 

En nuestra búsqueda de fiestas populares españolas que mantienen todavía rituales antiguos sin demasiadas alteraciones, aquellas que han sabido conservar el sabor intenso de la tradición, llegamos ayer a Obejo. Este pueblo de la Sierra Morena cordobesa no pertenece actualmente a Los Pedroches, pero históricamente ha mantenido con nuestra comarca unos lazos de relaciones económicas, administrativas y emocionales que lo hacen muy cercano a la mentalidad y cultura de nuestra tierra. Su aislamiento geográfico ha permitido también la pervivencia sin excesivas adulteraciones de ritos ancestrales de origen desconocido, como la Danza de las Espadas. 

Esta tradición (que ha sido exhaustivamente estudiada por Eulogio R. Quintanilla) se practica tres veces al año: el domingo más próximo al 17 de Enero (San Antón), el domingo más próximo al 24 de Marzo (San Benito) y el segundo sábado de Julio, con motivo de la feria. La danza, también llamada Baile de Bachimachía, simboliza, según algunos investigadores, el arte guerrero de los pueblos íberos y es la tradición más arraigada de Obejo, en la cual intervienen 32 hombres y el maestro. El momento más significativo del baile es conocido como 'patatú', en el cual los danzantes simulan ahorcar al maestro de danza utilizando para ello sus espadas de hierro, dispuestas unas contra otras, quedando la cabeza del maestro apresada entre todas ellas. La danza lleva un repetitivo acompañamiento musical, un alegre y pegadizo pasacalle que se repite continuamente, ejecutado por un pequeño grupo de músicos que tocan el acordeón, el laúd y la pandereta.

La fiesta de San Antonio Abad o San Antón, que se celebró ayer en Obejo, incluye misa mayor en la iglesia parroquial dedicada al santo y bendición de los animales a las puertas del templo. Luego se desarrolla la procesión, con la imagen del santo adornada con ramas de olivo y portada por mujeres, mientras que los danzantes (todos hombres, incluyendo numerosos jóvenes, que garantizan la continuidad del rito) encabezando el desfile por las calles del pueblo. Finalmente, en la plaza hubo degustación de migas, concursos y juegos populares.

Llegar a Obejo por cualquiera de sus carreteras de acceso supone una emocionante aventura. Los paisajes que rodean al pueblo expresan una belleza espectacular, aunque para ello deba pagarse el tributo de unas carreteras serpenteantes que en un primer vistazo pudieran disuadir de su abordaje. La recompensa consiste en poder asistir a una fiesta tradicional sin las masas del turismo rural que todo lo transforman e imbuirse en un ambiente festivo lleno de herencia y autenticidad.

Danza de las espadas en la puerta de la iglesia de Obejo.

Evolución de la danza por las calles del pueblo.

Los músicos y la imagen de San Antón detrás, durante la procesión.

Los danzantes desfilando por una de las calles del pueblo.  
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El juego de las caras de Calzada de Calatrava

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El "baratero" muestra las dos monedas antes de lanzarlas al aire, esta mañana [Todas las fotos: Solienses].

Las fiestas tradicionales populares, ya lo hemos dicho en otras ocasiones, son el ejemplo más clamoroso de cómo los rituales ancestrales de carácter pagano hubieron de revestirse de ropaje religioso para poder sobrevivir y no desaparecer víctimas de prohibiciones por parte de las jerarquías eclesiásticas y, muchas veces, también de las civiles. En Solienses hemos dado cuenta de algunas de estas prácticas atávicas, en su mayoría de origen agrícola y, en general, relacionadas con la exaltación y provisión de la naturaleza, como el Jarramplas de Piornal (Cáceres) o las Octavas del Corpus de Peñalsordo (Badajoz) y Valverde de los Arroyos (Guadalajara), por citar algunas.Este año, en nuestro recorrido por las ceremonias más singulares de la Semana Santa española (véanse los picaos de San Vicente de la Sonrierra, los empalaos de Valverde de la Vera o las capas pardas de Bercianos de Aliste) hemos llegado al juego de las caras en Calzada de Calatrava (Ciudad Real), donde el encubrimiento de un ceremonial pagano bajo una excusa religiosa para garantizar su supervivencia alcanza cotas excepcionales.
 
Uno de los corros del juego de las caras en la Plaza de España.

El juego de las caras, documentado desde el siglo XIX y declarado Fiesta de Interés Turístico Regional desde 1993, se celebra el Viernes Santo en las horas que van desde la finalización de la procesión de Jesús Nazareno hasta el comienzo de las funciones del Santo Entierro (entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde, aproximadamente) y forma parte de la Ruta de la Pasión Calatrava. Se trata de un juego de azar con dinero (con grandes sumas, en algunas partidas) desarrollado alrededor de unos círculos pintados en el suelo donde cualquiera de los asistentes puede apostar: el apostante deja en suelo la cantidad que quiera jugar y "la banca" la iguala. También se realizan apuestas particulares entre participantes. A continuación se tiran al aire dos monedas (según la tradición, de cobre de Alfonso XII): si salen caras, gana la banca, que se lleva todo el dinero que haya en el suelo; si son cruces, los apostantes, que ven doblada su apuesta; si sale cara y cruz, se vuelve a tirar. Se trata de un juego legal que solo está autorizado a realizarse en esta fecha.
 
La banca iguala las apuestas en el Casino de Calzada de Calatrava.

Los corros de juego más populares se encuentran en la plaza de España y han sido previamente subastados al mejor postor por el Ayuntamiento de la localidad (los adjudicatarios ostentarán "la banca"). Allí se reúnen cientos de personas en torno a las diferentes partidas con apuestas más bien modestas, entre 20 y 50 euros por lo general. Algunos establecimientos de ocio y restauración cuentan con su propio círculo para el juego en la calle de su local, que también debe ser solicitado al Ayuntamiento. Pero el gran espectáculo dinerario tiene lugar en el edificio del Círculo Agrícola, conocido en la localidad como el Casino. Allí, en dos salones diferentes, se constituyen dos partidas de caras donde las apuestas individuales se cuentan por cientos de euros. En cada partida pueden jugarse en total varios miles de euros. En general, no se observa fanatismo en el juego, ni siquiera cuando se apuestan grandes cantidades, sino que se vive en el pueblo realmente como una tradición identitaria, a pesar de sus evidentes riesgos. La población de la localidad (3.727 habitantes) se cuadruplica con tal motivo, por lo que es mejor acercarse a ella a primeras horas, cuando todavía no han llegado los forasteros y antes de que todo se convierta, como ocurre actualmente con todas las fiestas populares, en un inmenso botellón. 

¿Y qué tiene todo esto que ver con la Semana Santa? Aquí es donde entra la habilidad y pericia de los vecinos en el mantenimiento de su herencia cultural de carácter pagano. Según la tradición, el juego simboliza el momento en el que los soldados romanos se juegan a los dados la túnica de Jesús por unas monedas antes de ser crucificado o bien se refiere a las treinta monedas por las que Judas vendió a Cristo. No me digan que no está la cosa bien hilada y, al mismo tiempo, no resulta absolutamente disparatada la argumentación justificativa para enmascarar un ritual a todas luces meramente lúdico y convertirlo poco menos que en un acto litúrgico. Pero el caso es que con esos alfileres evangélicos se ha mantenido el rito libre de prohibiciones incluso en épocas muy restrictivas y recientemente se le ha concedido el estatuto de "especial protección", al tiempo que se ha iniciado el expediente para su declaración como Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial. 
 
La banca recoge el dinero del suelo tras ganar la apuesta.

Monedas lanzadas al aire en un corro de la Plaza de España.

Apuestas en el suelo en un corro del Casino.
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La Octava del Corpus de Valverde de los Arroyos

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Danzantes de la Octava del Corpus de Valverde de los Arroyos en las eras (a la derecha, el personaje llamado Botarga) [Fotos: Solienses].

Valverde de los Arroyos es un pequeñísimo pueblo (91 habitantes en 2023) de la Serranía de Guadalajara, en la ruta de los pueblos negros. Situada a unos 75 kilómetros al norte de la capital de la provincia, es uno de esos lugares a los que tienes que ir expresamente, puesto que nunca pasarás por allí yendo a ningún otro sitio (de hecho, la carretera termina en el propio pueblo). Se encuentra dentro del Parque Natural Sierra Norte de Guadalajara, rodeado de montañas y paisajes asombrosos, aislado del mundo y su evolución. Su llamativa arquitectura autóctona se basa en el uso de la piedra gneis y de la pizarra oscura en los tejados. En el centro del pueblo se ubica su plaza Mayor, donde luce una pintoresca fuente de piedra y la iglesia de San Ildefonso.

Este aislamiento geográfico, como hemos comentado en otras ocasiones, ha ayudado a mantener inmutable durante siglos la fiesta de la Octava del Corpus, en la que se practican ancestrales danzas rituales. En la celebración participan ocho danzantes vestidos con ropas de gran colorido y unos vistosos sombreros florales, junto al gaitero y el botarga, que dirige toda la actuación. Tras la misa y procesión, se desplazan todos a las eras, un escenario natural sobrecogedor donde se ejecuta la Danza de la Cruz al son de las castañuelas. Luego, otra vez en el pueblo, se procede a la subasta de las rosquillas del Ramo y se practican otras dos danzas, llamadas de Los Molinos y El Cordón.

Ese aislamiento geográfico del que hablamos facilita que la fiesta pueda todavía contemplarse sin grandes aglomeraciones. De hecho, la mayoría de los que acuden son emigrados o descendientes de antiguos moradores, que sienten todavía la llamada de los ritos propios de identificación comunal, con un sentido cívico muy por encima del estrictamente religioso. Sorprende que en tan poca población aún se mantengan todas las figuras necesarias para el cumplimiento completo del ritual, tan complejo, y parece que, de momento, no falta relevo generacional. Son estos pecios de la España profunda que algunos contemplan con cierta suficiencia y arrogancia, como mirándolos despreciativamente desde arriba, pobre gente iletrada aferrada a comportamientos caducos ajenos a una sociedad civilizada, dicen. Y, sin embargo, son estos rituales de legitimidad atávica los que nos atan al territorio y permiten que, a pesar de todo, cierta verdad inmutable continúe presente en nuestras vidas.

Realicé mi visita el año pasado (2023) y a ese momento corresponden estas imágenes. Mañana domingo todo volverá a repetirse.

Detalle del gorro de dos danzantes.

Los danzantes acompañan la procesión de la custodia por las calles del pueblo.

Danza de paloteo llamada de Los Molinos.

Subasta de las rosquillas.

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La fiesta de la Octava del Corpus en Peñalsordo

SERIE FIESTAS POPULARES SINGULARES ESPAÑOLAS

Jóvenes de la cofradía ataviados con la indumentaria tradicional, esta mañana [Fotos: Solienses].

"Pues es lo único que hace en todo el año", replicó con sorna el dueño de un burro ataviado según la tradición y que parecía no tener fuerzas ya para subir la empinada cuesta de la calle Chamizo. Y seguramente es así. Una veintena de borricos han participado esta mañana en la tradicional celebración de la Octava del Corpus de Peñalsordo (Badajoz), otro de esos tesoros del patrimonio festivo inmaterial que tenemos aquí tan cerca y, sin embargo, tan lejos. Y lo primero que sorprende es que existan todavía tantos asnos en un solo pueblo, habida cuenta de que la funcionalidad práctica del animal, imprescindible en otro tiempo, ha desaparecido por completo hoy día. Luego, las sorpresas no cesarían en toda la jornada.

La celebración de la Octava del Corpus de Peñalsordo pertenece a ese censo exclusivo de manifestaciones festivas tradicionales que mantienen todavía la esencia ancestral de sus orígenes y que se mantienen por el empeño identitario de sus vecinos, ajeno todavía a los reclamos de la globalización y del turismo rural, y también gracias al aislamiento geográfico de la localidad, que en este caso actúa como circunstancia favorable. Desde Los Pedroches, Peñalsordo está a menos de una hora, pero en nuestra mentalidad nos parece que la localidad pacense pertenece a una realidad geográfica lejana y ajena. El pueblo, sin embargo, se encuentra lindando nuestra comarca, muy cerca del punto exacto donde confluyen las comunidades de Extremadura, Andalucía y Castilla-La Mancha.

La fiesta de la Octava del Corpus, a la que he asistido hoy tras muchos años de aplazamientos, guarda semejanzas con otras celebraciones similares que he conocido en años anteriores (como el Corpus de Camuñas (Toledo) o las danzas de la Octava de Valverde de los Arroyos (Guadalajara), que visité el año pasado y de las que daré cuenta la semana próxima). Se trata en este caso, sin embargo, de la representación simbólica de un hecho histórico fundacional de la localidad: la toma del castillo de Capilla a los musulmanes por parte de los cristianos. El general al mando prometió fundar una cofradía si lo conseguía y para ello, además de encomendarse al Santísimo, ordenó recoger todos los carneros de la comarca, quitarles los cencerros y colocar en sus cuernos bengalas encendidas. El enemigo, al ver esas luces en la noche, pensó que era un ejército inmenso y salió huyendo. 

La comitiva durante el recorrido por las calles del pueblo.

Esta mañana temprano el Sargento y tamborilero de la cofradía, con su indumentaria tradicional, han recorrido por todo el pueblo los domicilios de los hermanos que se encuentran, con la ayuda de sus familiares, enjaezando los burros que montarán más tarde. Todos se han reunido luego en la plaza del Ayuntamiento y de aquí ha salido toda la comitiva a recorrer de nuevo las calles de la localidad, teniendo como puntos de especial significación ritual la carrera de monturas en la empìnada calle Corpus Cristi y, sobre todo, las danzas y carreras en Cacho Jesa (Dehesa), actual recinto ferial. Aquí intervienen también las vaquillas (simuladas) contra los hermanos y concurrentes, asustadas cuando oyen las salvas de escopeta que disparan los hermanos.
 
Carrera de monturas por la calle Corpus Cristi.

Luego, todos juntos se dirigen a la iglesia para celebrar la misa y la procesión con la custodia (durante la procesión, dos hermanos simulan ser los dos ancianos que permanecieron en el castillo tras la huida de los musulmanes; desfilan delante de la custodia tocando una especie de castañuelas). 

Al finalizar la procesión, llega el momento de mayor explosión emocional. Algunos hermanos jóvenes construyen un castillo humano (símbolo del castillo realmente conquistado) que entra en la iglesia tras la custodia y llega hasta el altar mayor entre sobrecogedores aplausos de los fieles que abarrotan el templo. Es uno de esos momentos en los que uno percibe el sentido profundo de la tradición, el arraigo de la costumbre mantenido durante generaciones y la transmisión de padres a hijos de unas creencias y unos modos de actuación que son propios e intransferibles. Los peñalsordeños se sienten entonces orgullosos de serlo, reafirman su identidad colectiva y sueñan con el día en que uno de sus hijos o nietos sea quien ondee la bandera blanca en la cúspide de la torre humana, porque así lo han vivido y sentido durante generaciones. El castillo humano constituye una manifestación simbólica de que la juventud local conserva el vigor necesario para mantener la supervivencia de la propia localidad, tan amenazada en otros ámbitos (el primero, el demográfico: Peñalsordo apenas cuenta hoy con ochocientos habitantes, cuando a mediados del siglo XX rondaba los cinco mil). Pero mientras los jóvenes peñalsordeños sean capaces de expresarse simbólicamente a través de esta manifestación de fuerza, habilidad y compenetración en los esfuerzos colectivos, el futuro está garantizado.

El momento culmen de la celebración es el castillo humano en el interior de la iglesia.

La celebración de la Octava del Corpus de Peñalsordo solo es comprensible en su estricto contexto histórico y devocional. Como ocurre con la mayoría de las fiestas populares de raigambre ancestral, aunque está anclada a la liturgia eclesiástica, su fundamento es ajeno a la religión y cualquier visitante puede apreciar claramente la mezcla de elementos heterogéneos que conviven forzadamente por rigurosa necesidad. Las coloridas vestimentas tradicionales, las danzas en la jesa, las vaquillas que persiguen simuladamente a los asistentes, los burros enjaezados, el castillo humano... todos son componentes extraños en el ritual jerarquizado de la fiesta convencional del Corpus. 

Mientras asistía a los bailes rituales de los cofrades en la jesa, una señora de la localidad, sin pretenderlo, me explicó muy gráficamente la situación, la necesidad de convivencia en una sola celebración de componentes tan diversos e incluso contradictorios. "Ahora después, todos se van a la iglesia, para celebrar la misa. Con el cura actual no hay problema, porque espera lo que sea necesario, pero antes tuvimos uno que no respetaba la tradición, y un año comenzó la misa antes de que llegaran los de la hermandad con sus trajes y sus cosas". Quizás aquel fuera un cura ilustrado que quisiera luchar contra la superstición y los ritos populares tan ajenos a la liturgia, como en otras ocasiones ha ocurrido a lo largo de la historia, pero finalmente la propia Iglesia tiene que avenirse y reconocer estas prácticas como propias, acogerlas en su seno, aunque no le gusten, porque son más fuertes que ella misma, aunque nos cueste creerlo. Porque las creencias de la iglesia están basadas en la imposición secular, mientras que los ritos de naturaleza popular nacen espontáneos de la propia esencia humana, de la obligación íntima de plantear preguntas y encontrar respuestas.

El sargento saluda a uno de los cofrades que prepara su montura.

Las viviendas más notables de la localidad se adornan ostensiblemente.

Los cofrades y sus burros se reúnen en la plaza antes del desfile.

La vistosidad de los trajes da mucho colorido a la celebración.

Danzas de los hermanos en Cacho Jesa.

Dos hermanos representan durante la procesión de la custodia las figuras de los dos ancianos que permanecieron en el castillo tras su conquista.